Jamao: el árbol que convirtió una cuenca en economía
Zapote, reforestación productiva y productividad territorial nacida del agua

Durante décadas, la República Dominicana ha discutido la productividad como si esta naciera únicamente de fábricas, puertos, carreteras, zonas francas, grandes inversiones urbanas o indicadores macroeconómicos que pocas veces explican la vida real de los territorios. Sin embargo, hay otra productividad, menos visible y quizá más profunda, que nace de la montaña, del agua, del suelo recuperado, de los pequeños productores organizados, de una cooperativa que convierte el crédito en herramienta de desarrollo, de un clúster que transforma agricultores dispersos en economía asociativa y de una zona franca que permite que una fruta tropical deje de ser perecedera para convertirse en producto industrial exportable. Jamao, entre Espaillat y Hermanas Mirabal, ofrece una de esas experiencias que obligan a mirar el desarrollo dominicano desde otro ángulo: allí, el zapote no fue solamente una fruta; fue una respuesta productiva a una crisis ambiental.
A finales de los años ochenta, la tumba de cafetales y la fragilidad de la cuenca del río Jamao abrieron una pregunta esencial: ¿cómo recuperar un territorio degradado sin condenar a sus familias a perder ingresos? La respuesta fue sembrar zapote. No como gesto decorativo de reforestación, sino como sistema agroforestal: árboles capaces de proteger suelo, conservar humedad, aportar cobertura vegetal y producir ingresos. Ramón Méndez, agrónomo y coordinador técnico de la Asociación para el Desarrollo de la Provincia Espaillat (ADEPE), explicó que el zapote fue sembrado desde principios de los años noventa para reforestar la cuenca del río Jamao y que la zona terminó convirtiéndose en el principal polo nacional de este fruto. Esa afirmación contiene una lección mayor: cuando una política ambiental se diseña con inteligencia productiva, el bosque deja de ser visto como un costo y comienza a funcionar como inversión territorial.
Los números son los que le dan espesor económico a esta historia. El Clúster del Zapote de Espaillat y Hermanas Mirabal llegó a integrar 516 pequeños agricultores y, en un momento crítico, disponía de 25 millones de unidades de zapote sin salida comercial suficiente. Ese dato revela el verdadero problema de productividad: no era falta de producción, sino falta de transformación, mercado, conservación y agregación de valor. En otras palabras, el territorio ya producía; lo que faltaba era convertir esa producción en economía organizada.
Ahí aparece la diferencia entre producción y productividad. Producir es cosechar zapote. Ser productivo es reducir pérdidas, procesar, conservar, certificar, empacar, vender mejor y capturar más valor por cada unidad producida. En 2008, técnicos de ADEPE advertían que, de cada zapote procesado, 40% era desperdicio y 60% pulpa; también señalaban que, de cada tres zapotes comprados por consumidores, dos podían salir dañados. Ese dato es brutal porque convierte una fruta abundante en un problema económico: si no se procesa, una parte significativa del valor se pierde antes de llegar al mercado.
Por eso el paso del clúster agrícola al clúster industrial fue decisivo. Con apoyo tecnológico del Instituto de Innovación en Biotecnología e Industria (IIBI), el clúster logró enviar zapote en polvo hacia Estados Unidos y Europa. Ese salto cambió la naturaleza del negocio: la fruta fresca, limitada por su perecibilidad y por restricciones sanitarias, empezó a convertirse en insumo industrial con mayor vida útil, mayor alcance comercial y mayor valor agregado.
El modelo de negocio es claro: finca, cooperativa, clúster, centro de acopio, procesamiento, laboratorio, certificación, empaque, zona franca y mercado. Cada eslabón cumple una función de productividad. La finca produce; la cooperativa organiza crédito y confianza; el clúster agrega escala; la planta procesa; el laboratorio mejora calidad; la certificación abre mercados; el empaque conserva; la zona franca facilita comercialización; y la exportación captura valor que antes se perdía en la venta primaria.
