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Celebremos el jazz, que es libertad

La historia de un lamento que se convirtió en lenguaje universal

El jazz nació donde la historia dolía. En los campos del sur de Estados Unidos, entre el algodón que no blanqueaba culpas ni aliviaba cadenas, los esclavos afroamericanos fueron hilando, casi sin saberlo, una forma de libertad. No era aún un género; más bien un lamento, una respuesta. Con el tiempo, ese pulso primitivo se volvió lenguaje y, más tarde, una de las expresiones más universales de la cultura moderna.

El mejor regalo de Estados Unidos llegó sin ataduras y sin envoltura. No vino en cañoneras ni en tratados, sino en notas sueltas que aprendieron a ser comunidad. Fue un obsequio involuntario, nacido del sufrimiento, pero ofrecido al mundo como posibilidad.

El Día Internacional del Jazz es una fecha conmemorativa; para mí, una invitación a escuchar esa memoria que no se archiva. El jazz, en su esencia, se reinventa en cada ejecución, se escapa de la partitura como si desconfiara de toda forma cerrada. Es, acaso, la música más cercana a la idea de libertad que el hombre ha logrado sostener en el tiempo.

No importa el instrumento. Trompeta, piano, saxofón o flauta encuentran acogida en ese diálogo abierto donde la improvisación no es desorden, sino inteligencia en movimiento. El jazz enseña que la armonía no exige uniformidad, que la diversidad puede ser belleza cuando se escucha.

Nuestra región lo entendió pronto. En Brasil y Cuba, donde la herencia africana no fue borrada sino transformada, el jazz encontró nuevas latitudes. Se volvió más cálido, más rítmico, más cercano al cuerpo. No dejó de ser lo que era: simplemente amplió su mundo.

Con el jazz, celebro la libertad. Recuerdo que incluso en los márgenes más duros puede surgir una estética de lo libre. La música verdadera acompaña la historia y la corrige. La empuja y la libera.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.