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La feria agropecuaria y la productividad del campo dominicano

El Cibao como modelo de transformación agrícola

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La feria agropecuaria y la productividad del campo dominicano
La feria como señal de organización institucional. (FUENTE EXTERNA)

Hay momentos en los que un país debe mirarse no desde lo que produce, sino desde lo que es capaz de organizar. La Feria Agropecuaria Nacional es uno de esos momentos. No es únicamente una exposición de bienes, animales o tradiciones; es, en esencia, un espejo del tipo de economía que estamos construyendo y, sobre todo, del tipo de Estado que estamos siendo capaces de sostener.

La feria, organizada por el patronato liderado por el José Manuel Mayén y gestionada por Alfredo Ríos junto a su equipo técnico, representa un esfuerzo que va más allá de la logística. Es una expresión concreta de articulación institucional, de coordinación entre actores y de construcción de confianza. Y en una economía moderna, la confianza —como bien público— es tan importante como la producción misma. Porque la pregunta de fondo ya no es cuánto produce el campo dominicano, sino cuánto valor es capaz de generar, capturar y sostener en el tiempo.

La agropecuaria dominicana ha demostrado resiliencia. En medio de choques globales —inflación, disrupciones logísticas, tensiones geopolíticas— ha garantizado el abastecimiento nacional y ha sostenido su aporte económico. Según el Banco Central de la República Dominicana, el sector representa entre 5 % y 6 % del PIB y cerca del 14 % del empleo. Sin embargo, estos datos, aunque positivos, encierran una advertencia silenciosa: el límite del crecimiento extensivo ya fue alcanzado. El desafío ahora es la productividad. Y la productividad, en términos de Estado, no es una variable técnica; es una decisión política.

Se expresa en ejemplos concretos. El caso del Grupo Rica, bajo la conducción de la familia familia Brache, demuestra que cuando una cadena productiva se organiza —desde el productor hasta el consumidor— el resultado no es solo eficiencia, sino estabilidad, calidad y generación de confianza en el mercado. Rica no compra leche: estructura un sistema.

En esa misma lógica, el liderazgo de Erick Rivero ha sido clave para consolidar el sector ganadero como un espacio de productividad creciente. La producción nacional supera los 900 millones de litros de leche anuales, generando una cadena económica estimada en más de RD$25,000 millones y miles de empleos directos e indirectos. Ese dato no es menor: muestra que cuando el campo se organiza, deja de ser subsistencia y se convierte en economía. Pero quizás el caso más profundo —y más revelador— es el del tabaco.

La experiencia del Instituto del Tabaco de la República Dominicana, bajo la dirección de Iván Hernández, confirma que el Estado, cuando funciona, no sustituye al productor: lo potencia. Lo acompaña, lo organiza y lo conecta con mercados globales. Y ahí emerge una de las lecciones más importantes de la economía dominicana contemporánea: la productividad no es privada ni pública; es el resultado de su articulación.

El tabaco, además, introduce una dimensión que suele ignorarse en el análisis económico: la dimensión sociológica del desarrollo.

Con exportaciones que superan los US$1,300 millones anuales, el tabaco es uno de los principales productos del país. Pero su verdadero valor no está solo en las cifras. Está en su forma de producción. Es un cultivo familiar, transmitido entre generaciones, que organiza comunidades enteras en el Cibao. En cada hoja hay conocimiento, cultura y disciplina productiva. Lo que hoy el mundo denomina terroir, la República Dominicana lo ha vivido durante siglos. Y ahí reside una ventaja competitiva que no se puede importar ni replicar fácilmente.

En un mundo donde los mercados demandan trazabilidad, identidad y autenticidad, los productos con historia tienen más valor. El tabaco dominicano lo confirma. Pero también interpela: ¿por qué ese modelo no se ha extendido con la misma fuerza a otros rubros? La respuesta vuelve, inevitablemente, a la productividad.

Productividad es organización. Es integración. Es capacidad de capturar valor. Es pasar de vender materia prima a vender identidad, calidad y diferenciación. Es, en términos más amplios, la base sobre la cual se construye el bienestar. Y aquí el Cibao aparece no solo como región productiva, sino como modelo posible de país.

Por su diversidad climática, su cultura agrícola, su experiencia exportadora y su tejido social, el Cibao tiene las condiciones para liderar la transformación del campo dominicano. Pero ese liderazgo no ocurre por inercia. Requiere dirección, coordinación y un Estado que funcione como sistema, no como suma de instituciones.

La Feria Agropecuaria, vista desde esta perspectiva, deja de ser un evento. Se convierte en una señal. En un punto de inflexión. En una oportunidad para pasar de una economía que produce a una economía que organiza.

Porque al final, y esta es quizás la lección más importante, los países no se desarrollan por lo que producen, sino por la capacidad que tienen de organizar lo que producen en valor, bienestar y futuro compartido. Por tanto, se puede concluir que la productividad no es producir más; es organizar mejor lo que ya somos capaces de producir.

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Defensor del Pueblo de la República Dominicana.