Las puertas de las élites
Movilidad social y el mito de la meritocracia perfecta
Mantengo el interés por la tesis de Vilfredo Pareto, el gran sociólogo italiano, sobre las élites y su circulación. Unas sustituyen a otras, aunque el poder nunca deja de concentrarse en minorías. Nada particularmente escandaloso en esa constatación. Punto clave es cómo éstas se forman. El problema no es que existan élites, sino que se conviertan en castas.
Es un tema sobre el cual deberíamos reflexionar con más frecuencia. Afortunadamente, nuestra sociedad es manifiestamente flexible y ofrece ejemplos notables de movilidad social. Leonel Fernández y Danilo Medina llegaron a la presidencia desde hogares modestos. Ricardo de los Santos y Alfredo Pacheco encabezan las cámaras legislativas sin proceder de las familias tradicionales del poder. Justiniano Montero, nuevo presidente de la Suprema Corte de Justicia, representa el ascenso mediante una carrera judicial construida desde sus escalones inferiores.
Algo semejante ocurre en las Fuerzas Armadas, las iglesias y la academia: jóvenes de extracción humilde encuentran oportunidades de formación, disciplina y progreso hasta alcanzar posiciones superiores. Todos son ejemplos reveladores de una sociedad más permeable de lo que a veces estamos dispuestos a reconocer. Comprobado: talento y perseverancia pueden rebasar barreras sociales aparentemente infranqueables.
Pecaríamos de ingenuos si confundimos esos ascensos con una meritocracia plena. Las conexiones políticas y familiares, el dinero y los privilegios aún pesan demasiado. Más que combatir a las élites, entonces, preocupémonos por su renovación permanente. Una educación pública de calidad, instituciones profesionales, competencia económica y reglas transparentes constituyen las mejores garantías contra su enquistamiento.
Más que saber de dónde vienen quienes alcanzan la cima, importa comprobar si dejan expedito el camino para quienes vienen detrás. Una sociedad verdaderamente abierta no consiste en celebrar a quienes lograron subir, sino en impedir que, una vez arriba, cierren las puertas por las que entraron.

Aníbal de Castro