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Celebremos ser dominicanos

El respeto es el valor que define nuestra democracia

Qué bueno ser dominicano cuando, sin alardes, constatamos que la política aún se rige entre nosotros por el respeto, un principio elemental. No es poca cosa dada la propensión de la región al desborde. En tiempos donde en tantas latitudes la crispación se ha vuelto método y el insulto moneda corriente, aquí la contienda por el poder conserva un aire de civilidad que conviene reconocer sin ingenuidad, pero también sin mezquindad.

Se discrepa, se compite, se pugna, pero rara vez se cruza la línea que convierte al adversario en enemigo. Como debe ser en democracia. El libre juego de las ideas es práctica cotidiana, no una consigna vacía; imperfecta, sí, pero viva. Gobierno y oposición parecen haber entendido que la legitimidad no se destruye sin costo; que erosionar al otro hasta despojarlo de dignidad es, a la larga, erosionar el sistema que ambos necesitan para existir.

También en la vecindad se revela un rasgo que dice mucho de nosotros. Pese a la fragilidad institucional en Haití, no hemos caído en la tentación, tan frecuente en otras geografías, de dictar pautas, de imponer tutelas o de insinuar salidas de fuerza. Se puede ser firme en la defensa de los intereses propios sin incurrir en la arrogancia del intervencionismo. Esa línea, delicada y difícil, la hemos sabido mantener.

¿Somos un país en vías de desarrollo? Sin duda. Pero en lo que toca a la convivencia política, hay signos ostensibles de madurez. Ni estos son tan virtuosos ni aquellos tan perversos. La política, al fin, es un ejercicio humano, falible, contradictorio, pero también perfectible cuando se le imponen límites. Esos límites —los del respeto, la prudencia y la medida— son, quizá, nuestra forma más discreta de progreso.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.