Carreteras que no perdonan
Las carreteras dominicanas también tienen responsabilidad en los accidentes de tránsito

Cada vez que ocurre un accidente de tránsito en República Dominicana, el debate suele concentrarse en la imprudencia del conductor. Sin embargo, pocas veces se analiza la otra cara del problema: el papel que desempeña la propia carretera. En ingeniería vial existe un principio ampliamente aceptado: las vías deben estar diseñadas para perdonar el error humano. Porque los errores ocurren y, cuando suceden, la infraestructura debe reducir sus consecuencias, no agravarlas.
La Permanent International Association of Road Congresses (PIARC) define las "carreteras que perdonan" como aquellas cuyos márgenes están diseñados para minimizar los daños cuando un vehículo abandona la calzada. Esa filosofía constituye uno de los pilares del sistema Visión Cero, recomendado por el propio Plan Estratégico Nacional para la Seguridad Vial 2021-2030. Sin embargo, la realidad dominicana sigue muy alejada de ese modelo.
Las salidas de vía representan cerca del 40 % de los accidentes con víctimas en el mundo. Por ello, las carreteras modernas incorporan taludes suaves que permitan recuperar el control del vehículo, eliminan obstáculos próximos a la calzada, protegen las cunetas, alejan las obras de drenaje del borde de la vía e instalan barreras de contención donde no existe otra solución. Cada uno de esos elementos puede marcar la diferencia entre un susto y una tragedia.
La ingeniería dispone incluso de herramientas para medir objetivamente la seguridad de los márgenes. Desde hace más de dos décadas, la Federal Highway Administration utiliza el índice Roadside Hazard Rating (RHR), adoptado también por la AASHTO en su Highway Safety Manual. La escala va de 1 a 7, donde 1 representa el máximo nivel de seguridad y 7 el mayor riesgo.
Si ese índice se aplicara a muchas carreteras dominicanas, difícilmente superarían una calificación de 6. No se trata de una apreciación subjetiva, sino del resultado de observar taludes peligrosos, obstáculos junto a la calzada, drenajes mal resueltos y un derecho de vía sistemáticamente invadido.
Precisamente, uno de los incumplimientos más graves corresponde al derecho de vía. La Ley 684-65 y el Reglamento R-012 del Ministerio de Obras Públicas establecen con claridad que debe abarcar la sección transversal de la carretera más diez metros adicionales a cada lado. Esa franja no es un lujo burocrático: constituye un elemento esencial de seguridad.
Sin embargo, abundan las viviendas, comercios y construcciones levantadas dentro de ese espacio protegido. El accidente ocurrido recientemente en el sector El Río, en Constanza, ilustra esa realidad. Muchos responsabilizaron a una camioneta estacionada junto a la carretera. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿por qué existía allí un lugar donde estacionar si el derecho de vía hubiera estado libre de ocupaciones?
Algo similar ocurrió hace pocas semanas en la carretera Constanza-Valle Nuevo, a la altura del puente La Secadora. Bastaron lluvias relativamente intensas para inundar completamente la vía debido a que accesos construidos hacia viviendas redujeron la capacidad hidráulica de las cunetas. El problema no fue únicamente la lluvia; fue la ausencia de control sobre el uso del derecho de vía.
Estos ejemplos revelan una deficiencia estructural. La seguridad vial no depende exclusivamente del comportamiento de los conductores. También exige carreteras diseñadas, construidas y mantenidas conforme a criterios técnicos internacionalmente aceptados.
Resulta preocupante que, mientras se multiplican las campañas educativas y los operativos de fiscalización, continúen ignorándose principios básicos de ingeniería vial conocidos desde hace décadas. La prevención comienza mucho antes de que un conductor gire la llave de su vehículo: empieza en el diseño de la carretera.
La pregunta, por tanto, no es únicamente cuántos accidentes más deberán ocurrir, sino cuánto tiempo seguirá relegándose la técnica frente a decisiones administrativas o políticas. La infraestructura vial no admite improvisaciones. Detrás de cada talud mal diseñado, de cada obstáculo innecesario o de cada invasión del derecho de vía puede esconderse una vida.
República Dominicana necesita carreteras que perdonen los errores inevitables de quienes las transitan. Porque una vía segura no es la que nunca registra accidentes, sino aquella que evita que un error termine convirtiéndose en una condena.

Juan José Castilla
Juan José Castilla