Una mirada a la felicidad
Si te he visto pasar es que existes, y de infinitas formas te he sentido

Intentar definir la felicidad es, en el fondo, un ejercicio estéril. Más que conceptualizarla, conviene reconocerla: aparece como una intuición casi imperceptible al presenciar algo que apenas logramos nombrar, pero que constituye, quizás, la forma más sencilla de aproximarnos a ella. No habita en tratados ni en fórmulas; se manifiesta en la experiencia viva de quien aprende a contemplar en silencio.
Pasa frente a nosotros con una frecuencia que rara vez advertimos. Se revela en lo simple: en un gesto de afecto, en la belleza discreta de la naturaleza, en la inocencia que aún no ha sido tocada por el mundo. Sin embargo, el ser humano, distraído por la constante búsqueda de más, suele dejarla escapar sin reconocerla. Se le persigue como si fuera un destino lejano, cuando en realidad, muchas veces, ya está presente. Habita en la brisa suave de un amanecer, en la calidez del sol, en la serenidad del mar; también en el niño que camina acompañado únicamente de su inocencia.
Pero no es perfecta, y en ello reside una de sus verdades más profundas. La idea de una felicidad absoluta y permanente es, quizás, la más difusa de las ilusiones. La felicidad real es intermitente, frágil y, a veces, contradictoria; convive con las lágrimas, con los sueños rotos y con las oportunidades perdidas. No los niega, los asume como parte inevitable de su propia naturaleza. Y es precisamente en ese contraste donde adquiere su valor, porque solo se aprecia plenamente aquello que puede ausentarse.
A lo largo de los siglos, la filosofía ha intentado definirla como estado del alma, como fruto de la virtud o como placer administrado con prudencia. Sin embargo, todas estas aproximaciones parecen omitir un elemento esencial: la felicidad no es un fenómeno exclusivamente individual. El ser humano es, por naturaleza, un ser en relación, y su plenitud está profundamente ligada a los vínculos que construye: el amor, la amistad, la familia, la comunidad.
Existe en su esencia una paradoja: la felicidad se multiplica cuando se comparte y se empobrece cuando se acumula. Quien intenta retenerla solo para sí termina por perderla; quien la ofrece descubre que regresa, no como recompensa, sino como consecuencia natural de haber vivido en apertura hacia los demás.
Por ello, la felicidad no puede erigirse como el objetivo supremo de un individuo aislado. En su forma más elevada, es una construcción compartida: un proyecto que se teje con buena voluntad, esfuerzo común y la capacidad de celebrar la alegría ajena como propia. Un mundo donde cada uno persigue únicamente su felicidad es un mundo de soledades; uno donde se procura también la del otro es, sencillamente, un mundo mejor.
La felicidad, entonces, no es una conquista ni un lugar al que se llega. Es una forma de vivir que se revela en la manera en que habitamos cada instante. Porque, con el tiempo, uno termina comprendiendo que la felicidad no guarda relación con lo que se posee, sino con la forma en que se mira la vida, se acoge lo que llega y se comparte lo que, sin advertirlo, nos ha sido dado.
¹ Reyes Abreu, Luis A. «La felicidad». Poema inédito, s.f.

Luis A. Reyes Abreu
Luis A. Reyes Abreu