La izquierda que falta
La construcción de un programa con ideas, estudio y coraje
En un país profundamente conservador, a la izquierda se le hace cuesta arriba intervenir en el debate público. Precisamente por eso falta: para equilibrar la conversación y contener excesos. Mal harían los sobrevivientes del pensamiento avanzado en sentirse intimidados por insultos como "woke" o "progre". ¿Acaso el progreso fue eliminado del diccionario o dejó de ser una aspiración social?
Importa, desde luego, escoger bien las compañías. Los escombros de la Guerra Fría son un lastre. Mirar con nostalgia hacia Cuba, el chavismo o Nicaragua espanta. Tampoco ennoblece la ceguera ante los relumbrones económicos asiáticos, con Mao y Lenin convertidos todavía en musas tutelares.
Causas sobran. La igualdad de género necesita dolientes. También los derechos del colectivo LGTB, porque todos fuimos creados iguales y no se ha apagado aún el eco de aquel "¿quién soy yo para juzgar?".
La deuda social ofrece territorio de sobra: salud, educación, pensiones y servicios públicos. Pero el gasto social sin norte, resultados ni controles es otro azote. La pobreza de espíritu puede ser tan devastadora como la material, aunque no figure en las estadísticas.
La protección ambiental y la resistencia frente a las depredaciones del capitalismo salvaje necesitan patrocinadores. Defender los derechos humanos en una democracia mostrenca es una obligación natural de una izquierda que, además, debería ser ilustrada, en contraste con la ignorancia estridente de cierta derecha.
También le corresponde reclamar coherencia y dignidad en política exterior; condenar el embargo a Cuba, no para proteger al régimen opresor, sino a su pueblo; defender el multilateralismo y exigir iguales derechos para israelíes y palestinos.
La izquierda no tiene por qué pedir permiso para existir; debe ganarse el espacio con ideas, coherencia, estudio y coraje.
Faltan una voz y un programa progresista. Aunque revienten las sentinas digitales y las granjas de bots trabajen horas extras.

Aníbal de Castro