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La derrota de los dispersos

El error de defender trincheras individuales en un mercado global

Sun Tzu lo entendió hace siglos: dispersión de fuerzas, batalla perdida. Quien divide sus recursos, multiplica sus frentes; quien defiende pequeñas parcelas termina siendo débil en todas ellas. La estrategia es concentrar; el error, fragmentar.

Esa vieja lección parece extraviada en buena parte del empresariado dominicano. Cada sector libra su batalla particular. Cada gremio protege su feudo. Cada empresa calcula el costo inmediato de involucrarse en causas que juzga ajenas. Se reacciona cuando el golpe toca la puerta propia, pero rara vez cuando amenaza al vecino. Resultado: un archipiélago de intereses donde antes debía existir un continente de propósitos comunes.

Las fuerzas del mercado solo funcionan cuando existe conciencia de mercado. Supone comprender que la seguridad jurídica, la institucionalidad, la estabilidad regulatoria o la libertad económica no pertenecen a un sector específico. Son bienes colectivos. Cuando se erosionan, la factura llega para todos.

El empresariado dejó de actuar como clase dirigente para convertirse en una suma de administradores de parcelas. Falta ese esprit de corps —¿o la marxista conciencia de clase? — que permite reconocer que la mejor defensa de cada individuo es el conjunto.

Mientras tanto, otros actores, mucho más disciplinados y cohesionados, ocupan el espacio público. Coordinan discursos, fijan agendas, imponen narrativas y señalan culpables. El empresariado, en cambio, responde tarde, disperso y casi siempre a la defensiva.

No sorprende entonces que haya pasado de interlocutor privilegiado a espectador frecuente. Peor aún: a punching bag predilecto de quienes necesitan un adversario visible para justificar sus propias insuficiencias.

Sun Tzu advertía que el enemigo procurará dividir antes de atacar. La pregunta obligada es si alguien necesita ya hacer ese esfuerzo. A veces la derrota comienza mucho antes de la batalla. Empieza cuando cada cual decide que salvar su pequeña trinchera basta para salvar el ejército.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.