Cuando el territorio entró al aula (Clase 28)
El territorio es memoria, sustento, límite, identidad, agua, alimento, paisaje, conflicto y poder

Hay clases que uno prepara como una lección y terminan revelándose como una conversación sobre el país. Eso sentí en la clase 28 de Constitución Viva para Todos y Todas, realizada en el Centro Educativo Aníbal Ponce. A primera vista, era una jornada más dentro del calendario docente: una hora de trabajo, una secuencia ordenada, unos artículos constitucionales, un recurso audiovisual y una dinámica grupal. Pero bastó escuchar las primeras intervenciones, ver la atención de los estudiantes y sentir la manera en que el aula iba tomando temperatura cívica, para entender que allí estaba ocurriendo algo mayor. No estábamos hablando solamente de recursos naturales, de agua, de áreas protegidas o de propiedad. Estábamos hablando, en el fondo, de una pregunta más exigente: cómo aprende una sociedad a vivir sin destruir la casa común que la sostiene.

La agenda de la clase lo expresaba con precisión: "Conflictos territoriales y justicia ambiental desde la ciudadanía". La ruta pedagógica incluía la lectura común de los artículos 14, 15, 16 y 51 de la Constitución, un momento de reflexión a partir de Avatar y una actividad final titulada Territorios en disputa: trazando derechos. Pero lo más interesante no fue la secuencia en sí, sino el modo en que esa secuencia permitió que los estudiantes descubrieran que detrás de cada pedazo de tierra, de cada río, de cada zona protegida y de cada discusión sobre propiedad, hay una definición de justicia.
Porque el territorio nunca es solo territorio. El territorio es memoria, sustento, límite, identidad, agua, alimento, paisaje, conflicto y poder. Allí donde hay suelo fértil, hay economía. Allí donde hay agua, hay vida. Allí donde hay bosque, hay equilibrio. Allí donde hay recursos naturales, hay disputa. Y allí donde aparece la disputa, aparece también una de las preguntas más delicadas de toda democracia: cómo armonizar derechos legítimos sin sacrificar el interés colectivo. Esa tarde, en ese salón, la Constitución dejó de ser para los estudiantes un texto distante y empezó a presentarse como una brújula para pensar tensiones reales del país.

Durante mucho tiempo hemos enseñado la Constitución como si perteneciera únicamente a los tribunales, a los juristas o a la solemnidad institucional. Y, sin embargo, cuando se la lleva al aula con inteligencia, se descubre algo elemental: la Constitución también sirve para leer el territorio. Sirve para entender que los recursos naturales no son una mercancía sin contexto. Sirve para comprender que el agua no es solo un bien económico, sino una condición de vida. Sirve para recordar que las áreas protegidas no representan un lujo romántico, sino una decisión de supervivencia colectiva. Y sirve, también, para afirmar que el derecho de propiedad, siendo valioso y necesario, no puede pensarse como un poder absoluto desconectado del bien común.
Lo más valioso de la jornada fue que los estudiantes no respondieron como quien memoriza, sino como quien empieza a construir criterio. Allí no hubo una repetición pasiva de conceptos. Hubo preguntas. Hubo matices. Hubo esa forma todavía inicial, pero ya visible, de la conciencia cívica. Algunos comprendían que no todo proyecto que se presenta como desarrollo merece ese nombre. Otros advertían que no toda defensa del ambiente puede hacerse ignorando a las personas que habitan un territorio. Otros empezaban a percibir que, cuando chocan el interés privado y el interés colectivo, la solución no está en el grito ni en la simplificación, sino en la deliberación responsable. Y justamente allí radica la grandeza de una clase así: en enseñar a pensar sin fanatismo, pero también sin indiferencia.
La elección de Avatar como detonante narrativo fue, en ese sentido, más inteligente de lo que podría parecer a simple vista. A veces una película le permite a un joven sentir en pocos minutos la profundidad de un conflicto que una exposición abstracta no lograría transmitir con la misma fuerza. En esa historia de despojo, defensa, codicia, pertenencia y resistencia, el territorio aparece como algo más que una superficie explotable: aparece como un espacio vivo, vinculado a la dignidad de quienes lo habitan. Y desde ahí resulta más fácil volver al texto constitucional y comprender que la justicia ambiental no es una consigna de especialistas, sino una forma concreta de proteger la vida en común.
Lo que ocurrió en el aula, en realidad, dice mucho sobre el país que necesitamos. La República Dominicana no solo requiere mejores leyes, mejores presupuestos o mejores instituciones. Requiere, además, una ciudadanía capaz de entender que la convivencia democrática no se juega únicamente en las urnas, en los partidos o en los grandes debates nacionales. También se juega en la manera en que miramos la tierra, en cómo defendemos el agua, en cómo entendemos la propiedad y en la disposición que tengamos para reconocer que ningún derecho florece de verdad cuando se ejerce a costa de destruir lo que pertenece a todos.
Por eso insisto en que llevar la Constitución al aula pública es una tarea más profunda de lo que a veces se supone. No se trata solo de enseñar artículos. Se trata de formar una sensibilidad republicana. Se trata de ayudar a los jóvenes a descubrir que la ciudadanía comienza mucho antes de la mayoría de edad: comienza cuando alguien entiende que sus decisiones tienen consecuencias colectivas; cuando advierte que lo común merece cuidado; cuando aprende que el desarrollo sin límites puede convertirse en una forma elegante de ruina; y cuando comprende que la libertad, para ser verdadera, necesita convivir con la responsabilidad.
Al salir de aquella clase pensé que el aula había logrado algo que el país necesita con urgencia: enseñar a mirar el territorio con conciencia constitucional. No como un mapa mudo, no como una suma de parcelas desconectadas, no como una reserva inagotable al servicio del más fuerte, sino como una herencia compartida que exige inteligencia, límites y sentido de justicia. Tal vez esa sea una de las misiones más nobles de esta bitácora: mostrar que, en medio de computadoras, cuadernos, preguntas adolescentes y películas que abren puertas inesperadas, también puede formarse una generación capaz de leer la República con más profundidad que muchos adultos.
Y eso, al final, no es poca cosa. Porque cuando un estudiante entiende que un río no es solo agua, que una montaña no es solo paisaje, que una propiedad no es solo posesión y que un territorio no es solo superficie, entonces empieza a nacer algo más grande que una opinión escolar. Empieza a nacer una idea de país. Y un país que logra sembrar esa conciencia en sus aulas está haciendo algo más que educar: está aprendiendo, por fin, a merecer su propia tierra.




Pablo Ulloa