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La prisa y el ruido, males de nuestro tiempo

Vivir acelerados, vivir dispersos

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La prisa y el ruido, males de nuestro tiempo
La prisa y el ruido: dos epidemias silenciosas de nuestro tiempo. (FUENTE EXTERNA)

El médico, sacerdote y filósofo español Alfredo Rubio de Castarlenas advertía en uno de sus escritos que la prisa y el ruido son dos males de la sociedad moderna que hacen tanto daño como una enfermedad contagiosa. La frase, lejos de ser una metáfora elegante, describe una experiencia cotidiana: uno sale de casa con calma y regresa con la mente como una habitación después de una fiesta: vasos por el suelo, música todavía sonando y nadie recuerda quién dejó la puerta abierta.

La prisa es un hábito social que se pega. Comienza como una exigencia externa ("apúrate", "resuelve", "esto era para ayer") y termina instalándose en el corazón como una forma de vivir. Ya no corremos por necesidad, sino que se nos hace difícil esperar, escuchar, leer con detenimiento, conversar sin mirar el reloj. La prisa mutila procesos humanos esenciales: pensar antes de hablar, discernir antes de decidir. Con prisa se reacciona más de lo que se responde. Y una sociedad que reacciona sin pensar es, por definición, una sociedad vulnerable.

El ruido, por su parte, también se contagia, pero de una manera más sutil. No solo es el estruendo de bocinas, motores y música a alto volumen. Es el ruido mental que se acumula por dentro: pantallas encendidas, discusiones instantáneas, la presión de estar siempre disponible. Es un ruido que se vuelve ambiente, como si la vida necesitara una banda sonora constante para no enfrentarse al silencio. Pero el silencio no es vacío; es el espacio donde uno se encuentra consigo mismo, donde se ordenan los pensamientos y se aquieta el ánimo. Cuando el ruido ocupa todo, desaparece esa habitación interior en la que se madura, se reza, se decide, se perdona.

Prisa y ruido forman una alianza peligrosa. La prisa nos vuelve superficiales; el ruido nos vuelve dispersos. Una persona superficial y dispersa es fácil de manipular: cree titulares, se deja llevar por indignaciones rápidas, confunde opinión con verdad. No es casual que vivamos tiempos de polarización y de ansiedad. La sociedad acelerada y ruidosa produce ciudadanos agotados, irascibles y, paradójicamente, solos: conectados a todo, pero presentes en casi nada.

Las consecuencias son visibles en la familia. ¿Cuántas veces se cena con el celular al lado del plato, como si la mesa fuera una sala de espera? ¿Cuántos niños crecen aprendiendo que la atención es un bien escaso? El afecto necesita tiempo, y el tiempo necesita calma. La prisa no solo reduce minutos; reduce calidad. Y el ruido —externo o digital— impide la conversación que edifica.

En la vida pública, el daño es mayor. El debate se vuelve griterío; la política se convierte en espectáculo; la verdad pierde terreno frente a la frase ruidosa. En el mundo del trabajo, la prisa se disfraza de eficiencia, pero muchas veces es desorden: tareas urgentes que desplazan lo importante, reuniones interminables que sustituyen el pensamiento, productividad medida por movimiento y no por sentido.

¿Qué hacer? No se combate una epidemia solo con quejas; se combate con hábitos. La primera vacuna es recuperar el derecho a la pausa. Pausar no es perder el tiempo; es ganarlo en profundidad: un tramo del día sin pantallas, una caminata breve sin audífonos, una lectura sin interrupciones, una conversación cara a cara. La segunda vacuna es defender el silencio como un bien comunitario: moderar el volumen, respetar los espacios compartidos, entender que la libertad de hacer ruido termina donde comienza el descanso del otro. La tercera vacuna es educar la atención: enseñar a los jóvenes —y recordarnos los adultos— que la mente no fue hecha para saltar de estímulo en estímulo como un insecto en un bombillo.

Rubio de Castarlenas tenía razón: la prisa y el ruido son contagiosos. Pero también lo es la calma. También se pega el hábito de escuchar, de respirar hondo, de hablar más bajo, de vivir con sentido. En tiempos en que muchos confunden velocidad con progreso, conviene recordar algo elemental: la vida no se mide por la cantidad de cosas que hacemos, sino por la calidad de presencia con la que las vivimos. Y para estar presentes, hace falta lo que hoy escasea: silencio por fuera y serenidad por dentro.

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