2026: el año de volver al 5 %
El país ha demostrado, una y otra vez, que sabe recuperarse

Hay una palabra que no aparece en los cuadros del FMI, la Cepal o el Banco Mundial, pero que termina decidiendo si esas proyecciones se convierten en realidad o se quedan en papel: confianza.
Un país no crece porque alguien lo escriba en un informe; crece cuando su gente decide moverse. Cuando una familia se anima a comprar su primera casa, cuando un emprendedor abre un local, cuando una empresa amplía su planta. La economía, al final, es la suma de miles de decisiones cotidianas tomadas con esperanza o con miedo.
Esa confianza no nace de discursos. Surge de la sensación de orden, de saber que las reglas no cambian cada mañana y de sentir que el esfuerzo rinde frutos. Si algo ha aprendido la República Dominicana es que la estabilidad no es un lujo, sino una política social silenciosa. Cuando los precios se descontrolan, los más vulnerables pagan primero. Por eso, cuidar la macroeconomía equivale a proteger el bienestar diario de la gente.
Recuerdo que, cuando estudiaba Economía en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, el padre José Luis Alemán repetía una idea con insistencia: la economía no se celebra, se administra. No era una invitación al pesimismo, sino a la responsabilidad. Creer, sí, pero con fundamentos, porque el optimismo sin disciplina suele salir caro.
Con esa mirada observo el 2026 y por eso me atrevo a afirmarlo: este puede ser el año de volver al 5 %. El país ha demostrado, una y otra vez, que sabe recuperarse. Venimos de crecer 5.0 % en 2024. En 2025 el ritmo se moderó, como era natural, en un contexto de condiciones financieras más estrictas y un entorno externo menos favorable. Pero una pausa no define el destino.
El horizonte de 2026 apunta a un retorno hacia nuestro potencial, ese 5 % que durante años ha sido la marca de una economía dominicana dinámica y resiliente.
Este retorno no es un eslogan. Se apoya en señales concretas: un crédito que vuelve a moverse en sectores como la construcción, la manufactura y los servicios; exportaciones que sostienen el pulso productivo; y una inversión pública que, bien orientada, puede convertirse en demanda efectiva para proveedores locales y en un puente para que la inversión privada recupere tracción.
El crecimiento no llega por generación espontánea. Se impulsa cuando hay financiamiento, proyectos en marcha y suficiente previsibilidad para planificar a varios años.
Contexto actual
El mundo es hoy más incierto, más volátil y, en muchos sentidos, más exigente. Tensiones geopolíticas, ajustes en políticas comerciales, cadenas de suministro que se reordenan y una conversación global donde la palabra riesgo aparece con demasiada frecuencia.
Sin embargo, los fundamentos no han cambiado de forma radical. Siguen premiando a los países que combinan estabilidad, apertura y capacidad de adaptación. La República Dominicana ya ha navegado escenarios similares y ha demostrado saber ajustarse sin perder el rumbo.
En ese contexto, sostener sanas las bases macroeconómicas exige disciplina y consistencia. Es justo reconocer el esfuerzo del presidente Luis Abinader y de su equipo económico por mantener el timón firme, incluso cuando el entorno internacional invita a la improvisación.
Mantener la inflación en rangos controlados, sostener reservas robustas y preservar la credibilidad es un activo nacional. Eso permite que el crédito fluya en mejores condiciones, que el inversionista encuentre previsibilidad y que la gente sienta que su salario no se evapora. Sobre esa seriedad se construyen los titulares positivos.
Hay, además, motores que hablan por sí solos. Las zonas francas no solo sostienen una parte decisiva de las exportaciones; también reflejan evolución hacia sectores de mayor valor agregado y mejor inserción en cadenas globales.
Ventajas del país
En un momento en que el nearshoring se ha convertido en una oportunidad tangible, la República Dominicana cuenta con ventajas que deben cuidarse: ubicación estratégica, estabilidad, talento y capacidad de respuesta.
Pero volver al 5 % no puede significar crecer por crecer. El crecimiento que importa es el que se traduce en bienestar, el que crea empleos formales, mejora los salarios reales y reduce la incertidumbre en los hogares. El que permite invertir mejor en educación, salud e infraestructura. El que alcanza también a quienes por demasiado tiempo han vivido al margen de la prosperidad. Por eso, mi apuesta por el 2026 es una apuesta doble: por el crecimiento y por su calidad.
Como enseñaba el padre Alemán, la responsabilidad también implica reconocer los desafíos sin dramatizarlos. Está el sector eléctrico, con su peso fiscal, la necesidad de seguir elevando la calidad de la inversión pública, la vulnerabilidad climática, que incide en la agricultura, el turismo y la infraestructura. Y está, siempre, la tarea de elevar la productividad, porque ningún país se vuelve más próspero por inercia.
Precisamente por eso, el 2026 debe asumirse como un año de consolidación. No basta con que el número se vea bien en la pantalla; tiene que sentirse en la calle. Aprovechar el momento para reforzar la competitividad, acelerar proyectos que generen encadenamientos productivos, apoyar a las mipymes y fortalecer la formación técnica.
Conviene no perder de vista un dato clave: un crecimiento sostenido cercano al 5 %, en América Latina, no es habitual.
En una región donde muchos países luchan por romper el techo del 2 % o 3 %, volver a crecer cerca de nuestro potencial nos coloca entre los de mejor desempeño. No por figurar en ranking, sino porque ese ritmo amplía el espacio fiscal, impulsa la inversión y permite avanzar con mayor rapidez en lo que la gente considera prioritario: empleo, seguridad económica y oportunidades.
Crecer sin debilitar lo alcanzado
Volver al 5 % es posible y, más aún, es deseable. Pero la pregunta correcta no es solo si podemos crecer, sino si podemos hacerlo sin debilitar aquello que nos ha permitido avanzar. Mi respuesta es sí. Crecer cerca de nuestro potencial no es una casualidad histórica; es una expresión de carácter, el de una sociedad que sabe ordenarse en medio de la incertidumbre y avanzar confiando más en la consistencia que en los atajos.
Ante la incertidumbre global, la República Dominicana cuenta con algo que muchos quisieran: una base macroeconómica sólida y una vocación de progreso que se percibe en su gente. El 2026 puede ser el año de volver al 5 %. Pero, sobre todo, puede ser el año de volver a creer, con fundamentos, en lo que somos capaces de construir.

Carolina Mejía