Oda a la antipolítica
Astucia no es perversidad, gobernar es administrar tensiones

Toda época de desencanto produce su propia sátira. Cuando la confianza se erosiona, la política deja de ser vista como instrumento de convivencia y pasa a ser caricaturizada como un oficio menor. La ironía cumple entonces una función catártica. Sin embargo, cuando la crítica trasciende la denuncia de prácticas y se convierte en negación del oficio mismo, la democracia comienza a caminar sobre terreno inestable.
La antipolítica suele presentarse como un ejercicio moral superior. Desnuda defectos, exagera vicios, animaliza conductas y convierte la generalización en argumento. En su narrativa, el político no puede ser virtuoso por naturaleza; está condenado a la voracidad, al oportunismo y a la miopía. No hay distinción entre quien sirve y quien se sirve, entre quien construye instituciones y quien las depreda. Todo es lo mismo.
Pero esa simplificación, aunque seductora, es peligrosa.
La política no es una patología social: es el mecanismo civilizatorio mediante el cual los seres humanos gestionan el conflicto sin recurrir a la violencia. Es el arte imperfecto de conciliar intereses distintos, de negociar desacuerdos, de construir mayorías y aceptar minorías. Sin política no hay democracia; sin democracia, lo que queda es la imposición.
Es cierto que la política exige astucia. Requiere olfato, intuición, capacidad de adaptación y lectura del entorno. Esas habilidades no son defectos zoológicos: son instrumentos de supervivencia institucional. Gobernar no es un ejercicio de pureza monástica; es administrar tensiones reales en sociedades plurales. La ingenuidad no construye estabilidad; la rigidez no produce acuerdos.
Confundir astucia con perversidad es desconocer la naturaleza misma del Estado moderno.
La antipolítica suele olvidar algo esencial: las instituciones no se sostienen por inercia moral, sino por equilibrio de poder, reglas claras y liderazgo responsable. Cuando esos elementos existen, la política deja de ser depredadora y se convierte en arquitecta de orden. Donde hay normas respetadas, arbitraje legítimo y procesos transparentes, la política no corroe: organiza.
El problema no es la política. El problema es la ausencia de institucionalidad.
Cuando la crítica convierte a todos los actores políticos en caricaturas intercambiables, erosiona la legitimidad democrática y abre espacio a los redentores. La historia latinoamericana es clara: cuando se desacredita la política como oficio, emergen formas de populismo que prometen atajos y soluciones simples a problemas complejos. Y esos atajos, casi siempre, terminan debilitando las libertades que dicen proteger.
La antipolítica no construye; descompone. No ofrece reglas; ofrece sospecha. No propone instituciones; propone desconfianza permanente.
Es legítimo exigir mejores prácticas, mayor transparencia y coherencia ética. Es imprescindible combatir el clientelismo, la corrupción y el oportunismo. Pero hacerlo desde la negación absoluta de la política es como pretender curar una enfermedad destruyendo el cuerpo que la contiene.
La política puede degradarse, sí. Pero también puede ennoblecerse.
Puede ser el espacio donde las diferencias se tramitan con reglas, donde la competencia fortalece y no fragmenta, donde la unidad no significa uniformidad. Puede ser el instrumento mediante el cual una generación construye las condiciones para que otra viva mejor.
La pregunta, entonces, no es si la política es imperfecta —lo es, como lo es toda obra humana—, sino si estamos dispuestos a perfeccionarla desde dentro o a dinamitarla desde fuera.
En una época donde la impaciencia compite con las reglas y la indignación amenaza los consensos, defender la política como institución no es un acto corporativo; es un acto democrático.
Porque cuando la política desaparece, no triunfa la virtud: triunfa la fuerza.
Y la fuerza, a diferencia de la política, no negocia.

Rafael Paz