El Teatro Nacional como funeraria
Cuando el populismo desplaza al criterio cultural en la República Dominicana
El anuncio de que los restos de Alex Bueno serían velados en el lobby del Teatro Nacional Eduardo Brito desató una polémica previsible. Justa.
Nada de menospreciar al artista, una voz genuina del merengue y la bachata. Su muerte merece un homenaje a la altura de su legado. El problema no es quién, sino dónde.
El Teatro Nacional tiene una función específica: la celebración del arte vivo. Es la casa de la Sinfónica, del ballet, del teatro de repertorio. Como señaló el dramaturgo Giovanny Cruz, ni Carlos Piantini, violinista y director de la Sinfónica, cuya vida entera estuvo ligada orgánicamente a ese recinto; ni Franklin Domínguez, director de Bellas Artes, dramaturgo egregio, fueron velados allí. Si el criterio no aplicó para quienes literalmente construyeron esa institución, ¿con qué lógica aplica ahora?
La lógica que justifica usar un espacio institucional de esa naturaleza no es la fama ni el afecto popular. Es la relación genuina y específica entre los símbolos que representan el artista y el recinto. Nadie hubiera llevado a Frank Sinatra al Kennedy Center ni a Amy Winehouse al Royal Opera House. No porque fueran menores, sino porque esos recintos no eran su casa.
Alex Bueno nunca tuvo relación orgánica con el Teatro Nacional. Su mundo era el festival, el estadio, la pista de baile: espacios igualmente legítimos, donde su despedida hubiera sido más auténtica y más honesta.
En este caso, esa relación simbólica simplemente no existe. Nadie en el Gobierno se molestó en buscarla. El criterio no fue cultural, sino populista. Palacio, el cónsul en Nueva York y el congresista Espaillat gestionaron el velatorio. Gesto de bajo costo, alto rédito, cero coherencia institucional.
El precedente será muy difícil de manejar con criterio la próxima vez. Y la habrá.

Aníbal de Castro