Profesionales con fecha de caducidad
La paradoja de la inteligencia artificial entre la brecha digital y la eficiencia extrema

El corredor de seguros que solo cobra, el contador que se limita a presentar reportes ante la DGII o el abogado que únicamente redacta contratos tienen sus días contados. Cuánto tiempo les queda dependerá de múltiples factores —quizás más en un país con consumidores poco exigentes—, pero tarde o temprano esas tareas serán sustituidas por una inteligencia artificial que mejora cada día y responde con mayor rapidez, eficiencia y calidez.
Puede parecer una exageración en un país donde convivimos con soluciones basadas en múltiples agentes de IA y empresas que todavía no responden correos electrónicos; o donde algunas personas deben desplazarse a otro pueblo para realizar una gestión bancaria. Sin embargo, cada vez más personas consultan herramientas de inteligencia artificial. Reportes, datos y metodologías que antes eran activos exclusivos de grandes firmas consultoras están hoy al alcance de cualquiera que sepa formular una buena pregunta.
Hace apenas un par de décadas, incluso las empresas tecnológicas podían crecer implementando la versión local de una solución existente. Hoy muchas están disponibles para millones de personas. Desde principios de siglo, foros como el World Economic Forum vienen destacando la importancia de las habilidades blandas, mientras la digitalización reduce el valor diferencial de la información y del conocimiento básico, ahora accesibles mediante IA.
¿Podrán nuestros profesionales competir, y mucho menos exportar, si no abrazan la IA para ganar eficiencia y hacer más con menos? ¿Podrán hacerlo si no comprenden que, para diferenciarse y cobrar bien por su trabajo, deberán transformar sus modelos de negocio y ofrecer otro tipo de valor?
Ya no basta con entregar un plan, un reporte, un flujo, una metodología o un software. El cliente necesita lo que la IA todavía no garantiza: datos revisados, perspectiva, contexto, juicio, confianza, acompañamiento y transformación.
No basta con tramitar la carta de aumento de un seguro. Hay que explicar por qué conviene mantener esa póliza, si ofrece la mejor cobertura o qué otras opciones existen. El corredor no vende pólizas: vende protección y, sobre todo, seguridad. Si su labor se reduce al trámite y la comisión, el cliente terminará comparando alternativas con IA y tomando su propia decisión. El intermediario se volverá irrelevante.
De ahí el auge de la economía de la experiencia. El cliente quiere que lo lleven de la mano, física o digitalmente; que le confirmen por qué está tomando una buena decisión y que el resultado no dependa de haber escrito el prompt correcto ni de que la IA haya alucinado.
El médico que ausculta y no receta mirando únicamente una pantalla; el abogado que analiza todas las implicaciones de una cláusula porque conoce al cliente; el contador que asesora sobre la mejor manera de cumplir sus obligaciones fiscales, en lugar de limitarse a llenar casillas; o el consultor que interpreta lo que se mueve detrás de los datos y ayuda a evitar errores: todos aportan un valor difícil de automatizar.
Nuestras universidades también necesitan renovarse, incluidos sus programas de educación continua. Y quien venda servicios profesionales debe responder hoy dos preguntas: ¿cómo utilizo la IA para ser más eficiente? ¿Cómo entrego mis servicios de manera que el cliente reciba experiencia, análisis, contexto, confianza y acompañamiento para lograr una transformación?
Todo se resume en algo tan simple como que: Quien no encuentre esas respuestas deberá prepararse para buscar otra forma de ganarse la vida.

Taiana Mora Ramis