El Cristo Salvador perturba hasta los muertos
Cuando romper el ataúd es la única forma de evitar que profanen a un difunto

Contrario a lo que es norma en cualquier nación medianamente civilizada, en los cementerios dominicanos imperan prácticas que nos distancian de lo que podría definirse como civilización.
A principio de semana, acudí al cementerio Cristo Salvador a sepultar un ser querido y más allá de la carga emocional que nos invade por perder a uno de los nuestros, también surge un sentimiento de impotencia ante la anarquía que impera en este camposanto.
Allí, como ocurre en otros cementerios, los familiares, martillo y piedra en mano, se ven obligados a romper el ataúd al momento del sepulcro para evitar que posteriormente sea robado.
Aunque parezca increíble, quienes conocen la dinámica del lugar explican que allí hay personas que desentierran los cadáveres para apropiarse de las cajas y hasta de las mortajas con las que fueron sepultados, con el propósito de revenderlas.
Como si lo narrado no fuese lo suficientemente penoso y aterrador, los mismos obreros que construyen los nichos (en su mayoría extranjeros) recomiendan romper los arreglos florales, hasta el último pétalo, para evitar que "seas vendidos por un pipero de esos que andan por ahí".
Una gran parte del más grande de los cementerios de Santo Domingo Este, está cubierta por la yerba y maleza, pero los familiares no pueden ir a limpiar el espacio que con tanto esfuerzo compraron, para deshierbar, se debe contratar a un empleado del "sindicato", pasar esa regla por alto; es arriesgarse a ser atacado por la turba que integra el gremio.
Lo narrado pareciera que describe una sociedad decimonónica, una época ya superada por la humanidad, pero no, son realidades que se viven a diario en un cementerio donde ni los muertos pueden descansar.
Pensar en lo creativo y eficaz que ha sido el alcalde Dío Astacio para recaudar cada vez más arbitrios, pero no se observa esa misma eficiencia en la administración, seguridad, limpieza y organización del Cristo Salvador.

Ángel García