×
Versión Impresa
versión impresa
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Juegos
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Redes Sociales

"El muchacho no es gente": de la cultura del NO a la violencia infantil invisible

Reconocer que el muchacho y la muchacha son gente implica validar su capacidad de sentir, pensar y decidir dentro de los límites de una orientación afectiva y respetuosa. Solo así podremos erradicar esa violencia invisible que se esconde tras un 'no' dicho a destiempo, o una mirada que busca amedrentar en lugar de educar con el ejemplo y la razón.

Expandir imagen
El muchacho no es gente: de la cultura del NO a la violencia infantil invisible
Esta saturación lingüística negativa es devastadora para la arquitectura cerebral en formación de los niños y las niñas (FREEPIK)

En los años de mi infancia, adolescencia y juventud, en el pueblo que me vio nacer, la frase "el muchacho no es gente" era una sentencia axiomática pronunciada por las personas mayores. Aquella expresión cargada de autoritarismo se traducía, ante el más mínimo gesto de malcriadeza, en crueles suplicios. Era una época donde los niños y las niñas carecían de los más elementales derechos o sentimientos.

Se les consideraba meros proyectos de personas que solo entendían mediante la aplicación del rigor físico y verbal. En el horcón de la casa siempre había un lazo que se utilizaba para azotar al muchacho o la muchacha por cualquier motivo trivial. Incluso, cruzar por el medio de la sala cuando había visita era causa suficiente para activar aquel instrumento de sacrificio que marcaba nuestra piel y nuestra memoria.

El guayo, usado para el coco, también servía como instrumento de tortura al obligarnos a posar las rodillas sobre su superficie. Además de ese instrumento de tortura, mi tío Temito utilizaba un horcón donde nos colocaba a mi hermana Toña y a mí, como si fuésemos dos bueyes a quienes les llegó el turno de labrar la tierra. Estas vivencias de deshumanización constituyeron la base de una violencia infantil que hoy aparece normalizada bajo nuevas formas.

El terror como método de crianza

Recuerdo a un señor apodado "Fan", cuya sola mención provocaba que los muchachos temblaran de miedo por su disfrute al someter a los niños y las niñas al suplicio. Los adultos le entregaban a sus hijos e hijas para que el azote sirviera de escarmiento público. Aquel "juidero" que se formaba al verle llegar refleja una combinación de deshumanización y restricción constante de la libertad creativa que anula la personalidad del infante.

Esa vivencia que rodeó mi entorno me sirvió de referente para articular iniciativas dirigidas a identificar la violencia infantil en la familia y la escuela. Como legislador, involucré a directores de centros educativos, fiscales y jefes de puestos de policía en un esfuerzo por concienciar sobre estas prácticas. Es necesario entender que al considerar que "el muchacho no es gente", se justifica el uso del silencio y la opresión.

Cuantificación de la violencia invisible

Con el tiempo, encontré lecturas fundamentales que conectaron esa creencia popular con lo que los tratadistas denominan la "cultura del NO". Esta práctica consiste en un bombardeo sistemático de prohibiciones que los adultos imponen a la infancia, creyendo erróneamente que negar la curiosidad es la forma efectiva de educar. Esta saturación lingüística negativa es devastadora para la arquitectura cerebral en formación de los niños y las niñas.

Estudios especializados indican que, entre los seis y ocho años, un infante ha sido regañado con el "no" aproximadamente cien mil veces. Esta cifra resulta alarmante frente a la escasa cantidad de estímulos positivos recibidos, generando una estructura mental basada en la evitación del castigo. Una infancia que crece bajo este yugo termina por silenciar su voz interna, convirtiéndose en adultos inseguros que no saben proponer soluciones responsables.

Debemos entender que esta cultura de la negación es una agresión directa contra la integridad emocional de los adolescentes y niños. Aunque no existan golpes físicos evidentes, el daño que produce la invalidación constante de la palabra del infante es una herida profunda. Esta condición afecta el comportamiento social y la capacidad de relacionarse con los demás, perpetuando un ciclo de violencia que debemos detener con urgencia nacional.

Hacia una detección temprana de la violencia

Es imperativo realizar acciones focalizadas en la comunidad educativa para que los padres y tutores aprendan a detectar estas manifestaciones de violencia. La escuela no puede ser ajena a la realidad de muchos estudiantes que llegan con el espíritu quebrantado por una disciplina que confunde el respeto con el miedo. La detección comienza por cuestionar esas frases heredadas que hoy carecen de sentido ante la pedagogía moderna.

Invitar a los directores de centros y líderes comunitarios a reflexionar sobre estos patrones es el primer paso para transformar miles de hogares dominicanos. Sustituir la cultura del "no" por una comunicación asertiva permite que el niño y la niña se sientan valorados como seres humanos completos. Este cambio requiere que los adultos abandonen la soberbia del mando y asuman el compromiso de guiar con instrucciones siempre propositivas.

La urgencia de un cambio de mentalidad nacional

La sociedad dominicana debe avanzar hacia un modelo de crianza donde la palabra tenga más peso que la prohibición y el castigo. No es posible aspirar a una nación democrática si seguimos formando a las nuevas generaciones bajo el esquema de que su opinión no cuenta. Reconocer que el muchacho y la muchacha sí son gente implica validar su capacidad de sentir, pensar y decidir con afecto y respeto.

Solo así podremos erradicar esa violencia invisible que se esconde tras un "no" dicho a destiempo o una mirada que busca amedrentar. El reto de padres y educadores es construir una narrativa de inclusión que proteja la dignidad de la infancia frente a las costumbres opresoras. Es tiempo de que la palabra "no" sea solo una advertencia necesaria y deje de ser el látigo invisible de nuestra sociedad.

TEMAS -