×
Versión Impresa
Día Jueves, 19 de Febrero de 2026 Edición 7251.
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Redes Sociales

La derrota de una izquierda que olvidó leer

El costo intelectual de ignorar la historia y sus lecciones

Expandir imagen
La derrota de una izquierda que olvidó leer
La caída del muro de Berlín en 1989 no destruyó solamente una frontera física. Derrumbó también una enorme estructura mental construida durante décadas. (FUENTE EXTERNA)

Hubo un tiempo en que la izquierda latinoamericana hablaba como si tuviera la llave del futuro guardada en el bolsillo. Sus dirigentes aparecían en las plazas, en las universidades y en los sindicatos con la seguridad de quienes creían conocer el sentido de la historia. Todo parecía estar escrito de antemano. El capitalismo se derrumbaría, las masas avanzarían irresistiblemente hacia la emancipación y el socialismo sería la estación final de la humanidad.

Muchos jóvenes de varias generaciones abrazaron aquella fe política con una mezcla de idealismo, sacrificio y esperanza. Pero la historia, que tiene la costumbre de burlarse de las certezas humanas, terminó tomando otro camino.

Lo más sorprendente no fue que aquella izquierda cometiera errores. Todas las corrientes políticas los cometen. Lo verdaderamente extraordinario fue la superficialidad con que una parte considerable de ella terminó observando la realidad. Se proclamaba revolucionaria, pero desconocía la historia de sus propios países. Hablaba de los pueblos, pero muchas veces ignoraba las tradiciones culturales, religiosas y nacionales que daban identidad a esos mismos pueblos. Citaba autores extranjeros sin haber comprendido las complejidades de América Latina. Y mientras repetía consignas sobre el futuro, descuidaba el estudio del pasado.

Muchos de sus dirigentes conocían de memoria discursos pronunciados en Moscú, Pekín o La Habana, pero sabían poco sobre las raíces históricas de sus propias naciones. Ignoraban procesos fundamentales que habían moldeado la identidad latinoamericana desde la independencia hasta el siglo XX. Parecía que la historia comenzaba con la Revolución Cubana y que todo lo anterior era una simple antesala de la revolución universal.

Aquella limitación intelectual se hizo todavía más evidente cuando se observaba la distancia que separaba a gran parte de la izquierda latinoamericana de los grandes debates europeos de la segunda mitad del siglo XX. Mientras en Europa occidental los partidos comunistas más importantes comenzaban a revisar críticamente sus propias certezas, en América Latina muchos seguían aferrados a dogmas que ya estaban siendo cuestionados por quienes los habían defendido durante décadas.

Uno de los ejemplos más notables fue el llamado Compromiso Histórico, impulsado en Italia por el dirigente comunista italiano Enrico Berlinguer. Después de observar las tragedias del siglo XX y las limitaciones del modelo soviético, Berlinguer comprendió que la estabilidad democrática debía ser protegida mediante acuerdos amplios entre fuerzas políticas distintas. No se trataba de tomar el poder por asalto, sino de construir consensos duraderos que garantizaran libertad y justicia social al mismo tiempo.

Aquella reflexión fue una de las experiencias políticas más importantes de la Europa de la Guerra Fría. Sin embargo, gran parte de la izquierda latinoamericana apenas le prestó atención. Prefería los discursos épicos a las lecciones complejas de la realidad.

Lo mismo ocurrió con los acontecimientos que revelaron las contradicciones del bloque soviético. Las intervenciones en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en 1968, las denuncias de los disidentes y las críticas provenientes de intelectuales de izquierda europeos obligaron a muchos a replantearse viejas convicciones. Pero en América Latina numerosos dirigentes continuaron defendiendo modelos políticos que en Europa comenzaban a ser vistos con creciente escepticismo.

La caída del muro de Berlín en 1989 no destruyó solamente una frontera física. Derrumbó también una enorme estructura mental construida durante décadas. De pronto desaparecieron las certezas ideológicas que habían servido como brújula a millones de personas. Y muchos de quienes habían dedicado su vida a defenderlas quedaron sin respuestas.

