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El mejor homenaje a un socorrista no es un aplauso, es una sociedad preparada para salvar vidas

República Dominicana avanza hacia una cultura ciudadana de prevención de emergencias

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El mejor homenaje a un socorrista no es un aplauso, es una sociedad preparada para salvar vidas
El verdadero homenaje al rescatista es aprender a salvar vidas. (DIARIO LIBRE/ARCHIVO)

El mejor homenaje a un socorrista no es un aplauso, es una sociedad preparada para salvar vidas.

En el Día del Rescatista, una reflexión sobre quienes dedican su vida a responder emergencias y sobre la responsabilidad que todos compartimos de estar preparados cuando cada minuto cuenta.

Las emergencias no preguntan si estamos preparados. Simplemente ocurren.

Son las 2:17 de la madrugada. Una madre llama desesperada porque su hijo ha dejado de respirar. A varios kilómetros de allí, un motociclista permanece tendido sobre el pavimento después de un accidente. En otra comunidad, un adulto mayor se desploma mientras comparte con su familia. Ninguno de ellos imaginó que ese sería el día en que su vida dependería de minutos.

En ese instante comienza una carrera contra el tiempo. Se activa una llamada, un despacho, una ambulancia, un equipo de rescate, un cuerpo de bomberos, una patrulla, un médico. Pero, muchas veces, antes de que llegue cualquiera de ellos, alguien ya está tomando la decisión más importante: ayudar.

Cada 24 de junio conmemoramos el Día del Rescatista. Es una fecha para reconocer a quienes han hecho del servicio una forma de vida. Sin embargo, el mejor homenaje que podemos rendirles no es un acto protocolar, una fotografía o un mensaje de felicitación. El mayor reconocimiento que puede hacerles una sociedad es prepararse para que, cuando llegue la próxima emergencia, haya más personas capaces de actuar y más vidas que puedan salvarse.

Detrás de cada uniforme hay mucho más que una función. Hay madres y padres que abandonan la mesa familiar porque una llamada cambió el rumbo de la noche. Hay hijos que aprendieron desde pequeños que los cumpleaños o las fechas especiales, algunas veces, deben esperar porque alguien necesita ayuda. Hay voluntarios que, después de cumplir su jornada laboral, continúan sirviendo a sus comunidades sin esperar remuneración ni reconocimiento. También hay profesionales que cargan silenciosamente con escenas difíciles, pero que al día siguiente vuelven a ponerse el uniforme porque entienden que su trabajo puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.

La sociedad suele recordar a los socorristas cuando escucha una sirena. Lo que pocas veces observa son las incontables horas de entrenamiento, los simulacros, la actualización permanente, la preparación física y emocional y la disciplina que hacen posible responder con serenidad cuando otros solo ven caos. En una emergencia no existe espacio para improvisar. Cada decisión es el resultado de la preparación.

La República Dominicana ha avanzado de manera significativa en el fortalecimiento de su capacidad de respuesta. La puesta en funcionamiento del Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1, en mayo de 2014, transformó la forma en que se coordinan las emergencias en nuestro país. La integración de instituciones bajo un mismo sistema permitió optimizar recursos, reducir tiempos de respuesta y ofrecer una atención más organizada a la ciudadanía.

Ese progreso ha sido posible gracias al trabajo conjunto de la Dirección de Servicios de Atención a Emergencias Extrahospitalarias (DAEH), los cuerpos de bomberos, la Policía Nacional, la Defensa Civil, la Cruz Roja Dominicana, los organismos especializados y el personal que, desde los centros de despacho y coordinación, permanece disponible las veinticuatro horas del día. Cada uno cumple una función diferente, pero todos forman parte de una misma cadena cuyo objetivo es proteger la vida.

Sin embargo, también debemos reconocer una realidad que ninguna tecnología puede cambiar: ningún sistema de emergencias, por eficiente que sea, puede estar presente en el mismo segundo en que ocurre un accidente. Siempre existirá un primer minuto en el que la única ayuda disponible será la de quien esté más cerca.

Ese primer respondiente puede ser un compañero de trabajo, un docente, un agente de seguridad, un vecino o un familiar. Si sabe reconocer un paro cardiorrespiratorio, controlar una hemorragia, realizar maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP), utilizar un desfibrilador externo automático (DEA) o brindar asistencia inicial mientras llegan los equipos especializados, las posibilidades de supervivencia aumentan de manera considerable.

Por eso, la preparación en primeros auxilios no debe verse como un conocimiento reservado para médicos, paramédicos o rescatistas. Debe convertirse en una competencia básica para la ciudadanía. Una sociedad preparada responde mejor, reduce las consecuencias de las emergencias y fortalece la seguridad de todos.

En esa dirección, merece destacarse la Resolución núm. 09-26 del Ministerio de Trabajo, que fortalece las disposiciones sobre seguridad y salud en el trabajo y hace obligatoria la preparación de los centros laborales para responder ante emergencias. Se trata de una medida que trasciende el cumplimiento de una norma. Representa un cambio cultural que reconoce que la prevención comienza mucho antes de que llegue una ambulancia y que cada espacio de trabajo debe desarrollar capacidades para proteger a las personas.

Contar con brigadas organizadas, personal entrenado, equipos adecuados y protocolos de actuación no solo permite cumplir con una disposición legal; demuestra un compromiso genuino con la vida y con la seguridad de quienes forman parte de una organización. En los últimos años, cada vez más empresas e instituciones han comprendido esa realidad y han apostado por fortalecer las competencias de sus colaboradores mediante programas de formación en primeros auxilios, RCP, uso del DEA y manejo inicial de emergencias. Ese esfuerzo, impulsado por organismos públicos y entidades especializadas en capacitación, está contribuyendo a construir una cultura de prevención que el país necesita seguir fortaleciendo.

Después de muchos años dedicado a la atención y coordinación de emergencias, he aprendido una lección que ningún libro puede enseñar por completo. Las emergencias no distinguen edad, profesión, condición económica ni lugar. Todos somos vulnerables. He visto cómo un minuto puede cambiar para siempre la historia de una familia, pero también he visto cómo una intervención oportuna ha devuelto la esperanza cuando todo parecía perdido.

En más de una ocasión, la diferencia entre una tragedia y una historia de supervivencia no la marcó el equipo más moderno ni la tecnología más avanzada. La marcó una persona común que decidió prepararse para ayudar. Alguien que mantuvo la calma, inició una RCP, controló una hemorragia o simplemente hizo lo correcto mientras llegaban los equipos de emergencia.

Esa experiencia me ha convencido de que el mayor legado de los socorristas no está únicamente en las vidas que salvan cada día. Su mayor legado es inspirarnos a comprender que todos podemos formar parte de la cadena de supervivencia si decidimos prepararnos.

En este Día del Rescatista, rindamos homenaje a quienes responden cuando otros no pueden hacerlo. Valoremos el trabajo de nuestros organismos de emergencia, fortalezcamos las instituciones que protegen la vida y apoyemos toda iniciativa que promueva la formación de ciudadanos, empresas y comunidades más preparadas.

Porque el mejor homenaje a un socorrista nunca será un aplauso.

Será una sociedad donde cada persona entienda que salvar una vida comienza mucho antes de que llegue la ambulancia.

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Médico especialista en Atención Prehospitalaria. CEO, EntrenaMed RD.