A propósito de un artículo de Aníbal de Castro
Las redes sociales y la degradación del deseo

En un artículo de Aníbal de Castro, director de este diario, publicado el viernes 16 de enero de 2026 en su columna Antes de comenzar, se propone una reflexión que parte de una entrevista a la artista española Ana Mena en El País. Ese punto de partida, en apariencia circunstancial, sirve para introducir una observación mucho más severa sobre el modo en que las redes sociales han alterado las formas de relación y la estructura misma del deseo. No se trata de un comentario cultural ni de una nota generacional, sino del reconocimiento de una degradación profunda, normalizada y casi celebrada.
La tesis que se desprende de esa lectura es incómoda: las relaciones íntimas han sido sometidas a una lógica de visibilidad, velocidad y reemplazo que las vacía de espesor. Lo que antes exigía tiempo, demora, construcción simbólica y riesgo, hoy se consume bajo un régimen de inmediatez que confunde intensidad con profundidad. Las redes no amplifican el deseo; lo empobrecen. Lo fragmentan, lo vuelven reactivo, dependiente del estímulo e incapaz de sostenerse cuando ese estímulo desaparece.
Hay, en el fondo, una mutación en la forma de desear que rara vez se nombra con crudeza. El deseo ya no nace de la falta, sino de la oferta. No se orienta hacia lo que se construye lentamente, sino hacia lo que se presenta de inmediato en la pantalla. Se desea lo disponible, no lo necesario; lo visible, no lo significativo. Esa transformación no es menor: implica el paso de un deseo que suponía riesgo y espera a un deseo administrado, regulado y, en última instancia, domesticado por los algoritmos.
Las redes sociales no son un simple medio de comunicación, sino una maquinaria pedagógica. Enseñan a mirar sin detenerse, a elegir sin comprometerse, a vincularse sin permanecer. La atención es entrenada para el desplazamiento constante; la afectividad, para la sustitución. Cada gesto —el deslizamiento del dedo, la notificación, el "me gusta"— refuerza una lógica de consumo emocional donde el otro deja de ser un sujeto y se convierte en una opción más dentro de un catálogo interminable.
En este contexto, la intimidad se vuelve casi imposible. No porque falten encuentros, sino porque sobra exposición. Todo se muestra, todo se dice, todo se comparte, pero nada se elabora. La sobreabundancia de comunicación produce un vacío de sentido. Se habla mucho, pero se permanece poco. El vínculo dura mientras produce estímulo; cuando deja de hacerlo, es descartado sin conflicto, sin duelo, sin memoria.
El teléfono móvil aparece entonces como una prótesis decisiva de esta degradación afectiva. No amplía las capacidades humanas, sino que sustituye una que parece en vías de extinción: la capacidad de sostener la presencia del otro cuando ya no resulta excitante. Esa prótesis regula el deseo, administra la ansiedad y legitima una economía emocional basada en la reposición permanente. El afecto se convierte en mercancía; la relación, en producto; la permanencia, en error.
Lo más grave de este proceso es que se presenta como libertad. La posibilidad infinita de elegir, de cambiar, de reemplazar, se vende como autonomía del deseo, cuando en realidad produce sujetos cada vez más dependientes del estímulo inmediato y cada vez más incapaces de sostener una relación cuando esta exige tiempo, paciencia o desgaste. La abundancia de opciones no libera; paraliza y empobrece. Todo vale lo mismo porque nada vale lo suficiente.
A partir de aquí, la crítica no puede ser complaciente. Permanecer se ha vuelto un gesto casi escandaloso. Quedarse cuando el vínculo ya no rinde, cuando la novedad se agota, cuando el deseo deja de ser rentable, supone ir contra la lógica dominante. Supone aceptar la incomodidad, la repetición, la opacidad del otro. Supone, en definitiva, resistir un sistema afectivo diseñado para impedir cualquier forma de arraigo.
El verdadero problema no es que las redes hayan cambiado la forma de relacionarnos, sino que hayan redefinido lo que entendemos por deseo, por intimidad y por vínculo. En ese desplazamiento silencioso se juega algo más que una transformación cultural: se juega la posibilidad misma de una experiencia afectiva que no esté sometida al régimen de la prisa, la visibilidad y el consumo.
Tal vez la pregunta que queda abierta —y que incomoda— sea esta: si aún somos capaces de desear fuera de la lógica del catálogo infinito, y si todavía podemos aprender a quedarnos cuando ya no hay nada nuevo que ofrecer, cuando el otro deja de ser útil y empieza, por fin, a ser real.

Plinio Chahín
Plinio Chahín