La rendición digital
El costo invisible de aceptar todo lo que aparece en pantalla
La rendición digital es la renuncia, casi siempre voluntaria, a pensar por cuenta propia frente a una pantalla. Consiste en aceptar lo que aparece, repetirlo y dejar que otros decidan qué debemos creer. La expresión se ha puesto de moda por una razón sencilla: vivimos rodeados de algoritmos, inteligencia artificial y redes que prometen facilitarnos la vida, pero también pueden ahorrarnos el esfuerzo de dudar.
No es extraño que el término circule ahora. Resume una inquietud común: tanta comodidad tecnológica puede volvernos perezosos, dependientes y, sobre todo, dóciles ante quienes controlan la información que consumimos diariamente.
Esa rendición opera cada vez que damos por bueno el torrente de chismes que recibimos y lo compartimos sin detenernos. También cuando permitimos que nos contrabandeen falsedades como información cierta, opiniones como noticias o comentarios de poca monta como si provinieran de fuentes legítimas. El engaño llega bien vestido, con un titular convincente, una fotografía impactante y miles de aprobaciones.
Las redes, concebidas como grandes plazas para conversar, se han convertido muchas veces en estercoleros donde terminan malas influencias, falsos profetas y lobos que aprendieron a etiquetarse como corderos. Allí no triunfa necesariamente quien tiene razón, sino quien provoca más miedo, más rabia o más adhesiones. La mentira corre porque conoce nuestros prejuicios y sabe cómo acariciarlos.
Sin embargo, sería cómodo culpar únicamente a las plataformas. Nosotros también alimentamos esa maquinaria. Cada reenvío apresurado le presta nuestra reputación a un mensaje que quizá no la merece. Cada silencio ante una falsedad ayuda a que parezca cierta.
Antes de compartir conviene hacer una pausa y mirar quién habla, qué pruebas ofrece y si otros medios confirman lo dicho. Parece poca cosa, pero no lo es. La rendición digital comienza cuando entregamos el juicio. Se frena cuando volvemos a usarlo.

Aníbal de Castro