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La Babel Dominicana: descifrando un camino común

La falta de un lenguaje común frena el desarrollo de la República Dominicana

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La Babel Dominicana: descifrando un camino común
El déficit organizacional es el verdadero obstáculo del progreso nacional. (SHUTTERSTOCK)
"La política no consiste en proclamar verdades, sino en hacer posible lo necesario."Otto von Bismarck

La República Dominicana no carece de talento, recursos ni ideas. Carece, cada vez más, de un lenguaje común. Empresarios, militares, académicos, políticos, técnicos, comunicadores y ciudadanos hablan con convicción desde sus respectivos mundos, pero rara vez se escuchan entre sí. El resultado es una Babel moderna: diagnósticos fragmentados, agendas inconexas y una sensación creciente de que el país avanza, pero sin un rumbo compartido.

La política habla de gobernabilidad; los técnicos, de indicadores; los empresarios, de costos y reglas; los militares, de estabilidad; y la ciudadanía, de servicios que no funcionan. Todos tienen parte de la razón. El problema es que nadie está traduciendo esas razones en un proyecto común de acción. Y un país que no se traduce a sí mismo no avanza: se dispersa, se desgasta y finalmente se estanca.

Durante años hemos confundido planificación con discurso, y ejecución con improvisación. El resultado es un Estado que anuncia mucho, coordina poco y transforma menos. La Estrategia Nacional de Desarrollo 2030 ilustra bien ese extravío: una arquitectura de Estado correctamente concebida, pero pobremente ejecutada. No por fallas conceptuales, sino por la incapacidad de sostener consensos, priorizar decisiones difíciles y alinear intereses diversos hacia objetivos concretos.

El problema de fondo no es ideológico. Es organizacional. Es un déficit de método y de traducción del poder.

Gobernar hoy no consiste en imponer una visión única ni en administrar inercias, sino en articular visiones parciales dentro de un marco común que permita avanzar. Sin traducción entre sectores, el conflicto se cronifica; sin método, la planificación se convierte en retórica; sin ejecución, la gobernabilidad se agota.

De poco sirve anunciar nuevos planes si los existentes no se cumplen. De poco sirve reorganizar estructuras si no se corrige la forma de decidir y ejecutar. Y de poco sirve hablar de futuro si el presente sigue atrapado en la improvisación. El país no necesita más hojas de ruta superpuestas; necesita disciplina institucional para cumplir la que ya existe.

Si aspiramos a un desarrollo real, al menos deberíamos ser capaces de construir una agenda mínima compartida. No un catálogo infinito de promesas, sino algunos ejes esenciales que todos comprendan y reconozcan como propios: energía confiable como base de soberanía productiva; orden territorial y transporte como calidad de vida; seguridad ciudadana profesional; un Estado con capacidad real de ejecución; educación alineada al siglo XXI; y una inserción internacional estratégica en un mundo donde la competencia ya no es solo comercial, sino tecnológica, geopolítica y de poder.

El contexto global no espera. La reconfiguración geopolítica, tecnológica y energética ya está redefiniendo oportunidades y riesgos. Para países pequeños y abiertos como el nuestro, improvisar no es neutral: es costoso. La planificación estratégica no es un lujo tecnocrático; es una condición de supervivencia nacional.

A los gobernantes les corresponde entender que sin método la autoridad se erosiona. A los técnicos, que sin viabilidad política la buena política pública no sale del papel. A los empresarios, que sin un Estado capaz no hay reglas que resistan. A las Fuerzas Armadas, que el desarrollo también es seguridad nacional. Y a la ciudadanía, que nada de esto tiene sentido si no se refleja en la vida cotidiana.

La democracia dominicana ha demostrado madurez institucional en la alternancia. El desafío ahora es demostrar madurez en la ejecución. Liderar en este tiempo no es prometer más lejos ni hablar más alto; es lograr que la República Dominicana se entienda a sí misma, coordine mejor sus fuerzas y avance en una misma dirección.

Ese es el reto real del poder.

Y quien no lo comprenda seguirá confundiendo movimiento con progreso.

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El autor es especialista en Gobernabilidad y Gestión Pública y fue Director de Competitividad de la República Dominicana.