La segunda de primera
Sin estridencias ni afán electoral, Raquel Peña redefine el ejercicio del poder público
La vicepresidenta me cae bien, y no porque simpatice con el partido al que pertenece. A mí las siglas partidarias me provocan escalofríos y, en ocasiones, náuseas. Ese rechazo, lejos de restarle valor a mi juicio, le confiere la distancia necesaria.
Raquel Peña debería caerle bien al país. En su desempeño no asoma la estridencia del militante ni la ansiedad del aspirante que convierte cada acto en un peldaño electoral. Cumple sus encomiendas con prontitud, discreción y destreza. Llega, resuelve y se marcha sin exigir fanfarrias, una conducta subversiva en una política habituada a confundir servicio con espectáculo.
Ha construido así una imagen ganada de eficacia, a la altura, valga la frivolidad, de su impecable estilo sartorial. En ambos terrenos domina la misma virtud: la sobriedad. Nada sobra, nada desentona, nada parece librado al azar. Su elegancia no está en la ropa, sino, también en la manera de ejercer autoridad sin atropello y presencia sin aspavientos.
Me cae bien por lo que ha logrado, no porque sea mujer ni por esa condescendencia disfrazada de elogio que acompaña a quienes consiguen sobresalir en el pésimamente llamado sexo débil. Juzgarla con indulgencia por ser mujer sería otra forma de disminuirla. Debe medírsele con la misma vara exigente aplicada a cualquier funcionario. Y con esa vara sale airosa.
La vicepresidencia suele ser una sala de espera, un cargo sometido a la sombra del poder principal. Peña, sin invadir competencias ni disputarle luces al presidente, le ha dado sustancia. Ha demostrado que la lealtad no exige invisibilidad y que la eficiencia puede tener carácter sin convertirse en protagonismo.
En una administración donde abundan funcionarios empeñados en aparentar que hacen, ella ha preferido hacer sin aparentarlo demasiado. El resultado encierra una paradoja grata: situada en segundo lugar, Raquel Peña ha realizado un trabajo de primera.

Aníbal de Castro