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¿País de jugadores?

La falta de regulación fiscal en el sector de las bancas de lotería

No me atrevería a afirmar con rotundidad que la República Dominicana es un país de jugadores. Me gustaría compararla con Las Vegas, por el brillo de esa ciudad norteamericana y por la dureza de sus autoridades, aunque sin llegar a los extremos de la policía dominicana. Aquí tenemos todos los juegos de la perla del desierto, pero sin las luces.

En nuestra geografía, el juego es un desafío directo al Estado de derecho. Las bancas de apuestas proliferan sin que el Estado logre controlarlas. Ni siquiera hablamos de que tributen al fisco como es debido, sino de que al menos cuenten con el permiso obligatorio, requisito elemental para su supervisión.

A la inobservancia de la norma se añaden los abusos laborales, reportados de cuando en cuando por las redes sociales y los medios de comunicación. Trabajar en una banca dista poco de la explotación, por los horarios extenuantes y los salarios ínfimos.

La atracción por las loterías foráneas viene de lejos. Recuerdo que la "Caraquita" tenía aquí más seguidores que cualquiera de los equipos de béisbol. Con el avance de la tecnología, las apuestas a loterías extranjeras han ganado terreno y sus números y modalidades se ofrecen libremente. Aunque la ley lo proscriba.

La Organización Mundial de la Salud advierte, y no al azar, que las personas en situación de pobreza o desventaja corren mayor riesgo de sufrir daños relacionados con el juego. Debería preocuparnos a todos, Gobierno incluido, cuánto dinero destinado a las necesidades familiares termina en las apuestas y con qué facilidad prospera el negocio sin suficiente control.

Pero no perdamos el tiempo: en el Poder Legislativo que renovamos cada cuatro años, los juegos de azar gozan de más protección que los derechos humanos. Esa apuesta sí que la perdimos.

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Aníbal de Castro carga con décadas de periodismo en la radio, televisión y prensa escrita. Toma una pausa en la diplomacia y vuelve a su profesión original en DL.