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Cuando la sostenibilidad es una vitrina

La paradoja del desarrollo dominicano entre el discurso ecológico y la destrucción ambiental

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Cuando la sostenibilidad es una vitrina
Parque Nacional Sierra de Bahoruco. (DIARIO LIBRE/LUDUIS TAPIA)

Mientras vemos los ríos cada vez con menos agua, más sargazo, sequías, inundaciones y la ocurrencia de fenómenos atmosféricos extremos, todavía hay quienes cuestionan la influencia del cambio climático en el vertiginoso deterioro ambiental que estamos experimentando.

Queremos ser una sociedad responsable con el medioambiente y con su gente, en línea con los estándares que promueven los países miembros de la OCDE, organización a la que aspiramos integrarnos. Escuchamos declaraciones, vemos reglamentos y políticas públicas, folletos empresariales y charlamos sobre sostenibilidad. Sin embargo, nuestras acciones, en lugar de acercarse, se siguen alejando de ese objetivo. En medio de todo ese ruido, lo único verdaderamente sostenible ha sido la contradicción entre lo que decimos y lo que hacemos.

¿De qué serviría convertirnos en un país de altos ingresos si el costo de lograrlo es perder nuestros ecosistemas y nuestra riqueza natural? El verdadero desarrollo debe ser capaz de generar bienestar, y no de destruir las bases ambientales que lo hacen posible.

En lugar de desarrollar el suroeste como una zona de turismo ecológico, cuyo progreso se construya precisamente sobre su patrimonio natural, estamos tomando decisiones que podrían hacer que ese territorio termine confundiéndose con la aridez del otro lado de la frontera.

Se habla de lanzamientos de cohetes, de turismo de masas siguiendo modelos que ya hemos visto en zonas como Bávaro, y de proyectos que parecen inspirados en ciudades como Dubái. La pregunta clave es por qué una región con costas, bosques secos, biodiversidad y paisajes únicos debería adoptar un modelo basado en sustituir precisamente aquello que la hace valiosa. La incapacidad de imaginar el suroeste desde su propia identidad y riqueza natural puede salirnos muy cara.

La contradicción no existe solo en el Estado o los grandes capitales; se reproduce en todos los niveles de la sociedad. Están quienes reclaman soluciones ambientales, pero mantienen prácticas cotidianas incompatibles con ellas, y en empresas que entienden la sostenibilidad como requisito para acceder a mercados o financiamiento sin integrarla realmente a sus estrategias. Eso es greenwashing: aparentar ser verde sin transformar la manera en que se opera.

Más allá del imperativo moral y social, la sostenibilidad también es una cuestión de negocios y supervivencia económica. El Global Risk Report WEF identificó los riesgos medioambientales como una de las principales amenazas globales de los próximos diez años, mientras que múltiples estudios muestran que los consumidores, tanto locales como internacionales, expresan una preferencia creciente por productos y servicios sostenibles: el 79 % afirma querer adquirir más productos y servicios que les permitan adoptar hábitos y acciones más sostenibles.

Para RD, eso significa, por ejemplo, preservar y fortalecer nuestro liderazgo como suplidores de productos orgánicos y evitar convertirnos en otro destino turístico que agotó sus recursos naturales que precisamente le daban valor.

Las empresas que integran la sostenibilidad en sus estrategias tienen mayores oportunidades de innovar, competir y mantenerse rentables en el tiempo. Pero la sostenibilidad no puede depender de un solo actor: requiere ciudadanos responsables, empresas comprometidas y políticas públicas coherentes con la realidad del país, que incentiven la actuación sostenible y que no solo recauden como es el caso de la reciente ley de residuos sólidos. Sin esa coherencia entre sociedad, sector privado y Estado, seguiremos construyendo un modelo de desarrollo incompleto, con el riesgo incluso de retroceder.

TEMAS -

Facilitadora comercio y exportacion, experta exportación de servicios y Caribe.