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¿Se fue la luz?

Estados Unidos y China compiten por dominar la energía del futuro

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¿Se fue la luz?
La energía como plataforma del desarrollo nacional. (FUENTE EXTERNA)

A muchos les parecerá una tomadura de pelo. Otros pensarán que se trata de una reflexión elitista, desconectada de la realidad de un país que, después de décadas de reformas, pactos, subsidios multimillonarios y promesas incumplidas, sigue arrastrando uno de los sistemas eléctricos más deficientes y costosos de la región.

Después de todo, ¿qué sentido tiene hablar de inteligencia artificial, energía nuclear, centros de datos o de la competencia estratégica entre Estados Unidos y China en un país donde los apagones siguen siendo parte de la conversación cotidiana?

La pregunta es válida.

Pero precisamente ahí radica el problema.

Mientras nosotros seguimos discutiendo cómo resolver los problemas eléctricos del presente, las grandes potencias ya están compitiendo por dominar el futuro. Y ese futuro tiene un denominador común: la energía.

Durante años se nos dijo que la economía del siglo XXI estaría dominada por los servicios, la tecnología y la digitalización. Lo que pocos anticiparon fue que la revolución tecnológica más importante de nuestra generación, la inteligencia artificial, terminaría devolviendo la energía al centro de la geopolítica mundial.

Cada modelo de inteligencia artificial, cada centro de datos, cada fábrica automatizada, cada vehículo eléctrico y cada cadena de suministro avanzada dependen de cantidades crecientes de electricidad. La nueva economía digital no está reduciendo la demanda energética; la está multiplicando.

Por eso Estados Unidos y China, las dos grandes potencias de nuestro tiempo, han llegado a una conclusión similar: quien controle la energía controlará la próxima etapa del desarrollo económico.

Aunque sus métodos son distintos, ambos países están librando una carrera silenciosa para garantizar energía abundante, confiable y competitiva durante las próximas décadas.

Estados Unidos ha colocado la energía en el centro de su estrategia de competitividad. La meta es clara: asegurar la capacidad eléctrica necesaria para sostener el liderazgo en inteligencia artificial, atraer nuevamente industrias estratégicas a su territorio y fortalecer su seguridad nacional. Para ello apuesta por una combinación de gas natural, energía nuclear, modernización de redes y expansión de la producción energética doméstica.

China, por su parte, avanza mediante una estrategia de planificación de largo plazo. Construye centrales nucleares, parques solares, proyectos eólicos y sistemas de almacenamiento a una velocidad sin precedentes. Al mismo tiempo mantiene una importante capacidad de generación con carbón para garantizar estabilidad y seguridad energética mientras completa su transición.

Las diferencias son evidentes. Pero la conclusión es la misma.

Ninguna de las dos potencias está discutiendo si necesita más energía.

Ambas están compitiendo por quién logra producir más energía, de forma más confiable y a menor costo.

La razón es sencilla.

La verdadera competencia no es por electricidad. La verdadera competencia es por inteligencia artificial, manufactura avanzada, semiconductores, minerales estratégicos, biotecnología y liderazgo tecnológico. La energía es simplemente el combustible que hace posible todo lo demás.

Y es aquí donde la conversación toca directamente a la República Dominicana.

Porque la pregunta importante para nuestro país no es si debemos escoger entre Washington o Pekín.

La pregunta es si estamos preparados para aprovechar las oportunidades que esta transformación global está generando.

La estrategia de friend-shoring impulsada por Estados Unidos busca acercar cadenas de suministro a países aliados y confiables. La necesidad de diversificar la producción fuera de Asia está creando oportunidades para nuevas inversiones manufactureras y tecnológicas. La creciente demanda de procesamiento de datos está impulsando la búsqueda de nuevas ubicaciones para infraestructura digital. La reorganización de las cadenas globales de suministro está modificando los flujos de inversión internacional.

República Dominicana posee ventajas que muchos países quisieran tener.

Estamos ubicados a pocas horas del mayor mercado del mundo. Contamos con acuerdos comerciales preferenciales, estabilidad macroeconómica, experiencia en zonas francas, infraestructura logística relativamente desarrollada y una posición geográfica privilegiada en el Caribe. A ello podrían sumarse, de confirmarse plenamente su potencial económico, los importantes yacimientos de minerales estratégicos identificados recientemente en nuestro territorio.

Sin embargo, existe una condición indispensable para convertir esas ventajas en desarrollo: disponer de energía abundante, confiable y competitiva.

Sin ella, ninguna estrategia de industrialización será sostenible.

Sin ella, ningún centro de datos relevante se instalará en el país.

Sin ella, ninguna visión de desarrollo para las próximas décadas será viable.

La discusión energética ya no puede limitarse a subsidios, pérdidas y apagones, aunque esos problemas sigan siendo urgentes. Debemos comenzar a pensar en términos de competitividad nacional.

Eso implica acelerar la expansión de las energías renovables, fortalecer la infraestructura de gas natural, modernizar las redes eléctricas, reducir pérdidas, incorporar sistemas de almacenamiento y comenzar desde ahora a estudiar tecnologías avanzadas que podrían formar parte de nuestra matriz energética en el futuro.

Implica también formar ingenieros, técnicos y especialistas capaces de operar en una economía cada vez más intensiva en tecnología y energía.

Y sobre todo, implica comprender que la energía no es un sector más de la economía.

Es la plataforma sobre la cual se construirá la próxima etapa del desarrollo nacional.

Durante décadas, República Dominicana compitió por turismo, zonas francas y servicios. En las próximas décadas tendrá que competir por energía, tecnología, talento y capacidad industrial.

Esa transición no ocurrirá por accidente.

Requerirá visión estratégica, planificación de largo plazo y decisiones que trasciendan los ciclos políticos.

Mientras Estados Unidos y China compiten por construir el cerebro artificial más avanzado del mundo, la República Dominicana debe prepararse para no terminar siendo el dedo gordo del pie derecho de la nueva economía global.

Porque la historia no espera a quienes llegan tarde.

La verdadera pregunta ya no es si se fue la luz.

La verdadera pregunta es si tendremos la capacidad de generar la energía necesaria para iluminar el futuro.

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El autor es especialista en Gobernabilidad y Gestión Pública y fue Director de Competitividad de la República Dominicana.