La democracia como conversación
Todo diálogo auténtico reclama un compromiso real, aunque sea mínimo, con estos intangibles
No tengo forma de demostrarlo, pero el paso de Irene Vallejo por Santo Domingo fue lo que terminó de espantar la tormenta Melissa. En cualquier caso, en su diálogo con José Mármol, a mediados de noviembre pasado, sobre literatura y poder, Vallejo dejó caer varias ideas sugestivas, entre ellas una especialmente fértil: que la democracia es, en esencia, una "conversación" en la que cada interlocutor participa desde su propia "lectura" de la realidad.
La imagen remite tanto a la democracia deliberativa de Carlos Santiago Nino como al fenómeno comunicacional pensado por Jürgen Habermas. Pero también abre la puerta a un diagnóstico menos jurídico y más humano sobre el estado de esa gran plaza pública con la que solemos asociar la democracia contemporánea. Porque concebir la democracia como conversación —idea estimulante, sin duda— implica aceptar ciertas condiciones previas, una constelación de propiedades deliberativas (escucha, criticidad, sensibilidad, disposición al desacuerdo) que hoy parecen haber perdido protagonismo.
Conviene subrayarlo desde el inicio: esa "conversación" ya no se produce en un espacio único ni delimitado. La transformación digital hizo estallar los marcos tradicionales donde se construían la opinión pública, la prensa libre y los canales de interacción entre ciudadanía y poder. El espacio deliberativo actual se asemeja más bien a una constelación incesante de opiniones, datos, emociones y marcos interpretativos que se reproducen sin fronteras claras y se retroalimentan de forma permanente.
Ese nuevo entorno genera, a su vez, problemas de gran calado. Ya en 2018, Julia Ebner describió con precisión cómo diversas plataformas digitales operaban como auténticas cajas de resonancia para discursos misóginos, radicales y seudofascistas, que terminaron filtrándose al espacio público y, en algunos casos, propiciando episodios de violencia extrema. Desde entonces, se ha confirmado que el contenido político negativo se viraliza con mayor rapidez, que el discurso de odio mantiene un vuelo sostenido y que la desinformación se ha convertido en un rasgo estructural del debate público.
No hay margen para la ingenuidad. En un espacio simultáneamente sin fronteras y lleno de trincheras, nadie escapa a este cóctel que amplifica el fuego ideológico, prioriza seudodatos y masifica verdades distorsionadas. Basta observar fenómenos globales: la expansión de las ultraderechas y sus marcos discursivos; el contorsionismo moral inducido por oleadas de desinformación en torno a Gaza o a la invasión rusa de Ucrania; o la inquietante radiografía de Europa que deja entrever la política exterior de la Administración Trump. Pero también basta mirar hacia dentro: en nuestra propia conversación pública, el discurso dañino y excluyente se abalanza con facilidad sobre las minorías y el Estado de derecho, erosionando un espacio deliberativo ya saturado de sesgos y relatos falseados.
El panorama es crítico. Y justamente por eso resultan pertinentes las palabras de Vallejo. Participar en democracia, entrar en la conversación para generar decisiones colectivas coherentes con las preocupaciones de las mayorías y con la realidad —históricamente incómoda— de las minorías, no se reduce a procedimientos e instancias formales. Exige también un determinado espíritu: predisposición al diálogo razonado, compromiso mínimo con lo verificable, humildad ante el desacuerdo, conciencia de la diversidad, tolerancia a la crítica, capacidad de ofrecer y recibir razones. Son propiedades deliberativas que, precisamente por depender de cada interlocutor, sostienen o deterioran la conversación democrática.
Todo diálogo auténtico reclama un compromiso real, aunque sea mínimo, con estos intangibles. Cabe pensar que a ello se refería Irene Vallejo aquella noche de noviembre. En una línea similar reflexionó recientemente Costa-Gavras, al señalar que el deterioro de la democracia va de la mano del empobrecimiento del debate ciudadano, y que este hunde sus raíces en la combinación entre un entorno digital desbordado, la hooliganización de la política y las lecturas sesgadas de la realidad que producen las incontables cámaras de eco del nuevo espacio deliberativo.
A mi juicio, la preservación de la democracia contemporánea pasa por recuperar y abrazar estas propiedades deliberativas, con plena conciencia del riesgo de regresión que implica su abandono. Y no se trata solo de una tarea individual. También exige una gestión responsable de la polarización desde los partidos y desde quienes ejercen poder real. Lo expresó recientemente Felipe VI: allí donde hay poder político existe también la obligación —siquiera moral— de fomentar un diálogo ciudadano abierto, sensato y desinteresado, condición indispensable para una convivencia democrática saludable.
Tal vez nos encontremos, mucho tiempo después, en una situación semejante a la que describe Jacques Lacarrière —citado por la propia Vallejo— cuando Heródoto se enfrentó a sus compatriotas griegos: un punto en el que avanzar hacia la civilización exige superar no tanto fronteras territoriales como límites morales. Quizá esa introspección crítica, profundamente humana, sea un primer paso necesario para desintoxicar el entorno deliberativo y recuperar el espíritu conversacional que permita captar la complejidad —y la fragilidad— de la democracia de nuestro tiempo.

Pedro J. Castellanos Hernández