Sin embargo, la crisis no fue únicamente política. Con el paso de los años, una parte de la izquierda fue sustituyendo el estudio por la consigna, la reflexión por la militancia emocional y el análisis por la repetición mecánica de eslóganes.

En numerosos ambientes universitarios comenzó a difundirse la idea de que la cultura heredada era solamente una estructura de opresión y que toda tradición debía ser desmontada. Al mismo tiempo surgieron formas extremas de individualismo que confundían libertad con ausencia total de límites.

La revolución sexual, que originalmente pretendía ampliar espacios de autonomía personal, derivó en ciertos sectores hacia una visión del ser humano donde el deseo inmediato ocupaba el lugar que antes correspondía a la responsabilidad, la familia, la comunidad y la dimensión espiritual de la existencia.

La paradoja era evidente. Mientras denunciaban la alienación económica, muchos terminaban aceptando nuevas formas de alienación cultural y moral.

Quizá una de las mejores pruebas de aquella pobreza intelectual fue el olvido de autores que podían haber enriquecido enormemente el debate. Entre ellos se encuentra Ignace Lepp, sacerdote, filósofo y escritor francés cuya trayectoria personal resumió buena parte de las contradicciones del siglo XX.

Antes de convertirse al cristianismo Lepp había militado en el comunismo. Conoció desde dentro las promesas y las limitaciones de aquella visión del mundo. Su experiencia lo llevó a desarrollar una reflexión profunda sobre la libertad interior, la dignidad humana y la necesidad de una dimensión espiritual que ninguna ideología podía sustituir.

Lepp comprendió algo que muchas corrientes políticas jamás lograron entender plenamente: el ser humano no vive solamente de pan, ni únicamente de salarios, ni exclusivamente de poder político. También vive de sentido, de trascendencia, de amor, de memoria y de esperanza.

Sin embargo, generaciones enteras de militantes jamás leyeron una sola página de sus libros. Tampoco leyeron con suficiente atención a pensadores como Erich Fromm, quien advirtió que las sociedades modernas podían producir abundancia material mientras empobrecían la vida interior de las personas. Ni a Nikolái Berdiaev, quien denunció tanto las injusticias del capitalismo como las formas totalitarias surgidas en nombre de la igualdad.

Hoy, mientras partidos y movimientos que durante décadas dominaron el discurso político pierden influencia en numerosos países, algunos observadores se apresuran a proclamar la derrota definitiva de la izquierda.

La realidad es más compleja. Lo que parece estar siendo derrotado no es la preocupación por la justicia social, ni la defensa de los pobres, ni la lucha contra las desigualdades. Lo que está siendo cuestionado es una izquierda superficial que dejó de estudiar, que olvidó la historia, que ignoró las lecciones de Europa, que sustituyó los libros por las consignas y que terminó desconectándose de la realidad de los pueblos a los que decía representar.

Las sociedades continúan reclamando justicia, oportunidades y dignidad. Pero ya no aceptan fácilmente a quienes pretenden monopolizar esos ideales.

La gran lección de nuestro tiempo quizá sea que ninguna ideología posee por sí sola la verdad completa sobre el ser humano. La historia del siglo XX demuestra que los sistemas políticos pueden organizar economías, construir instituciones y repartir riquezas. Lo que no pueden hacer es llenar el vacío espiritual que aparece cuando una civilización deja de preguntarse quién es, de dónde viene y hacia dónde se dirige.

Y tal vez por eso, mientras muchas banderas ideológicas envejecen y se deshilachan bajo el viento de los acontecimientos, vuelven a cobrar importancia aquellos viejos autores que entendieron que la libertad, la justicia y la dignidad humana sólo pueden sobrevivir cuando se apoyan sobre algo más profundo que la política. Algo que ni los partidos ni los gobiernos han logrado fabricar jamás: una visión del hombre capaz de reconciliar la historia con la conciencia, la razón con la fe y el progreso con el alma.

TEMAS -