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Evaluación del desempeño en el Minerd: el examen que reprobó al examinador

El problema no fue el ancho de banda: fue la estrechez con que se planificó todo

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Evaluación del desempeño en el Minerd: el examen que reprobó al examinador
Cuando el sistema falla y el maestro paga las consecuencias. (FUENTE EXTERNA)

Lo confieso: llevo días dándole vueltas a lo ocurrido aquel lunes y aún no consigo quitármelo de encima. Miles de maestros dominicanos frente a pantallas que no respondían, una evaluación solemnemente anunciada y, al primer empujón, el desplome. En un centro del que supe de primera mano, de cuarenta computadoras habilitadas, treinta y cinco estaban "frizadas" antes de media mañana. Para el mediodía, las incidencias brotaban por todo el país como esas alertas que se dejan acumular en la bandeja de entrada hasta que, al abrirlas juntas, ya es tarde. La Evaluación de Desempeño Docente, convocada a ser un examen de conciencia del sistema, terminó por examinarse a sí misma. Y reprobó.

Una falla de arquitectura, no un accidente

Digámoslo sin rodeos. El colapso de la plataforma convocada para medir a cerca  de ciento treinta mil maestros no fue un percance fortuito: fue la bitácora de errores que venía guardándose en silencio desde hacía rato. Y uno no puede dejar de preguntarse cómo es posible que, en este mismo país, servidores dedicados al entretenimiento carguen millones de conexiones sin inmutarse, mientras los del Estado se rinden ante su propia clientela.

El problema no fue el ancho de banda: fue la estrechez con que se planificó todo. Cualquiera que haya transitado los rudimentos de la ingeniería de sistemas —y aquí me detengo sin alarde— sabe que escalar una aplicación crítica exige pruebas de carga, redundancia, planes de contingencia. Nada de eso se hizo con la seriedad del caso. Ahí está el resultado: una humillación pública del órgano rector justo el día en que debía mostrar músculo técnico.

La rúbrica que nadie ha visto

A mí, francamente, me inquieta más lo otro. Esa rúbrica construida sobre estándares ministeriales que, según las bases del magisterio, "no la conoce nadie".

Los propios técnicos encargados del acompañamiento han tenido que formarse con instrumentos paralelos, firmando papeles de confidencialidad para manejar lo que debería circular abiertamente como patrimonio pedagógico del gremio. Hay aquí una paradoja didáctica de libro de texto: el Ministerio predica —y con razón— que al estudiante se le debe comunicar con antelación qué se le mide y cómo se le mide, pero al maestro lo sienta ante una prueba cuyo mapa permanece bajo llave. Un ejercicio formativo convertido en cacería, y el evaluado en presa. En cualquier facultad seria, semejante proceder bastaría para sonrojar al más curtido.

El reseteo de los diligentes

Y como si lo anterior fuera poco, vino la decisión más desconcertante: ante la generalización del fallo, resetearon el proceso para todos, incluidos quienes ya lo habían completado con éxito. Esa es la lógica del salomón apresurado, que reparte ceros porque no sabe repartir justicia. Se castiga al diligente y, sin quererlo, se premia al sistema que falló. Desde la prevención de riesgos laborales —y en esto insisto porque es oficio que uno carga encima— cada evento crítico pide un análisis que impida su repetición. Apagar las pantallas no es apagar el incendio: el humo desaparece del campo visual, pero la brasa sigue ardiendo debajo de las tablas.

Buscando el chivo con toga pedagógica

Circula, además, una narrativa de baja estofa: endosarle al maestro la factura del desorden. Que si la educación no avanza es por la calidad del docente, mientras se disimulan los problemas verdaderos: la gestión opaca del cuatro por ciento del PIB, la precariedad logística, la ausencia —repito, la ausencia— de una rúbrica pública. Conviene recordar, y aquí el derecho administrativo es claro como el agua de manantial, que la responsabilidad del ente público no se transfiere; se asume. Pretender que el docente cargue con las fallas del servidor es, en términos jurídicos, una confusión de sujetos. En términos éticos, una deslealtad. Y en términos financieros —permítaseme el aparte—, una manera discreta de esconder, bajo la alfombra del aula, los costos de una administración que no supo planificar.

El veredicto verdadero

La Evaluación de Desempeño no cabe en un examen final fugaz y puntual, porque la docencia no es un acto: es una trayectoria. Juzgar al maestro por un lunes estropeado es tan injusto como condenar al abogado por la audiencia que el tribunal suspendió, o al auditor por el día en que cayó el sistema contable.

Lo que este episodio revela no es la incapacidad del magisterio dominicano —nada más lejos en este caso— sino la urgencia de un pacto serio de transparencia: rúbricas publicadas, pruebas de carga certificadas, remuneraciones claras para los acompañantes y respeto monástico por el tiempo ajeno. Al final, la pantalla congelada hace de espejo. En ella no se refleja solo el rostro del maestro que aguardaba: se refleja también el de una administración que pidió ser examinada y, al primer clic, descubrió que no tenía las respuestas. Hasta que no se limpie ese espejo, seguiremos confundiendo el fallo con el sistema, y el sistema con el usuario que lo padece.

TEMAS -

Doctor en educación, docente e investigador universitario. Experto en finanzas, tecnología y prevención de riesgos laborales. Abogado.