La actitud y el impulso al éxito
El desafío gerencial de alinear actitudes diversas

La actitud puede entenderse como la combinación de la disposición emocional, la conducta consciente y el nivel de compromiso que asume una persona para enfrentar una determinada circunstancia vinculada a las tareas de su quehacer cotidiano. En ese sentido, dentro de las responsabilidades ordinarias, las personas deben ejecutar instrucciones, decidir, participar, recomendar, prevenir eventos, crear, innovar y aportar valor a la colectividad u organización de la cual forman parte. La manera en que se asuma dicha actitud será determinante para el cumplimiento eficiente de los objetivos individuales y colectivos.
Este aspecto de la conducta humana es complejo y, desde una perspectiva gerencial, no resulta sencillo alinear el nivel de compromiso de cada individuo con los objetivos globales de una organización. Cada persona es única en sus patrones de conducta, por lo que no responde de manera homogénea a los estímulos o motivaciones que orientan sus aspiraciones. En este contexto, la actitud se manifiesta como un factor diferenciador de resultados: una actitud positiva facilita los procesos internos y externos de la organización, mientras que una actitud negativa tiende a contaminar el clima laboral y a obstaculizar el desempeño colectivo.
La conocida expresión "cuando se quiere se puede" suele interpretarse como la afirmación de que todo propósito es alcanzable. Sin embargo, esta frase no debe entenderse como la negación de las dificultades ni de las limitaciones reales que impone el entorno social, económico o institucional. Más bien, refleja el nivel de sacrificio, disciplina y responsabilidad que una persona está dispuesta a asumir para superar los obstáculos que se presentan en el camino hacia una meta. En ese sentido, el reconocimiento social al éxito suele estar asociado al valor que se otorga al esfuerzo sostenido y a la coherencia entre intención y acción.
Existen diversas interpretaciones sobre el éxito. Para algunos, es el resultado de la bendición divina o de la buena suerte; para otros, depende de la capacidad visionaria o de la habilidad para aprovechar oportunidades. También están quienes lo asocian a factores más objetivos, como la educación, el sacrificio personal y la dedicación al trabajo. Todas estas explicaciones poseen un grado relativo de validez, pero su peso dependerá de la experiencia individual. No obstante, estas condiciones pueden considerarse necesarias, aunque no suficientes. Es la actitud la que permite capitalizar o desaprovechar dichas condiciones y convertirlas en resultados concretos.
Las personas pueden poseer sólidos valores morales, elevados principios espirituales y notables competencias técnicas, y aun así experimentar fracasos en los proyectos emprendidos. En muchos casos, estas situaciones están asociadas a una administración inadecuada de los procesos cotidianos, evidenciando debilidades en la inteligencia emocional y en la gestión de la conducta. Las actitudes negativas suelen estar vinculadas, con frecuencia, a desequilibrios de autoestima o a dificultades de adaptación emocional, las cuales requieren motivación afectiva y acompañamiento para alcanzar un equilibrio razonable que minimice el impacto de comportamientos disfuncionales.
Cada individuo parece poseer un código personal que integra su nivel de inteligencia, su carácter y su determinación para asumir retos. Estas cualidades se desarrollan a partir de factores genéticos, educativos y de las experiencias acumuladas a lo largo de la vida. A través de este código se definen los sueños, el nivel de compromiso con los deberes asumidos y, sobre todo, la voluntad de buscar de manera constante los medios necesarios para superar las barreras que se interponen entre la aspiración y su materialización.
Los ejemplos de superación son innumerables y constituyen una fuente permanente de aprendizaje e inspiración. Personas con limitaciones físicas, con escasos recursos económicos o con reducida vinculación social han alcanzado logros significativos en los ámbitos profesional, empresarial, intelectual y político. Más que el resultado del azar o de una intervención divina, estos casos evidencian la fortaleza del carácter y la actitud positiva como motores para vencer las vicisitudes propias de cada circunstancia.
En términos concretos, la búsqueda del éxito exige confianza, seguridad, convicción y pasión por las ideas o proyectos que se emprenden. El temor al fracaso no debe anteponerse al primer intento, ya que suele constituir la señal inicial de una renuncia anticipada al crecimiento personal. La persistencia y la determinación del carácter desempeñan un papel decisivo, pues el camino hacia el éxito está marcado por dificultades y tropiezos que solo pueden superarse mediante una actitud firme y una clara orientación a los objetivos.
Finalmente, el éxito suele venir acompañado de juicios críticos y de actitudes motivadas por la envidia o la comodidad de quienes permanecen en su zona de confort, esperando soluciones externas o golpes de suerte como sustitutos del esfuerzo personal. A ellos se contrapone el mérito de los emprendedores que, con determinación y una actitud positiva, se convierten en artesanos de sus propios sueños, cosechando el éxito como consecuencia de sus acciones y no como resultado de la casualidad.

Luis A. Reyes Abreu
Luis A. Reyes Abreu