El Metro y la reivindicación del tiempo
De la crítica al legado en la infraestructura dominicana

En la vida pública dominicana, pocas obras han suscitado un debate tan intenso como el Metro de Santo Domingo. Cuando fue anunciado, a mediados de la década del 2000, por el entonces presidente Leonel Fernández, el proyecto enfrentó cuestionamientos técnicos, financieros y sociales. Se discutía su costo, su prioridad y su pertinencia en un país con múltiples carencias estructurales.
Dirigentes del entonces Partido Revolucionario Dominicano —organización de la que posteriormente surgiría el Partido Revolucionario Moderno— sostenían que se trataba de una obra desproporcionada para la realidad nacional. Argumentaban que los recursos debían destinarse exclusivamente a hospitales, escuelas y servicios básicos.
El debate fue legítimo. Toda gran inversión pública merece escrutinio. Pero también es cierto que el desarrollo exige decisiones que trasciendan la inmediatez.
Quince años después, el Metro transporta diariamente a cientos de miles de usuarios, reduce tiempos de traslado y ha transformado la movilidad urbana de la capital. Se ha convertido en un componente estructural del sistema de transporte y en una referencia regional en el Caribe.
Durante la administración de Danilo Medina, el sistema continuó operando y expandiéndose. Más recientemente, el presidente Luis Abinader culminó la Línea 2C, extendiendo el servicio hacia zonas que demandaban mayor conectividad. Esa continuidad institucional es una señal saludable para la democracia dominicana: las obras que funcionan deben fortalecerse, sin importar quién las haya iniciado.
El paso del tiempo, sin embargo, coloca cada decisión en su contexto. Hoy, el mayor beneficiado políticamente por la consolidación del Metro es, sin duda, Leonel Fernández. No por confrontación, sino por validación histórica. Lo que fue descrito como exceso terminó siendo infraestructura indispensable.
La historia pública suele ser severa en el presente y más justa en la perspectiva.
El caso del Metro deja una lección: las políticas estructurales no siempre generan aplausos inmediatos. Son apuestas de largo plazo cuyo impacto se mide en años, no en titulares. Cuando resisten cambios de gobierno y se integran a la vida cotidiana, se convierten en legado.
El Metro ya no pertenece a una administración; pertenece a los ciudadanos. Pero es evidente que el tiempo ha reivindicado la visión de quien tomó la decisión inicial.
Y en política, como en la vida, el tiempo termina poniendo las cosas en su lugar.
Franklyn Lithgow
Franklyn Lithgow