Fatídico encuentro
La crisis del centenario y la astucia de una mujer ante la escasez

Llegaba a su mitad el 1944 y la República estaba en el zenit de los efectos de la Guerra Mundial Segunda: Muchos productos habían subido de precio; decenas de artículos de origen extranjero, incluyendo alimentos de uso generalizado en las mesas dominicanas como la "todo uso" harina de trigo, las sardinas, el arenque, la leche en polvo dejaron temporalmente de llegar al país y el combustible –principalmente, gasolina, gas-oil y el gas kerosene, estratégicos bienes de guerra, venían en cantidades reducidas, lo que llevó a un desabastecimiento que golpeó duramente a los sectores más pobres del campo y la ciudad, produciéndose la que fue llamada "crisis del centenario", por coincidir con la conmemoración número 100 de nuestra independencia. La mano de obra sobreabundaba y el desempleo campeaba en toda nuestra geografía. En los frentes de las industrias de las más importantes ciudades y los ingenios azucareros se observaban a diario docenas de hombres y mujeres pegados a las verjas y mallas ciclónicas esperando alguna oportunidad.
San Pedro de Macorís no escapaba a los efectos de la carestía y las guaguas que transportaban pasajeros hacia sus ingenios, bateyes, poblados y parajes, fueron despojadas de sus motores y arregladas para ser tiradas por dos o cuatro caballos, según su tamaño. Como remate, éste no fue un buen año para la agricultura dominicana y también escaseaban rubros alimenticios con su consiguiente encarecimiento. Dos de estos, la cebolla y el ajo, imprescindibles sazonadores en la cocina dominicana, llegaron a venderse a precios cinco y seis veces más altos que apenas dos años antes.
Poseedora de un modesto lote de tierra, en el cruce denominado Los Cuatro Caminos, justo entre el ingenio Santa Fe y la ciudad Sultana del Este, Olimpia Santos, había logrado levantar una apreciable cosecha de seis sacos de ajo, que guardaba celosamente en un ensoberao o especie de mezzanine rural, construido a palos, tablillas y guano junto a la cocina y pegado a la sencilla habitación donde dormía para, en las noches vigilar y detectar de inmediato cualquier intrusión o visita de extraños. Producto de larga vida útil, la laboriosa dama esperaba con paciencia que los precios del ajo subieran más, como todo parecía indicar. Ya le habían ofrecido seis veces más el valor al que había logrado vender otros cinco sacos hacía tres años. Olimpia planeaba comprar con esta venta una tira de tierra colindante de su vecina Carmela para sembrar más ajo y continuar aumentando su fundo.
La incansable mujer era admirada por su tesonero trabajo de varios oficios, todos realizados desde su casa y terrenito. Hacía dulces tales como jalao, de maní, de batata, y de coco con piña, que vendía allí mismo tanto a los lugareños como a vendedores ambulantes que pasaban a comprarle para luego pregonarlos en las calles de San Pedro. Si bien nadie ponía en duda su laboriosidad y habilidad para procurar su sustento y progresar, tampoco ningún viviente se atrevía a pasar más de un minuto a su lado. El inconfundible olor pudendo, producto de su aversión a los baños sólo era resistido, aunque no por mucho tiempo- por sus dos sobrinos, que pasaban por allá en procura de que les obsequiara algunos de sus dulces.
-Tía Olimpia tú hueles muy fuerte, muy mal. ¿Por qué no quieres bañarte? se atrevieron a decirle, en una ocasión en que no les regaló.
–Porque ustedes, como yo, aprenderán que eso ayuda, me da vida, pues la cáscara guarda el palo y el palo la juventud.
Fue en ese entonces que don Benito Piñares, comerciante gallego, inquieto propietario de un almacén en la calle Independencia se enteró que por los Cuatro Caminos había alguien que tenía ajo almacenado y en vista de que ya no le quedaba en su negocio –ni casi en ningún otro de San Pedro, se apresuró y con algo de gasolina comprada en el mercado negro, a preguntas y señas llegó en su vieja camioneta Ford hasta la entrada misma del fundo y preguntó por la singular Olimpia. Un vecino le dijo que probablemente se encontraba al fondo del fundo.
Astutamente y sin consultar, el oriundo de Galicia almacenista, algo obeso, rostro rubicundo y colorao, merodeó por los alrededores de la casa y al entrar al cuarto que supuso se encontraba el ajo, decidió, lo primero, examinar antes la mercancía, para negociarla en mejor condición con su propietaria. Dándose cuenta que los sacos debían estar en el ensoberao, sin perder tiempo y sosteniéndose por los palos de la rústica escalera empezó a subir con rapidez los toscos peldaños, mientras miraba hacia lo alto. Fue en ese momento que Olimpia, quien por casualidad se encontraba precisamente allí arriba, escuchó ruidos abajo y sin perder tiempo decidió, desconfiada, bajar aprisa por la misma escalera: La larga y ancha falda plisada que por recato usaba permanentemente, en su descenso encontró inesperadamente la ascendente humanidad del gallego cubriéndolo en un instante; La España ultrajada desgonzó ante la embestida del humor íntimo largamente acumulado y cayó al instante, sin conocimiento, al suelo, ante el fatal encuentro. Por preocupación y respeto al visitante, fueron llamados vecinos, quienes ayudaron a sacar a Benito del cuarto del ensoberao, pálido, aún inconsciente, para tomar aire fresco, tras lo que, minutos después, recobró el subido color del rostro y despertó.
El Galicia Piñares no pudo convencer a Olimpia para que le vendiera siquiera un saco de ajo. Disgustado y golpeado por la imborrable experiencia, Olimpia le vio marcharse en su camioneta mientras le comentaba a sus vecinos ante el "accidente" provocado por su intrusión: -Eso le pasó por gandío.
*Ensoberao: Especie de modesto piso intermedio o mezzanine donde los agricultores guardan sus cosechas y productos.
**Gandío: Voz popular para codicioso

Bienvenido Pérez García
Bienvenido Pérez García