Poner el foco en la soledad de las personas con discapacidad
Un metaanálisis concluye que la soledad de las personas con discapacidad responde más a las barreras sociales que a la condición misma, y plantea enfocar las intervenciones en la sociedad

En términos generales, la condición de discapacidad no ha logrado en nuestro país superar el enfoque rehabilitador o capacitista. Pero esto no anula los progresos del modelo social y de derechos impulsado por el Centro de Atención Integral para la Discapacidad (CAID) y diversas organizaciones del área.
Pero son muchos los aspectos que aún permanecen fuera de la conversación. No abordarlos limita el impacto de los esfuerzos por crear conciencia en la población sobre la complejidad de la discapacidad y las necesidades y vacíos derivados.
Uno de ellos es la soledad que viven, o perciben vivir, las personas con discapacidad. No es una omisión solo dominicana. Varias fuentes consultadas arrojan que este tema ha sido poco estudiado en todos los países, incluso en aquellos en los que las políticas públicas tienden a ampliar el horizonte conceptual.
Los resultados del metaanálisis Soledad y discapacidad: una revisión sistemática de la conceptualización de la soledad y las estrategias de intervención realizado por los académicos españoles Beni Gómez-Zúñiga, Modesta Pousada y Manuel Armayones, revelan un problema de fondo: en la mayoría de los estudios analizados no hay consenso sobre qué es la soledad, pero sí coinciden en que la condición en un factor predisponente, lo que los autores del metaanálisis discuten.
Al mismo tiempo, los estudios elegidos amplían significativamente el campo de la discapacidad, desbordando los límites de aquello que el enfoque rehabilitador o capacitista considera como tal. Se incluyen, grosso modo, «discapacidad visual, discapacidad auditiva (incluidos también los trastornos de la comunicación causados por diversas patologías, incluidos problemas de la voz, enfermedades de la garganta o enfermedades neurológicas), discapacidad física (tanto motora como no motora), discapacidad intelectual, deterioro cognitivo o trastornos del desarrollo y trastornos mentales».
Por otro lado, y para precisar las ideas sobre el tema, Gómez Zúñiga, Pousada y Armayones citan a los académicos Letitia Anne Peplau y Daniel Perlman, para quienes aislamiento social y soledad son constructos distintos: mientras el primero remite a la calidad de la red de relaciones sociales, la segunda es un sentimiento subjetivo desagradable nacido de la falta de correspondencia entre las expectativas relacionales y lo que se desea o espera.
Tras examinar y contrastar las variables trabajadas por los estudios incluidos en el metaanálisis, los autores abren interrogantes sobre la viabilidad de las estrategias más frecuentes para encarar las consecuencias de la soledad percibida que no diferencian entre personas sin discapacidad y personas con alguna condición. Se pregunta: «¿Es este un buen enfoque para el problema? ¿Acaso la discapacidad no requiere intervenciones específicas, en lugar de adaptaciones de intervenciones generales?».
La conclusión a la que arriban invita a revisar las opiniones al respecto: quizá no se trate —dicen— de que la discapacidad conduzca a las personas a sentirse solas, sino que son las estructuras las que generan un sentimiento de ajenidad respecto al entorno, que es lo que, en última instancia, causa la soledad.
Al final, Gómez Zúñiga, Pousada y Armayones proponen cambiar el punto de partida de las estrategias: diseñar intervenciones «no dirigidas a las personas con discapacidad, sino a la sociedad que las rodea, la verdadera variable clave que influye en la soledad».

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