La cooperativa completa esa arquitectura. COOPADEPE debe entenderse aquí no solo como entidad financiera local, sino como símbolo de asociacionismo productivo. Sin cooperativa, el productor queda solo frente al mercado; con cooperativa, clúster y asistencia técnica, la finca comienza a formar parte de un sistema. Esa es una diferencia de economía política: el desarrollo rural no se construye solo con tierra y trabajo, sino con organización, confianza, crédito, información y capacidad colectiva de negociación.
La zona franca, en este modelo, no es una palabra decorativa. Es la plataforma que permite acopio, procesamiento, comercialización y salida exportadora. Cuando el zapote entra a una lógica de zona franca, deja de ser solamente cultivo y comienza a formar parte de una cadena agroindustrial. Ahí la ruralidad no queda condenada a vender materia prima barata; participa en la economía del valor agregado.
Los resultados productivos se observan en la transformación del producto. El IIBI determinó que del zapote podían obtenerse ocho productos comercialmente viables: polvo para helados, deshidratado para cereales, pulpa para jugos y mermeladas, néctar, mermelada, aceite esencial para uso cosmético y farmacéutico, abono desde la cáscara y alimento sustituto de soya para pollos y cerdos. Esa es productividad real: multiplicar usos, reducir desperdicios, ampliar mercados y capturar valor en más de una industria.
Incluso la restricción sanitaria terminó empujando innovación. Estados Unidos no permitía la entrada del zapote en estado natural, pero sí podía recibirlo transformado. Donde parecía haber una barrera, apareció una oportunidad industrial. El clúster llegó a tener pedidos de zapote en polvo para helados en Europa y Estados Unidos; zapote deshidratado para cereales; y néctar de zapote para el desayuno escolar en Espaillat.
La vigencia del caso no se agotó en aquella primera etapa. En 2025, Ramón Ortiz, gerente general de Blutellcom y del Clúster del Zapote de Hermanas Mirabal, Espaillat y afines, explicó que la planta procesadora ha desarrollado productos como pulpa congelada, zapote deshidratado, harina, mermelada y mezclas con otros ingredientes, con la mayor parte de la producción destinada a exportación, especialmente hacia Estados Unidos. También señaló que la pérdida postcosecha puede alcanzar 40% por la altura de los árboles y el manejo inadecuado, y que el clúster trabaja en capacitación, asistencia técnica, certificaciones y diversificación hacia otros cultivos como castaña, cúrcuma, zanahoria, flor de Jamaica y puerro deshidratado.
Ese dato reciente es clave porque actualiza la columna: no estamos ante una nostalgia productiva, sino ante un modelo que sigue enfrentando el problema central de toda economía rural moderna: cómo producir con calidad, reducir pérdidas, certificar, diversificar, industrializar y exportar. La productividad no es sembrar más por intuición; es producir con menos desperdicio, más valor agregado y mayor acceso a mercados.
Por eso Jamao importa. Porque demuestra que la productividad dominicana no puede seguir reducida a una discusión urbana, industrial o macroeconómica. También hay productividad en la cuenca que se recupera, en el árbol que protege el agua, en la cooperativa que financia, en el clúster que organiza, en la zona franca que procesa, en el laboratorio que certifica, en el empaque que conserva y en el mercado internacional que reconoce valor donde antes solo había fruta perecedera.
La República Dominicana necesita estudiar experiencias como esta con más seriedad. En un tiempo marcado por cambio climático, deterioro de cuencas, migración rural y baja productividad agrícola, Jamao ofrece una ruta distinta: reforestar produciendo, producir organizando, organizar industrializando e industrializar exportando. No se trata de escoger entre ambiente y economía. Se trata de entender que, cuando el modelo está bien diseñado, el agua, el bosque, la finca, la cooperativa, el clúster y la zona franca pueden formar parte de una misma arquitectura de desarrollo.
La lección final es sencilla, pero profunda: cuando un árbol protege el agua, genera ingresos, reduce pérdidas, organiza productores, activa financiamiento, alimenta una agroindustria, crea empleo y abre mercados internacionales, deja de ser solamente naturaleza. Se convierte en infraestructura económica del bien común.

Pablo Ulloa