La infancia ya está en la primera línea de la crisis climática
Los niños no solo heredan el cambio climático sino que son parte de la solución

Cuando una tormenta obliga a cerrar escuelas, una inundación desplaza comunidades o una sequía limita el acceso al agua potable, la emergencia no termina cuando baja el agua o regresa el servicio. Para muchos niños, niñas y adolescentes, las consecuencias pueden extenderse durante años. Por eso, hablar de cambio climático también es hablar de infancia.
En República Dominicana, esta realidad ha comenzado a reflejarse de manera más clara en las políticas públicas. La nueva Contribución Nacionalmente Determinada (NDC 2025), que recoge los compromisos climáticos del país ante la comunidad internacional en el marco del Acuerdo de París, incorpora a la primera infancia, la niñez y la adolescencia como una prioridad. Es una decisión que reconoce una verdad sencilla: la infancia constituye uno de los grupos más vulnerables frente a la crisis climática, pero también puede formar parte de la solución.
Este enfoque no ha pasado desapercibido en el ámbito internacional. Como resultado, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) otorgó a República Dominicana la máxima calificación posible —cuatro de cuatro puntos— en la evaluación que mide la inclusión de la infancia en las políticas climáticas nacionales. Con este resultado, el país se sitúa entre el reducido grupo de naciones que han alcanzado la puntuación más alta en este indicador, reflejo de un compromiso cada vez más sólido con la protección de los derechos de la infancia frente a la crisis climática.
¿Por qué es relevante?
Porque los efectos del cambio climático no afectan a todos por igual. Los niños, niñas y adolescentes son más vulnerables a enfermedades relacionadas con el calor extremo, la contaminación y la falta de acceso a agua segura. Las emergencias climáticas interrumpen su educación, afectan su bienestar y aumentan los riesgos para su protección y desarrollo.
En un país expuesto regularmente a huracanes, tormentas, inundaciones y períodos de sequía, incorporar esta perspectiva resulta cada vez más necesario.
La importancia de la nueva estrategia climática radica en que no se limita a reconocer el problema. También propone respuestas concretas. La NDC 3.0 contempla medidas para fortalecer servicios esenciales resilientes, como salud, agua y saneamiento; garantizar una educación climática universal; y promover la seguridad alimentaria y nutricional para la infancia.
Asimismo, impulsa el desarrollo de infraestructura segura, incluidos centros educativos y de salud, así como la implementación de sistemas de alerta temprana y protocolos de respuesta ante emergencias con enfoque de protección infantil. También promueve la participación activa de la niñez y la juventud en la toma de decisiones, fortalece la coordinación con las instituciones de protección social y plantea mecanismos de seguimiento con indicadores desagregados, con el propósito de asegurar que la acción climática contribuya efectivamente a salvaguardar los derechos y el bienestar de las nuevas generaciones.
Otro aspecto valioso es que la NDC fue construida escuchando distintas voces, incluyendo las de adolescentes y jóvenes. Con frecuencia se habla de ellos como las generaciones que heredarán los efectos del cambio climático. Sin embargo, también tienen mucho que aportar desde ahora. Su participación fortalece las políticas públicas y contribuye a construir soluciones más sostenibles y duraderas.
Por supuesto, el reconocimiento internacional es motivo de satisfacción, pero no debe ser el punto de llegada. El verdadero desafío comienza con la implementación.
Los compromisos adquieren valor cuando se traducen en cambios concretos para las personas. La meta debe ser que cada niño, niña y adolescente pueda continuar aprendiendo después de una emergencia, acceder a servicios básicos seguros y crecer en comunidades mejor preparadas para enfrentar los desafíos climáticos.
La crisis climática ya forma parte de nuestra realidad. La pregunta no es si afectará a las nuevas generaciones, sino cómo decidimos protegerlas.
Al colocar a la infancia en el centro de su acción climática, República Dominicana ha dado un paso significativo. El reto ahora es demostrar que esos compromisos pueden traducirse en escuelas más seguras, comunidades más resilientes y mejores oportunidades para cada niño, niña y adolescente. Porque proteger a la infancia frente al cambio climático no es solo una responsabilidad moral: es una inversión estratégica en el futuro del país.

Carlos Carrera