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No hay nada que celebrar: el centenario de Fidel Castro y las víctimas de su legado

Los cubanos en República Dominicana rechazan los homenajes a Fidel Castro

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No hay nada que celebrar: el centenario de Fidel Castro y las víctimas de su legado
El centenario de Fidel Castro abre el debate sobre la verdad histórica de Cuba (SHUTTERSTOCK)

Mientras diversos sectores políticos, académicos e ideológicos de América Latina, incluyendo algunos de la República Dominicana, se preparan para conmemorar el centenario del nacimiento de Fidel Castro mediante homenajes, coloquios y actos de exaltación pública, los cubanos residentes en este país sentimos la obligación moral de expresar una visión distinta, basada no en consignas ni mitologías políticas, sino en la experiencia histórica de nuestro pueblo.

Los cubanos que vivimos en una sociedad democrática como la dominicana conocemos el valor de poder expresar nuestras opiniones sin temor, asociarnos libremente, elegir a nuestros gobernantes y participar en la vida pública sin que ello dependa de nuestra afiliación política. Precisamente por respeto a esos principios, resulta imposible permanecer en silencio ante la glorificación de una figura cuya herencia política está inseparablemente ligada a la supresión de libertades fundamentales y a la instauración de un sistema que continúa negándolas hasta nuestros días.

A sesenta y siete años de la llegada de Fidel Castro al poder, Cuba permanece atrapada en la crisis más profunda de su historia contemporánea. Más de 1,200 presos políticos continúan privados de libertad; millones de cubanos han abandonado el país durante las últimas décadas; la economía se encuentra devastada por la ineficiencia estructural de un modelo de partido único; y la población enfrenta cotidianamente escasez, apagones, deterioro de los servicios básicos y una creciente desesperanza social. Se trata de una realidad imposible de separar del sistema político construido por Fidel Castro y perpetuado por sus sucesores.

La tragedia cubana no es únicamente económica. También es humana. Se expresa en familias fracturadas por el exilio, en generaciones privadas del derecho a decidir su destino político, en jóvenes que sueñan con marcharse porque no encuentran horizontes dentro de su propio país y en una sociedad donde durante décadas discrepar del poder ha significado sufrir represalias profesionales, sociales o penales.

La represión tampoco se limitó al ámbito político. Miles de creyentes sufrieron discriminación, vigilancia y exclusión por profesar su fe. Sacerdotes, religiosos y religiosas fueron acosados, encarcelados o expulsados de Cuba en distintas etapas del régimen. Muchos encontraron refugio en naciones hermanas, entre ellas la República Dominicana, aportando a la vida espiritual y social de los países que los acogieron. Recordar esta realidad es particularmente importante en una sociedad profundamente arraigada en valores cristianos, donde la libertad religiosa constituye un derecho fundamental y no una concesión del Estado.

Sin embargo, cuando se evocan homenajes a Fidel Castro, con frecuencia se intenta presentar una versión parcial de la historia. Se habla del líder revolucionario, pero rara vez de los presos de conciencia. Se exalta la revolución, pero se omite el desmantelamiento de las instituciones democráticas. Se ensalzan algunos logros sociales, pero se guarda silencio sobre la inexistencia de elecciones libres, la censura sistemática y la persecución de quienes han pensado diferente.

La historia demuestra que uno de los primeros compromisos incumplidos por Castro fue precisamente la restauración de la democracia que había prometido al pueblo cubano durante la lucha contra la dictadura de Fulgencio Batista. Lo que surgió después no fue una república plural y democrática, sino un régimen comunista de partido único donde desaparecieron los contrapesos institucionales, se prohibió la competencia política y se subordinó toda la vida nacional a la voluntad de un liderazgo absoluto.

Desde entonces, miles de cubanos fueron encarcelados por razones políticas, innumerables ciudadanos fueron obligados a abandonar la isla y cualquier forma de oposición organizada quedó fuera de la ley. La revolución que prometió liberar al pueblo terminó restringiendo libertades esenciales que constituyen la base de cualquier sociedad democrática. La historia dejó así una amarga paradoja: la revolución no sustituyó una dictadura por una democracia, sino que reemplazó una dictadura por otra aún más duradera y concentrada en la figura de Fidel Castro. Cuba derrocó a un dictador con la esperanza de recuperar la libertad, pero terminó sometida durante décadas a otro y bajo un régimen personalista que hizo de la permanencia en el poder su principal legado político.

Más allá de la magnitud histórica que sus admiradores pretenden atribuirle a Fidel Castro, toda figura que marcó una época, aun cuando esta estuviera plagada de sufrimiento, represión y ausencia de libertades, merece ser estudiada, analizada y debatida.

Lo que resulta cuestionable es la pretensión de convertir en motivo de celebración a quien gobernó sin alternancia política durante casi medio siglo y cuya obra política desembocó en un sistema que aún hoy impide a los cubanos ejercer derechos ampliamente reconocidos por la comunidad internacional.

Las universidades, los centros de pensamiento y los espacios de formación tienen el deber de promover la verdad histórica en toda su dimensión, incluso cuando esta resulta incómoda para determinadas corrientes ideológicas. Conmemorar el centenario de Fidel Castro sin abordar la existencia de presos políticos, la represión sistemática de la disidencia, el exilio masivo, la persecución religiosa y la fractura de millones de familias supone separar al personaje de las consecuencias de sus decisiones. Ningún ejercicio intelectual serio puede reducir más de seis décadas de autoritarismo a una narrativa romántica de la revolución ignorando el sufrimiento de sus víctimas.

Por eso, mientras algunos celebran el nacimiento de Fidel, nosotros preferimos recordar a las víctimas de su legado. Recordamos a quienes fueron fusilados en los primeros años de la revolución; a quienes murieron en prisión por razones políticas; a quienes perdieron su libertad por expresar una opinión; a quienes perecieron intentando escapar de la isla en la inmensidad y crudeza del mar; a quienes, en años más recientes, enfrentaron peligrosas rutas migratorias, incluida la travesía de la selva del Darién; a quienes han pasado décadas separados de sus seres queridos por el exilio; y a quienes todavía hoy continúan reclamando pacíficamente los derechos y libertades que les han sido negados.

La verdadera solidaridad con Cuba no consiste en homenajear al hombre que construyó el sistema que convirtió a la isla en una nación sin libertades políticas. La verdadera solidaridad consiste en acompañar al pueblo cubano en su aspiración legítima de vivir en democracia, con respeto pleno a los derechos humanos, pluralismo político y oportunidades para todos.

En el centenario de Fidel Castro, más que celebraciones, lo que corresponde es una reflexión honesta sobre las consecuencias de su legado. Porque cuando una nación sigue padeciendo la falta de libertades, el exilio masivo, la represión y la desesperanza, la memoria exige verdad antes que homenaje.

Los pueblos pueden sobrevivir a la pobreza; lo que los destruye es la pérdida de la libertad y de la esperanza. Y eso, precisamente, es el legado que hoy padecen millones de cubanos.

Pero Cuba no está condenada a vivir eternamente bajo ese legado.

Como el ave fénix, nuestra nación deberá renacer de sus propias cenizas para reconstruir sus instituciones, sanar las heridas de generaciones separadas y recuperar la libertad, la prosperidad y la dignidad de su pueblo.

Ese es el futuro que merece el pueblo cubano. Esa es la Cuba que algún día volverá a ser grande.

TEMAS -

 Exilio cubano en la República Dominicana que busca la libertad de Cuba y la unidad y protección de todo cubano en RD.