Ya Santo Domingo no respira
El alto precio de confundir el desarrollo urbano con el asfalto
Las ciudades también envejecen. Lo hacen sin arrugas visibles, pero con síntomas que delatan el paso del tiempo y los errores acumulados. Santo Domingo acaba de recibir uno de esos diagnósticos que no conviene archivar entre estadísticas: el calor ya no se marcha cuando cae la noche.
Hubo un tiempo en que el crepúsculo traía una tregua. Las galerías se abrían, los patios recuperaban su sentido y el aire, aunque tibio, permitía creer que el día había terminado. Hoy la ciudad parece aferrarse a la temperatura del mediodía. El concreto aprendió a almacenar el sol para devolverlo lentamente mientras dormimos.
¿El clima se volvió caprichoso? No, es el precio de haber confundido desarrollo con cemento, crecimiento con asfalto y progreso con la desaparición de árboles cuya utilidad solo se descubre cuando ya no están. Cada parque reducido, cada sombra sacrificada y cada metro cuadrado impermeabilizado terminan escribiendo, silenciosamente, una línea más en ese balance térmico que ahora presentan los científicos.
Las noches tropicales dejan de ser una postal caribeña para convertirse en una advertencia. El descanso se acorta, el cuerpo no logra recuperarse, aumenta el consumo de electricidad y el aire acondicionado pasa de lujo a necesidad. Una ciudad que no se enfría tampoco permite que sus habitantes lo hagan.
La verdadera modernidad no debería consistir en levantar otra torre de cristal, sino en devolverle espacio al árbol que enfría sin consumir un solo kilovatio. La inteligencia urbana no debería medirse por la altura de los edificios, sino por la capacidad de hacer habitable el lugar donde transcurre la vida.
El calor global seguirá su curso. Pero el calor de Santo Domingo tiene, en buena medida, firma humana. Afortunadamente, toda obra humana puede corregirse, si todavía queda voluntad para hacerlo.

Aníbal de Castro