Eficiencia administrativa: cuando el Estado decide a tiempo, la democracia respira
Cómo la transparencia en los permisos construye verdadera paz social

En República Dominicana discutimos con pasión qué debe hacerse: qué reformas, qué prioridades, qué políticas públicas. Pero con demasiada frecuencia dejamos a un lado el cómo se decide. Y ahí está, muchas veces, el verdadero origen de los conflictos: no solo en el contenido de la decisión, sino en la forma en que se llega a ella.
Por eso conviene poner sobre la mesa una idea que debería unirnos —Estado, empresa, academia, comunidades y sociedad civil— más allá de cualquier sector: la eficiencia administrativa. No como consigna, sino como condición de legitimidad. Dicho sin rodeos: eficiencia es protección de derechos: decidir en plazo, con transparencia, participación y control efectivo.
Eficiencia no es prisa: es rigor con tiempo
Hay que despejar un malentendido común. Eficiencia no significa "hacerlo rápido". Significa hacerlo bien y a tiempo, con reglas claras, criterios estables, trazabilidad y capacidad de rendir cuentas. Un Estado eficiente no es un Estado que "aprueba"; es un Estado que decide, con motivación, con método y dentro de un plazo razonable. Eso le sirve al ciudadano que hace un trámite, a la comunidad que exige respuestas, al ambientalista que reclama control, y también a quien invierte y está obligado a cumplir.
Cuando los procesos se vuelven indefinidos —cuando nadie sabe cuándo termina un expediente, qué falta, qué se evalúa o por qué se devuelve— la institución pierde autoridad moral. Y en ese vacío crecen la sospecha, la discrecionalidad, el desgaste y la percepción de arbitrariedad. La incertidumbre no solo frena proyectos: rompe confianza.
La trampa de los procesos "sin definición" es una conversación país
Esto no es un debate exclusivo de minería. Pasa en energía, turismo, construcción, infraestructura, agroindustria y en cualquier actividad que dependa de permisos y licencias. Un sistema de decisiones sin plazos cumplibles y sin criterios públicos termina castigando a quien quiere operar formalmente y premiando, por vía indirecta, la informalidad y el atajo.
La eficiencia, por tanto, no debe verse como demanda sectorial, sino como deber público. Y aquí conviene decirlo con equilibrio: elevar eficiencia no es bajar estándares; es elevar institucionalidad. Un procedimiento predecible permite exigir mejor, supervisar mejor y corregir a tiempo.
Lo que ya ha dicho el Tribunal Constitucional: publicidad y participación para evitar arbitrariedad
Este punto no es solo una recomendación administrativa. En la sentencia TC/0601/18, el Tribunal Constitucional recordó que cuando el Estado dicta reglas de alcance general —reglamentos o disposiciones normativas— debe hacerlo con publicidad y participación, precisamente para reducir la arbitrariedad y fortalecer la buena administración. En esencia: las decisiones que afectan a muchos no pueden nacer en la opacidad ni en la improvisación; requieren métodos abiertos, trazables y verificables.
Traducido al lenguaje ciudadano: eficiencia no es saltarse pasos; es decidir de cara al público, escuchando y dejando huella clara de lo decidido. Eso es legitimidad.
Del diálogo episódico al método: convertir la eficiencia en calendario
Cuando el país discute reformas normativas —en especial las que ordenan industrias durante décadas— el riesgo no está solo en el texto final: está en el proceso. Si el diálogo es ocasional, si no hay agenda, responsables, fechas de cierre y mecanismos para resolver desacuerdos, los resultados tienden a ser frágiles. Y lo frágil se rompe: en tribunales, en conflictos sociales o en incumplimientos.
De ahí una propuesta simple, pero poderosa: convertir la eficiencia en calendario. Un calendario formal de trabajo —con temas por sesión, metas, actas y trazabilidad— que permita construir acuerdos, registrar disensos y justificar soluciones. No para complacer a nadie, sino para cumplir el interés público: normas nacidas de un proceso ordenado se cumplen más, se entienden mejor y generan menos conflicto.
Permisos y autorizaciones: eficiencia para controlar mejor, no para aprobar más
Donde esta discusión se vuelve cotidiana —y donde se mide la calidad real del Estado— es en el régimen de permisos y autorizaciones, incluyendo los procesos ambientales. Aquí la eficiencia es, sobre todo, capacidad institucional: recursos humanos y tecnológicos suficientes, requisitos claros, ventanillas coherentes, plazos medibles y rendición de cuentas.
Y es clave subrayarlo: eficiencia para controlar mejor, no para aprobar más. Una institucionalidad moderna no termina cuando emite un permiso. Termina cuando puede demostrar que supervisa, corrige y sanciona. Si queremos "licencia social" de verdad, esto también implica aplicar los principios de prevención y, cuando exista incertidumbre científica razonable, el de precaución: primero entender riesgos, mitigar y compensar, y solo entonces decidir.
Hay tres mínimos que la ciudadanía suele exigir con razón:
- Transparencia: criterios públicos, requisitos estandarizados y trazabilidad del expediente.
- Participación temprana y significativa: escuchar y responder, no solo informar. En territorios impactados, esa participación debe reconocer derechos, usos y cultura local, con canales claros de quejas y reparación.
- Seguimiento post-licencia: cumplimiento verificable y consecuencias ante el incumplimiento.
Eso es eficiencia: decidir en plazo y, al mismo tiempo, garantizar control efectivo.
Minería metálica y no metálica: realidades distintas, misma necesidad de reglas claras
En minería hay dos realidades que conviene reconocer. La minería metálica opera con alta complejidad técnica y mayor escrutinio público. La no metálica —canteras, agregados, calizas— sostiene infraestructura y vivienda, y vive tensiones frecuentes de ordenamiento territorial, convivencia comunitaria e informalidad. Pero en ambas, el denominador común es el mismo: reglas claras, procedimientos previsibles y fiscalización efectiva. Cuando el marco es incierto, pierde el Estado, pierden las comunidades y pierde la economía formal.
Un acuerdo mínimo nacional
Al final, el país necesita un acuerdo mínimo que no sea ideológico ni sectorial: eficiencia para legitimar. Eficiencia para que el diálogo no sea un evento, sino un método. Eficiencia para que las decisiones sean oportunas, transparentes y controlables. Eficiencia para proteger derechos —los del ciudadano, los de las comunidades y también los del Estado, que debe gobernar con autoridad y confianza.
Porque un Estado que decide tarde, decide mal o decide sin método, no solo retrasa expedientes: debilita la democracia. Y un Estado que decide a tiempo, con participación y transparencia, no solo produce permisos o normas: produce paz institucional. Y, como nos recuerda la ética del bien común, también cuida la casa común, con justicia intergeneracional.

Martín Valerio Jiminian