La comunicación que nos está consumiendo
El peligro de normalizar el ataque personal en las plataformas digitales

En los últimos años, la conversación pública en la República Dominicana ha sufrido una transformación profunda y preocupante. Lo que antes era un espacio, con sus defectos, para el debate, la crítica y la información, ha sido progresivamente sustituido por una dinámica dominada por el chisme, la calumnia, la ofensa y el escarnio público. No se trata de una percepción aislada: es una realidad cada vez más evidente en redes sociales, plataformas digitales y, en ocasiones, incluso en medios tradicionales.
La pregunta obligada es: ¿esto es un fenómeno exclusivamente dominicano? La respuesta, desde una mirada sociológica y global, es no. Estamos ante una crisis mundial de la comunicación.
Diversos estudios en psicología y ciencias sociales han demostrado que los algoritmos de las plataformas digitales tienden a favorecer el contenido emocionalmente intenso: indignación, conflicto, morbo. Este tipo de contenido genera más interacción, más tiempo de permanencia y, en consecuencia, mayores ingresos para las plataformas. En ese contexto, lo negativo no solo se difunde más rápido, sino que se premia.
Lo que ocurre en nuestro país es, en esencia, una expresión local de un fenómeno global: la radicalización del discurso público. Sin embargo, en sociedades como la nuestra, con instituciones aún en proceso de consolidación y una cultura mediática en transición, los efectos pueden ser más intensos y dañinos.
Desde la psicología, este tipo de comunicación tiene consecuencias claras. La exposición constante a mensajes negativos genera ansiedad, desconfianza social y una percepción distorsionada de la realidad. Cuando todo parece corrupción, traición o escándalo, el ciudadano pierde la capacidad de distinguir entre lo importante y lo trivial. Se instala una cultura del cinismo.
Desde la sociología, el problema es aún más profundo: se erosiona el tejido social. La comunicación deja de ser un puente para convertirse en un arma. Se normaliza el ataque personal, se banaliza la reputación y se pierde el respeto como valor colectivo. Una sociedad que se acostumbra a destruir a sus propios miembros, difícilmente puede construir proyectos comunes.
Y desde la antropología, estamos frente a un cambio cultural. Las nuevas generaciones están creciendo en un entorno donde la viralidad importa más que la verdad, donde la exposición vale más que la integridad, y donde el reconocimiento social se mide en clics y reacciones, no en méritos reales.
Si comparamos con el pasado, la diferencia no está en la existencia del chisme o la crítica, que siempre han estado presentes, sino en su escala, velocidad e impacto. Antes, el rumor tenía un alcance limitado; hoy puede destruir reputaciones en cuestión de horas. Antes, la crítica tenía filtros; hoy cualquiera puede amplificar cualquier contenido sin consecuencias claras.
Esto nos lleva a una preocupación central: ¿qué tipo de ciudadanos estamos formando? Si una generación crece consumiendo contenido basado en la burla, la difamación y la confrontación, es probable que reproduzca esos mismos patrones en su vida personal, profesional y política.
Ante este panorama, no basta con lamentarnos. Se requieren acciones concretas.
Como sociedad, debemos recuperar el valor de la responsabilidad en la comunicación. No todo lo que puede decirse debe decirse, y no todo lo que se comparte es inocuo. La educación, formal e informal, debe incorporar la alfabetización digital y emocional: enseñar a discernir, a verificar, a debatir sin destruir.
Como país, es necesario abrir un debate serio sobre los límites de la libertad de expresión frente a la protección del honor, la dignidad y la convivencia social. No se trata de censurar, sino de establecer reglas claras y justas en un entorno que ha cambiado radicalmente.
Los medios de comunicación también tienen una responsabilidad ineludible. Deben resistir la tentación de competir en el terreno de lo superficial y lo dañino, y reafirmar su rol como garantes de información veraz, equilibrada y constructiva.
Y finalmente, cada ciudadano tiene un papel. Cada vez que compartimos contenido, estamos contribuyendo a definir el tipo de sociedad en la que vivimos.
La comunicación no es solo un reflejo de la sociedad; es una herramienta que la moldea. Si permitimos que se degrade, terminaremos degradándonos como nación.
La pregunta no es si estamos a tiempo de cambiar. La verdadera pregunta es si estamos dispuestos a hacerlo.

Rafael Barón Duluc
Rafael Barón Duluc