Contrastes
El país de los extremos, los sorprendentes contrastes de la vida dominicana
El nuestro es un país lleno de contrastes. Seguramente otras naciones también lo son, pero en nuestro terruño —más que en muchas otras partes— la gama de contrastes resulta sorprendente. Vamos de un extremo al otro con tal facilidad que esta columna apenas alcanza para insinuar algunos ejemplos de esa realidad dominicana tan paradójica.
Comencemos por nuestra diversidad climática, más propia de un continente que de una isla pequeña que no llega a los cincuenta mil kilómetros cuadrados de territorio. Mientras en Santo Domingo el verano castiga con temperaturas que rondan los 40 y hasta 42 grados centígrados, en Valle Nuevo, en Constanza, el termómetro puede amanecer en cinco grados y hasta por debajo de cero. Y todavía en marzo hay lugares donde al mediodía apenas se alcanzan los diez grados.
Algo parecido ocurre en las montañas de San José de Ocoa, donde en comunidades como Tatón la neblina aparece en pleno agosto y las noches pueden descender hasta los doce o quince grados. En pocas horas de viaje se pasa del calor sofocante del Caribe a un ambiente casi de otoño europeo. Ese contraste natural es, en cierto modo, una metáfora de lo que también ocurre en nuestra vida social.
La vida en nuestros pueblos es muy distinta de la que se vive en Santo Domingo, capital de la República. En muchas comunidades todavía persiste una convivencia más cercana: los vecinos se conocen por su nombre y la puerta de la casa no siempre necesita cerrarse con candado. En cambio, en la capital la gente vive muchas veces en tensión permanente.
Para el ciudadano común, la presencia policial no siempre se percibe como una garantía de seguridad. No faltan los casos en que un motorista circula por la acera, arrebata un celular por la ventanilla de un vehículo y el agente que observa la escena termina atribuyendo el hecho a un "descuido" de la víctima por llevar el vidrio abierto. Así, el delito queda diluido y la culpa se desplaza hacia quien lo sufre. Es otro de nuestros contrastes: abundan los uniformes, pero escasea la sensación de protección.
También el consumo revela paradojas curiosas. Las quejas por el alto costo de la vida se escuchan por todas partes, pero las liquor stores continúan multiplicándose. Resulta difícil encontrar a alguien que recuerde el cierre por quiebra de uno de estos negocios. Los centros cerveceros aparecen en cada esquina con la misma naturalidad con que circulan los carros de concho.
Al mismo tiempo, los restaurantes frecuentados por la clase media y media alta mantienen precios que no tienen nada que envidiar a los de ciudades más ricas del continente. Y, sin embargo, de jueves a domingo quien no hace reservación corre el riesgo de quedarse sin mesa. La economía parece quejarse... pero el consumo no se detiene.
Las calles de Santo Domingo y Santiago muestran otro contraste evidente. El parque vehicular crece sin descanso y, junto a los vehículos modestos, circulan automóviles de lujo que hace pocos años parecían pertenecer exclusivamente a vitrinas internacionales: Maserati, Bentley o Porsche ya no sorprenden a nadie.
Sin embargo, las librerías se vuelven cada vez más escasas. Algunas han cerrado silenciosamente y otras sobreviven con dificultades. Es como si el país corriera cada vez más rápido sobre ruedas... pero dedicara menos tiempo a detenerse frente a un libro.
Algo similar ocurre con la tecnología. Las tasas de analfabetismo muestran señales preocupantes en ciertos sectores, pero las ventas de teléfonos inteligentes no dejan de crecer. Hoy es común ver niños de menos de diez años con celulares en las manos. En muchos casos el dispositivo funciona como una especie de niñera electrónica: entretiene, calma y distrae. El problema es que también puede sustituir al libro.
Estos contrastes no necesariamente condenan a un país; más bien lo describen. Pero sí deberían invitarnos a reflexionar. Porque una sociedad que avanza de manera equilibrada procura que el progreso material vaya acompañado del progreso educativo, cultural y cívico.
Tal vez el verdadero desafío dominicano no sea eliminar los contrastes —algo imposible— sino aprender a armonizarlos: que el crecimiento económico camine junto al fortalecimiento institucional, que el consumo no sustituya al conocimiento y que la modernidad tecnológica no eclipse la formación humana.
Solo entonces esos contrastes dejarán de ser paradojas y se convertirán en señales de un país que madura.
Luis González Fabra
Luis González Fabra