Honestidad personal: El factor humano siempre podrá vulnerar los controles
En última instancia, la administración honesta de los recursos depende de un contrato social implícito donde la palabra y la conducta de gerentes y auditores son los pilares que sostienen el edificio institucional

Las normativas más estrictas y complejas, junto a los sistemas de auditoría aplicados por las compañías más experimentadas, resultan insuficientes si el factor humano decide ignorar su compromiso ético, realidad que el reciente caso de Senasa pone de manifiesto como una verdad incómoda tanto para el sector público como para el privado, demostrando que la integridad individual permanece como el eslabón más crítico de cualquier cadena administrativa.
La reciente disposición del presidente Luis Abinader, quien mediante el Decreto 722-25 conformó una comisión técnica para supervisar la gestión financiera del Seguro Nacional de Salud, representa una respuesta institucional necesaria pero incompleta si se ignora que la vigilancia externa es apenas un paliativo, pues la historia administrativa nos enseña que la creación de nuevas capas de control no garantiza la erradicación de las malas prácticas estructurales.
Este escenario debe proyectarse a todo tipo de gestión donde se administren recursos, ya que tanto el sector público como el privado acumulan una estela de casos donde la pericia técnica del gerente se pone al servicio de la evasión de los propios mecanismos de seguridad, confirmando aquella frase lapidaria que aprendí en mi formación y ejercicio profesional: no hay controles que el gerente no vulnere si se dispone a hacerlo.
La fragilidad del control técnico
No se trata aquí de desdeñar la importancia vital de los mecanismos de control, sino de reconocer que su efectividad depende directamente de la responsabilidad ética de contadores y auditores, quienes tienen la misión de llevar la marcha de la empresa con rigor técnico, asegurando que cada registro contable sea un reflejo fiel de la realidad y no una herramienta para el ocultamiento de irregularidades financieras.
La supervisión y las auditorías, tanto internas como externas, constituyen la columna vertebral de la transparencia institucional, por lo cual los profesionales del área contable deben hacer honor a su fe pública frente a las presiones del entorno, entendiendo que su labor es el primer filtro contra el dolo, aunque su diseño pueda ser comprometido si la voluntad del mando superior decide torcer la norma establecida.
En el ámbito corporativo, la fiscalización se convierte a menudo en un ritual de cumplimiento superficial si quienes la ejecutan no mantienen su independencia, de modo que una gestión basada en la desconfianza sistémica termina siendo inútil si no se cultiva una cultura de probidad, pues el ingenio humano siempre encontrará la forma de sortear los obstáculos técnicos si cuenta con la complicidad de quienes deben vigilarlos.
La ética como barrera final
La verdadera reforma institucional no se logra únicamente con decretos que modifiquen reglamentos orgánicos, sino con una selección rigurosa basada en el carácter de los administradores y sus equipos técnicos, entendiendo que el valladar ético es la única garantía de que los recursos lleguen a su destino previsto sin ser desviados en el complejo laberinto de la burocracia, donde a menudo la norma es sacrificada.
El caso de Senasa es un recordatorio de que, aunque es imperativo fortalecer los controles sobre contratos de alto valor y supervisar la ejecución presupuestaria, el foco siempre debe retornar al factor humano, el cual posee la dualidad de ser el mayor activo de una empresa o su amenaza más imprevisible, dependiendo exclusivamente de la solidez de sus valores y su resistencia ante las tentaciones del poder.
En última instancia, la administración de recursos depende de un contrato social implícito donde la palabra y la conducta de gerentes y auditores son los pilares que sostienen el edificio institucional, ya que sin esa base moral, cualquier comisión técnica será solo un observador de cómo la honestidad es derrotada por la ambición, reafirmando que solo la entereza sirve como muro de contención definitivo en la gestión.

Rafael Méndez