El cacao de Hato Mayor y el valor de la confianza
La experiencia organizativa de CONACADO en Hato Mayor

Hay cultivos que se siembran. Y hay cultivos que, cuando se organizan bien, terminan enseñándole al país cómo se construye desarrollo. El cacao pertenece a esta segunda categoría. En Hato Mayor, esa lección se vuelve especialmente visible, no solo por la calidad del producto, sino por la forma en que producción, organización, certificación y mercado se articulan en una misma estructura económica. Allí no estamos simplemente ante un rubro agrícola; estamos ante un sistema.
La experiencia vivida en la provincia, junto a Bernardo Jiménez, gerente regional de la Confederación Nacional de Cacaocultores Dominicanos (CONACADO), permite entender que el verdadero valor del cacao no empieza en el mercado internacional, sino en la manera en que el productor se inserta en una red que integra acopio, manejo poscosecha, trazabilidad, certificación, fijación de precios y acceso a comercio justo. Eso cambia completamente la lógica del campo. Porque la productividad deja de depender únicamente del esfuerzo individual y empieza a depender de la capacidad de organización colectiva.
El contexto nacional confirma la relevancia del tema. La agricultura dominicana creció 5.4 % en 2025 y el valor agregado agropecuario aumentó 3.7 %, mientras el cacao cerró uno de sus ciclos más favorables. En la campaña 2024–2025, la República Dominicana exportó 77,453.6 toneladas métricas por US$692.5 millones, con un aumento de 25 % en valor respecto al ciclo anterior. Ese dato, por sí solo, demuestra que el cacao ya no puede ser leído como un cultivo secundario del campo dominicano. Es un activo exportador de peso, con capacidad de generar divisas, sostener empleo rural y conectar al país con mercados de alto valor.
Pero lo verdaderamente importante no es el dato nacional. Es cómo ese valor aterriza en el territorio.
CONACADO agrupa alrededor de 10,000 pequeños productores y cerca de 1,400 están en Hato Mayor. Esa proporción convierte a la provincia en uno de los núcleos más importantes del sistema cooperativo cacaotero dominicano. Y eso importa porque cuando un territorio reúne una masa crítica de productores dentro de una misma estructura organizativa, la productividad deja de ser un asunto disperso y se convierte en una conversación territorial. Ya no se trata solo de cada parcela. Se trata del sistema que articula a todas.
Ahí aparece uno de los datos más reveladores de toda esta experiencia. En Hato Mayor se ha planteado una meta de elevar la productividad de muchos productores de 60 a 300 libras por tarea. Ese salto no es menor. Es la prueba más clara de que el gran límite del cacao dominicano no está en la tierra ni en el clima, sino en la organización técnica, comercial y asociativa del productor. Cuando un agricultor entra en una estructura que le da acompañamiento, criterios de calidad, capacidad de acopio, acceso a certificación y mercado asegurado, la diferencia entre subsistencia y competitividad comienza a hacerse visible.
Y aquí entra el concepto central que muchas veces se menciona sin desarrollarlo con la profundidad que merece: el comercio justo.
En el cacao, el comercio justo y las certificaciones auditadas no son un sello decorativo. Son parte central del valor económico del producto. Lo que se paga no es únicamente el grano, sino el sistema que lo respalda. Cuando una cooperativa como CONACADO opera con esquemas certificados y auditados, el mercado reconoce algo más que calidad física: reconoce trazabilidad, cumplimiento social, sostenibilidad, disciplina organizativa y gobernanza productiva. Por eso el cacao certificado accede a mejores precios, primas diferenciadas y mercados más exigentes.
Las imágenes del mural de precios en Hato Mayor lo muestran con claridad. Allí no solo se informa el precio del día; se presenta un sistema de fijación de precios para producto certificado, vinculado a esquemas como Fairtrade y Fair for Life, además de diferenciar entre cacao certificado y no certificado. Eso quiere decir que el mercado no está pagando solo el fruto, sino el estándar auditado que acompaña ese fruto. En términos económicos, la certificación convierte la confianza en valor. En términos territoriales, convierte la organización de los productores en competitividad real.
Esa es la diferencia crucial. Un grano sin certificación puede venderse. Pero un grano certificado y auditado se inserta en otra liga de mercado. Puede acceder a compradores más estables, a mejores primas, a reglas más claras y a una relación comercial donde la reputación cuenta. Y en una economía global donde los consumidores valoran cada vez más la sostenibilidad, la transparencia y el origen, esa reputación vale dinero.
Pero esa competitividad también tiene amenazas concretas. Una de ellas es el riesgo de perder la condición orgánica por el uso de productos incompatibles con las normas exigidas internacionalmente. El caso del 2,4-D ha sido señalado como un tema sensible, precisamente porque el uso de este tipo de insumos en actividades vecinas puede comprometer la certificación orgánica del cacao y, con ella, el acceso a mercados premium. Eso significa que la competitividad del cacao ya no depende solo del productor individual. Depende también de la coordinación territorial, de las prácticas agrícolas del entorno y de una política pública que entienda que proteger la certificación es proteger el valor.
Por eso la productividad en el cacao no debe definirse solo como más libras por tarea. Debe entenderse como una ecuación más completa: rendimiento, calidad, trazabilidad, certificación y acceso a mercado. Esa es la razón por la cual el modelo de Hato Mayor tiene tanta fuerza. Porque demuestra que la productividad también puede construirse socialmente. Puede nacer de la cooperación. Puede sostenerse desde el pequeño productor. Puede convertirse en valor sin renunciar al territorio.
Y, sin embargo, la reflexión final tiene que ser todavía más exigente.
La República Dominicana produce uno de los mejores cacaos del mundo. Tiene clima, suelo, conocimiento, pequeños productores organizados, comercio justo, certificación, reputación internacional y una base exportadora consolidada. Pero todavía no logra convertir toda esa fortaleza en el mismo liderazgo dentro del chocolate terminado. Ahí está la gran pregunta nacional.
Porque el mejor cacao puede ser dominicano y no el mejor chocolate.
Y eso obliga a pensar más alto. Obliga a pasar del grano a la transformación, de la exportación primaria a la captura de mayor valor, de la excelencia agrícola a la sofisticación industrial. Tenemos calidad, historia, territorio, certificación, organización y mercado. Tenemos, en realidad, casi todo.
Tenemos todo para competir con Suiza. ¿Por qué el mejor cacao es dominicano? Entonces ¿Por qué el mejor chocolate no puede ser de aquí?

Pablo Ulloa