En ocasión del develamiento de la estatua de Santo Domingo de Guzmán
El diálogo entre Duarte y Santo Domingo de Guzmán

Santo Domingo celebra 530 años de historia. Más de cinco siglos durante los cuales una ciudad nacida a orillas del Caribe fue construyendo una identidad que terminaría trascendiendo sus propios límites para dar nombre a sus habitantes y, finalmente, a toda una nación.
Celebrar su fundación invita a volver la mirada hacia nuestros orígenes y a preguntarnos por el significado de ese nombre que nos acompaña desde los albores de nuestra historia.
Santo Domingo.
Es también el nombre del fundador de la Orden de Predicadores, cuyo ideal quedó resumido en una palabra: Veritas. Buscar la verdad, vivir conforme a ella y transmitirla a los demás.
Su escudo, con los colores blanco y prieto y la flor de lis, expresa la sobriedad, el rigor y la espiritualidad que han distinguido a la Orden de Santo Domingo, inspirada desde sus orígenes por la búsqueda de la verdad y una profunda devoción a la Santísima Virgen María.
Hace más de cinco siglos, nuestra ciudad recibió ese nombre. ¿Fueron los hermanos Colón quienes lo escogieron? ¿Quisieron honrar a santo Domingo de Guzmán, a Domenico Colombo, padre de Cristóbal Colón, o al día domingo en que comenzó aquella historia? Los historiadores han ofrecido distintas explicaciones.
Desde entonces, el nombre de Santo Domingo acompaña la historia de la primera ciudad europea permanente del Nuevo Mundo. Y muy pronto dejó también su huella en los símbolos que representarían a la ciudad.
En 1508, una Real Cédula otorgada por la reina Juana I de Castilla concedió a la villa de Santo Domingo su escudo de armas. Como un augurio para un pueblo que aún tardaría siglos en nacer, el escudo quedó rodeado por el blanco y el prieto y la cruz vinculada a santo Domingo de Guzmán.
La Real Cédula proclamaba: «...en rededor, circulado el escudo, una cruz blanca y prieta en el mismo campo del bienaventurado señor Santo Domingo...».
Quedaba así plasmada una vinculación simbólica que, con el paso de los siglos, echaría profundas raíces en esta tierra. Y poco después comenzó a hacerse vida.
En 1510 llegaron a esta ciudad los primeros frailes dominicos. Apenas un año después, fray Antonio de Montesino pronunció su célebre Sermón de Adviento, considerado uno de los primeros grandes clamores del Nuevo Mundo en defensa de la dignidad humana. Su pregunta continúa resonando más de cinco siglos después: «¿Con qué derecho y con qué justicia...?».
En 1514 comenzó la construcción del convento de Santo Domingo. A su alrededor fue tomando forma un espacio donde la oración, el estudio y el pensamiento dieron origen a una comunidad que marcaría profundamente la historia de la ciudad.
De ese mismo espíritu nació la Universidad Santo Tomás de Aquino, antecedente de la primera universidad del continente americano. Allí se formaron juristas, filósofos y teólogos llamados a poner el conocimiento al servicio de la sociedad. En aquellas aulas se enseñaba que razón y fe podían caminar juntas y que el conocimiento constituía un camino hacia la verdad.
Así, Santo Domingo fue dejando de ser solamente el nombre de una ciudad o la referencia a una orden religiosa para convertirse también en una manera de comprender la existencia.
Con el paso del tiempo, esa herencia continuó creciendo. El nombre dominicanos comenzó a identificar a los habitantes de esta tierra, como documenta una Cédula Real de 1621.
Pasaron los siglos y, en 1844, Juan Pablo Duarte y los fundadores de la República consagraron para la nueva nación el nombre de República Dominicana. El nombre que durante siglos había identificado a la ciudad y a sus habitantes pasó entonces a identificar también al país.
Santo Domingo permaneció como capital de la República; sus habitantes conservaron el gentilicio de dominicanos y el escudo nacional incorporó la Biblia abierta en el Evangelio de san Juan, con las palabras: «Y la verdad os hará libres». La República Dominicana posee, además, la singularidad de llevar la Biblia en el centro de su escudo nacional.
La búsqueda de la verdad atraviesa la historia del pensamiento occidental. Es la verdad que Aristóteles procuró alcanzar mediante la razón; que santo Domingo de Guzmán convirtió en ideal de su Orden; que santo Tomás de Aquino, hijo espiritual de esa tradición dominicana, concibió como punto de encuentro entre razón y fe; y que el Evangelio presenta como fundamento de la auténtica libertad.
Siglos después, verdad y libertad volverían a encontrarse entre los ideales de la nación dominicana.
Esa aspiración resuena también en los versos de Emilio Prud´Homme cuando proclaman en nuestro Himno Nacional: «Ser libre o morir».
Y ese ideal encontró en la educación uno de sus principales caminos para transmitirse de generación en generación.
La Universidad Autónoma de Santo Domingo, heredera de aquella tradición universitaria iniciada en el siglo XVI, conserva en su escudo el blanco y el prieto de la Orden de Predicadores y la tea portada por el perro asociado a una antigua tradición iconográfica sobre santo Domingo de Guzmán y los Domini canes.
Esos mismos colores, blanco y prieto, inspiran también al Colegio Santo Domingo y a la Universidad Santo Domingo, instituciones que mantienen viva una vocación educativa vinculada a la búsqueda del conocimiento y de la verdad.
De esta manera, un nombre acompañó el nacimiento de una ciudad, se vinculó a la primera tradición universitaria del continente y terminó formando parte de la identidad de una nación.
Hace casi un siglo, la ciudad quiso honrar al fundador de la República Dominicana al dar su nombre al parque Duarte y levantar allí su monumento. Desde entonces, Juan Pablo Duarte ha contemplado, frente a sí, el lugar donde comenzó a forjarse una parte esencial de la herencia histórica y espiritual de esta ciudad.
Hoy, al celebrar un nuevo aniversario de la fundación de Santo Domingo, aquel diálogo iniciado por la historia adquiere una nueva dimensión con la escultura de santo Domingo de Guzmán, recientemente develada.
Por fin quedan frente a frente Juan Pablo Duarte y santo Domingo de Guzmán.
La escultura, imaginada y deseada por la hermana Rosa María Peña y materializada por el artista Dustin Muñoz, engalana y honra la Plaza del Convento.
A partir de hoy, ambos monumentos dialogarán silenciosamente a través del tiempo: Juan Pablo Duarte, con la mano sobre el pecho; santo Domingo de Guzmán, con los brazos abiertos.
Dos hombres separados por siglos. Dos gestos. Dos legados que confluyen simbólicamente en un mismo espacio: la libertad defendida por Duarte y la Veritas buscada, vivida y proclamada por santo Domingo.
Ese diálogo silencioso resume buena parte de la historia que hoy conmemoramos.
Porque después de 530 años, Santo Domingo es mucho más que el nombre de una ciudad. Es el nombre que pasó a sus habitantes, que alcanzó a una nación y que conserva, en lo profundo de su historia, una aspiración que atraviesa los siglos: buscar la verdad para vivir en libertad.

María Teresa Ruiz de Catrain
María Teresa Ruiz de Catrain