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Día Jueves, 19 de Febrero de 2026 Edición 7251.
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Bien sencillo, dirían algunos...

La meta: que tu hijo con autismo pueda comprender el mundo

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Bien sencillo, dirían algunos...
Este Día Mundial del Autismo me encuentra con diez años de camino recorrido. (TANIA POLANCO)

Mi hijo, que ya está por cumplir 13 años, habla, pero no conversa. Habla de lo que le interesa, de lo que lo habita. No puede, por ejemplo, contarme qué hizo en la escuela. Cuando se lo pregunto, parece ausente, como si estuviera en otra frecuencia. Tengo que insistir, pedirle turno a su atención, entrar —con cuidado— en ese espacio que él abre solo cuando decide.

Este Día Mundial del Autismo me encuentra con diez años de camino recorrido. Una década de subidas y bajadas, de avances que iluminan y retrocesos que duelen. Y con una preocupación que compartimos todos los padres: encontrar la manera de que nuestros hijos aprendan a comprender el mundo, para que el mundo no se aproveche de ellos.

Que aprendan a leer a las personas.

A descifrar no solo lo que se dice, sino lo que se hace.

A distinguir entre quien da frutos y quien hiere con espinas.

A reconocer la empatía verdadera y también el egoísmo disfrazado.

A notar la frialdad, el desinterés, pero también la mano que sostiene.

Que tengan —como un lince— una mirada capaz de atravesar las apariencias, que son tantas.

Que entiendan las insinuaciones, las medias verdades, los dobleces del lenguaje. Y que, desde la perseverancia que han visto en nosotros —madres y padres que no nos rendimos—, aprendan a saltar barreras, a resistir arbitrariedades y, sobre todo, a restarle peso a quienes juzgan sin comprender. A quienes señalan sin haber vivido un solo día en sus zapatos... ni en los nuestros.

Pero más allá de los avances de Eduardo, de sus cinco terapias, de las citas médicas, de la rutina exigente que impone su baja tolerancia y su dificultad para seguir instrucciones, hay una pregunta que nunca se apaga.

Miro a mi hijo... y pienso en el futuro.

¿Será capaz de vivir de forma independiente?

¿Irá a la universidad?

¿Tendrá que enfrentar rechazo o discriminación?

¿Seguirá necesitando apoyo cuando yo ya no esté?

Ese es el peso silencioso que cargamos miles de padres.

Porque el autismo llegó sin avisar. Como un intruso. Se instaló en la casa sin pedir permiso, muchas veces desde la oscuridad, sin nombre al principio, imponiendo el grito o el silencio. Y desde entonces es una batalla diaria: una prueba constante de paciencia, de fuerza, de fe.

"Bien sencillo", dirían algunos.

Que tu hijo con autismo comprenda el mundo.

A mí me parece una tarea inmensa.

Pero también sé esto: ya hemos escalado muchas montañas. Y cada vez que alcanzamos una cima, siempre —siempre— hay un amanecer esperándonos.

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