Tres aguaceros y el mismo desastre ¿cuántos más?
Las lecciones no aprendidas entre noviembre de 2022 y abril de 2026

En Santo Domingo, las inundaciones ya no son eventos aislados, sino síntomas repetidos de un mismo problema de carácter estructural. Los episodios del 4 de noviembre de 2022, 18 de noviembre de 2023 y ahora el 8 de abril de 2026 dibujan una línea clara: llueve más, sí, pero cada vez más la ciudad drena peor.
El 4 de noviembre de 2022 fue la primera gran alerta contemporánea. En pocas horas cayeron hasta 267 milímetros de lluvia, suficiente para colapsar una red de drenaje diseñada para manejar mucho menos volumen en periodos cortos.
Ese día, una onda tropical interactuó con una vaguada en niveles medios y altos, generando lluvias continuas, tormentas eléctricas y acumulados excepcionales. Las calles se convirtieron en ríos y gran parte de la ciudad quedó anegada.
En esos eventos, la intensidad de los aguaceros hizo combinación perfecta con la incapacidad de la ciudad para evacuar el agua que caía de manera torrencial.
Repetición de eventos extremos
Un año y 14 días después, el 18 de noviembre de 2023, la historia se repitió con mayor crudeza. La interacción de una vaguada con el potencial ciclón tropical número 22 aportó un flujo persistente de humedad desde el Caribe, provocando 431 milímetros de lluvia en 24 horas, el mayor registro histórico.
El saldo fue devastador: alrededor de 30 fallecidos, 21 confirmados oficialmente y otros reportados por medios nacionales; miles de desplazados y fallas estructurales expuestas.
Derrumbes, inundaciones masivas y colapsos de infraestructuras evidenciaron que la experiencia de 2022 dejó pocos aprendizajes.
Ambos eventos comparten como patrón una atmósfera altamente cargada de humedad combinada con condiciones de inestabilidad que favorecen el rápido desarrollo de nubes convectivas de gran altura, capaces de descargar volúmenes extremos de agua en poco tiempo.
Causas de las inundaciones
¿Culpa de qué o de quién? En un clima más cálido, advierten especialistas, estos procesos se intensifican, aumentando la probabilidad de lluvias intensas en periodos breves.
Pero los expertos son enfáticos en que el problema no es solo meteorológico. Ingenieros e hidrólogos urbanos coinciden en tres fallas estructurales persistentes: drenaje pluvial insuficiente, ocupación de cañadas y crecimiento urbano desordenado.
A esto se suma el deterioro de sistemas de alcantarillado con décadas de uso, muchos colapsados u obstruidos por desechos sólidos, incapaces de responder a eventos extremos.
Muchas zonas que hoy están urbanizadas eran naturalmente áreas de drenaje, como cañadas, humedales o terrenos bajos diseñados por la propia geografía para canalizar el agua. Al construir viviendas, calles y comercios sobre esos espacios sin obras hidráulicas adecuadas, se bloqueó el curso natural del agua.
No se puede obviar un dato crucial para entender el problema. Y es que la ciudad se expandió más rápido que su infraestructura. Se levantaron barrios enteros sin que existiera previamente un sistema de drenaje pluvial dimensionado para esa densidad poblacional. Es decir, se construyó primero y se pensó después.
Igualmente, muchos sistemas de alcantarillado fueron concebidos hace décadas, cuando la población, el asfalto y la impermeabilización del suelo eran mucho menores. Hoy, con más concreto y menos absorción natural, el agua corre más rápido hacia drenajes que ya están sobrecargados.
Agreguemos a estos factores la falta de mantenimiento y gestión. No basta con tener drenajes, si éstos están obstruidos por basura o sedimentos, dejan de funcionar. Aquí entra también la debilidad institucional en limpieza, supervisión y sanción.
Futuro incierto
Las ciudades modernas diseñan sus sistemas considerando eventos extremos cada vez más frecuentes por el cambio climático. En Santo Domingo, esa adaptación ha sido lenta o insuficiente.
Así las cosas, lo ocurrido este 8 de abril no es, entonces, ninguna sorpresa. Es la confirmación de una tendencia peligrosa de eventos meteorológicos cada vez más intensos impactando una infraestructura cada vez más obsoleta.
El problema de fondo no es solo cuánto llueve, sino que el agua no tiene por dónde correr. Mientras no se modernice el sistema de drenaje, se recuperen los cauces naturales y se ordene el territorio, cada aguacero extraordinario seguirá convirtiéndose en desastre.
Entonces, ¿la ciudad se inunda por la lluvia o por falta de planificación?

Oscar Quezada
Oscar Quezada