El futuro no se espera, se construye
Cómo cruzar el puente tecnológico sin dejar a nadie atrás

Siempre he creído que el mayor activo de la República Dominicana no está solamente en su ubicación, sus playas, sus montañas o en la fuerza de su economía. Nuestro mayor activo es la gente. Esa capacidad de aprender, trabajar, emprender y volver a empezar, aun cuando las circunstancias parezcan difíciles.
Durante décadas, nuestro crecimiento se ha sostenido en la infraestructura, el turismo, el comercio, la construcción, las zonas francas, los puertos, los aeropuertos y los servicios. Hemos construido un país que crece, atrae inversión y hoy es respetado en la región. Pero cada época trae sus interrogantes. Y la de este tiempo es clara: ¿cómo vamos a cruzar el puente hacia la era de la inteligencia artificial sin dejar a nadie atrás?
La inteligencia artificial no es una moda ni una conversación exclusiva de técnicos o grandes empresas. Es una transformación profunda de la manera en que aprendemos, trabajamos, gobernamos, cuidamos la salud y organizamos nuestras ciudades. Por eso, el debate ya no es si esta revolución tecnológica llegará o no. Ya llegó. La verdadera pregunta es si sabremos ponerla al servicio del bienestar humano.
Muchas veces se presenta únicamente como una herramienta para aumentar productividad, reducir costos o automatizar procesos. Todo eso es importante. Un país necesita empresas modernas, industrias eficientes y emprendedores capaces de competir en un mundo digital. Pero estas tecnologías no pueden quedarse encerradas en las oficinas corporativas. Su mayor promesa está en ayudar a que el Estado sirva mejor.
Ese es uno de los grandes desafíos de nuestra generación. No basta con que el sector privado innove si la gestión pública se queda atrás. No basta con que una empresa mejore sus procesos si un ciudadano todavía pierde horas en trámites que podrían resolverse en minutos, si una madre espera demasiado por una cita médica o si una ciudad no utiliza datos para responder mejor a los problemas cotidianos.
Desde 2024, trabajamos junto a Bloomberg Philanthropies, a través del programa What Works Cities, fortaleciendo el uso de datos en la toma de decisiones y la creación de un portal de datos abiertos. Esto nos ha permitido mejorar sistemas, hacer más transparente la gestión y responder con mayor agilidad a la ciudadanía. Hoy avanzamos hacia una certificación internacional que reconoce a las ciudades que gobiernan con evidencias y resultados.
Hemos puesto a disposición de la ciudadanía un portal de datos y construido un inventario de información sobre los programas y proyectos desarrollados durante estos seis años de gestión. Ese esfuerzo permite evaluar resultados, tomar decisiones basadas en evidencia y dejar capacidades institucionales medibles y sostenibles para el futuro.
Bien utilizada, esta transformación tecnológica puede ayudarnos a pasar de un Estado reactivo a uno más preventivo y cercano. Puede contribuir a organizar mejor el tránsito, optimizar la recolección de residuos, orientar políticas sociales con más precisión y mejorar la atención ciudadana. La tecnología, cuando se integra correctamente, no sustituye el servicio público: puede hacerlo más eficiente y más humano.
El mundo ya avanza en esa dirección. Estonia entendió hace años que modernizar el Estado no era solo digitalizar trámites, era reorganizar la relación entre ciudadanos e instituciones alrededor de eficiencia y confianza pública. Singapur ha integrado estas herramientas dentro de una estrategia nacional vinculada a educación, salud, transporte y planificación urbana. En varias ciudades de Estados Unidos, los sistemas de atención ciudadana comienzan a utilizar IA para clasificar solicitudes y responder más rápido a las necesidades de la población.
No se trata de copiar modelos. Cada país tiene su realidad, sus capacidades y sus prioridades. Pero sí debemos entender una lección fundamental: la inteligencia artificial no es solamente una herramienta tecnológica; también es una herramienta de organización pública. Y cuando se utiliza con responsabilidad, puede ayudar a que el gobierno escuche mejor, responda mejor y planifique mejor.
En América Latina también hay experiencias que merecen atención. En El Salvador, el gobierno del presidente Nayib Bukele ha impulsado plataformas digitales de orientación médica permanente apoyadas en inteligencia artificial para facilitar consultas, seguimiento de pacientes y organización de servicios de salud. Pero dejan una enseñanza importante: la tecnología puede acercar servicios esenciales a las personas.
Ese debe ser también nuestro horizonte. Imaginar una República Dominicana donde una madre pueda recibir orientación médica oportuna desde su comunidad; donde un estudiante tenga acceso a herramientas modernas de aprendizaje; donde los ayuntamientos utilicen datos para mejorar servicios básicos y responder más rápido a los ciudadanos.
Pero ninguna estrategia tecnológica tendrá sentido si no aterriza en espacios concretos donde la gente pueda adquirir capacidades reales. Por eso, el corazón de esta transformación tiene que estar en la educación, la formación técnica y la inclusión.
Según proyecciones del Foro Económico Mundial, millones de empleos se transformarán en los próximos años como consecuencia de la automatización y las nuevas tecnologías, estimándose que casi la mitad de los trabajadores actuales necesitarán actualizar sus habilidades para adaptarse al nuevo mercado. La brecha del futuro no será solamente entre quienes tienen internet y quienes no. Será entre quienes sepan utilizar la tecnología para crear oportunidades y quienes queden rezagados frente a un mundo que cambia cada vez más rápido.
Pero toda transformación nacional termina siendo evaluada en algo mucho más simple: si llega o no a la vida cotidiana de la gente.
En Santo Domingo hemos aprendido que el futuro no se construye con discursos, sino con oportunidades concretas. Centro Futuro, en Cristo Rey, nació precisamente de esa convicción: llevar formación, herramientas y esperanza donde más se necesitan.
Más de 2400 jóvenes han sido certificados allí desde octubre de 2024 en áreas como inteligencia artificial, inglés, administración de proyectos, electricidad, costura, deportes electrónicos y otras competencias técnicas. Algunos han conseguido empleo, otros han iniciado emprendimientos y muchos ya se preparan para formar a nuevas personas. Cuando abrimos espacios de formación en comunidades que durante años han cargado con estigmas y limitaciones, no inauguramos solamente un edificio. Abrimos oportunidades reales de movilidad y dignidad.
La inteligencia artificial puede ayudarnos, pero no puede sustituir el juicio humano, la sensibilidad social ni la responsabilidad política. Un algoritmo puede ordenar datos, pero no comprender por sí solo las necesidades de una familia o las prioridades de una comunidad.
República Dominicana ya demostró que sabe crecer. Ahora debe demostrar que también sabe transformarse. Y esa transformación no puede medirse solamente en indicadores económicos, sino en oportunidades reales para la gente: jóvenes que aprenden, instituciones que responden mejor y ciudades más organizadas y humanas.
La tecnología, por sí sola, no garantiza el desarrollo. Lo que realmente definirá el futuro de nuestra nación será la capacidad de preparar a nuestra gente para aprovecharlo. Porque al final, el verdadero avance de un país no está en la sofisticación de sus herramientas, sino en la capacidad de convertirlas en bienestar, oportunidades y confianza para su gente.

Carolina Mejía