Solastalgia: cuando el hogar se vuelve extraño
Cuando el paisaje familiar desaparece, aparece una profunda sensación de pérdida
Hay nostalgias asociadas a la distancia: la tierra que se dejó, la infancia que no regresa, la casa que ya no existe. Pero existe otra forma de tristeza más inquietante, porque no nace de la lejanía sino de la permanencia: seguir viviendo en el mismo lugar y sentir, aun así, que ya no es el mismo. A ese malestar creciente se le conoce como solastalgia.
El término describe la angustia psicológica que surge cuando el entorno cercano sufre cambios negativos profundos. A diferencia de la nostalgia clásica, no se trata de añorar un lugar perdido, sino de experimentar dolor por un espacio que todavía se habita, pero que se degrada o se transforma de manera acelerada.
La solastalgia se manifiesta tanto en zonas rurales como urbanas. En áreas rurales suele estar asociada a sequías prolongadas, pérdida de biodiversidad, incendios forestales o actividades extractivas que alteran el suelo, el agua y los medios de subsistencia. En las ciudades aparece vinculada a la contaminación del aire, la reducción de áreas verdes, el ruido constante o procesos de gentrificación que modifican barrios completos, desplazando comunidades y borrando referentes históricos y culturales.
No se trata de una reacción exagerada ni de una postura ideológica. El entorno físico cumple una función central en la construcción de la identidad individual y colectiva. En él se apoyan rutinas, vínculos sociales y sentimientos de pertenencia. Cuando ese entorno se deteriora, el impacto no es solo ambiental, sino también emocional. Por eso la solastalgia puede expresarse en forma de ansiedad, irritabilidad, tristeza persistente, cansancio emocional o una sensación de pérdida difícil de nombrar.
En 1962, cuando vine a Santo Domingo a estudiar y trabajar, la capital era un ensueño. Los carros públicos (conchos) eran ordenados y baratos, y en su interior primaba la decencia. Los motores no existían. Las guaguas de dos pisos eran un entretenimiento y un paseo por el casco colonial de la ciudad. El Parque Hostos era un centro de deportes, como el ajedrez, y también un punto de lectura y encuentro.
Ahora me embarga la solastalgia al pensar en El Conde de los años sesenta y setenta, y ver lo que es hoy: lo que mis ojos no quisieran ver.
En países como la República Dominicana, con alta vulnerabilidad climática y fuertes presiones sobre el territorio, este fenómeno adquiere una dimensión particular. Los cambios ambientales no son abstractos: se reflejan en la economía familiar, en la salud pública y en la vida cotidiana. El aumento sostenido de las temperaturas, la degradación de ríos y costas, o la sustitución de áreas verdes por cemento afectan no solo el paisaje, sino también el bienestar colectivo.
Frente a esta realidad, la respuesta no puede ser la resignación. A nivel individual, resulta útil recuperar la conexión con el entorno y con la comunidad: participar en iniciativas de reforestación, apoyar proyectos locales, cuidar el uso del agua y la energía y, especialmente, hablar del tema. Nombrar el problema ayuda a comprenderlo y a reducir la sensación de aislamiento.
En el plano colectivo, la atención a la solastalgia exige políticas públicas coherentes y sostenidas: protección efectiva de cuencas, ordenamiento territorial, planificación urbana que preserve la vida comunitaria, control de la contaminación y educación ambiental. El desarrollo económico no puede medirse solo en crecimiento, sino también en calidad de vida y arraigo social.
La solastalgia recuerda que no habitamos únicamente viviendas, sino territorios. Cuidar el entorno es también cuidar la salud emocional de la sociedad. Cuando el lugar que llamamos hogar se deteriora, el malestar no es solo ambiental: es humano. Y atenderlo a tiempo es una condición necesaria para un desarrollo verdadero.

Luis González Fabra
Luis González Fabra