República en dos tiempos
Hay una paradoja que define a la República Dominicana de nuestro tiempo

Queremos convertirnos en el gran hub logístico y tecnológico del Caribe, mientras todavía hay comunidades donde el agua potable, el saneamiento, la electricidad continua, la vivienda digna, la salud y una educación básica de calidad siguen siendo aspiraciones.
Queremos competir en la economía del siglo XXI sin haber terminado de resolver problemas que las sociedades industrializadas enfrentaron en el siglo XX.
Somos una República viviendo en dos tiempos.
El siglo que no hemos terminado
El crecimiento económico dominicano ha sido extraordinario. Pero crecer no significa haber completado el desarrollo.
Santo Domingo contiene quizás la imagen más brutal de esa contradicción.
La Circunscripción 3 del Distrito Nacional concentra 360,592 habitantes en apenas 13.29 kilómetros cuadrados: 27,132 habitantes por kilómetro cuadrado, más de tres veces la densidad de las otras dos circunscripciones, según el Plan de Ordenamiento Territorial de la capital.
No es simplemente densidad. Singapur, Manhattan o Tokio también son densos.
Una cosa es densidad planificada. Otra es hacinamiento.
Mientras una parte de Santo Domingo levanta torres y se integra a los circuitos globales, otra acumula familias sobre un territorio que nunca fue preparado para recibirlas.
Dos ciudades.
El mismo siglo.
Distintos tiempos.
Pero el futuro no espera
Podríamos decidir resolver primero esas carencias y ocuparnos después de los nuevos desafíos.
Ya es demasiado tarde.
La inteligencia artificial está transformando el trabajo. La automatización exigirá reconversión laboral. La competencia por data centers, energía y cadenas de suministro ya comenzó.
También cambiaron los desafíos sociales.
Ya no basta combatir el hambre: debemos garantizar alimentación de calidad mientras enfrentamos obesidad y enfermedades crónicas. No basta ampliar cobertura sanitaria: necesitamos una sociedad más saludable. No basta enseñar: necesitamos personas capaces de aprender durante toda su vida laboral.
El siglo XXI no esperará a que terminemos el XX.
Un Estado que todavía no se conoce
La contradicción alcanza al propio Estado.
Queremos interoperabilidad, servicios digitales e inteligencia artificial, pero todavía tenemos dificultades para responder preguntas elementales.
El Estado por fin se contó a sí mismo: el primer Censo Nacional de Bienes Inmuebles, ordenado en 2023, identificó más de 40,000 propiedades estatales valoradas en más de 12.4 billones (millones de millones) de pesos. Es un avance real. Pero esa misma precisión no existe todavía para la pregunta más básica de todas.
¿Cuántas personas trabajan realmente para el Estado? La cifra disponible —780,060 en mayo de 2026— proviene de registros de la seguridad social, no de un censo administrativo.
El Estado ya sabe cuántos edificios tiene. Todavía no sabe, con la misma certeza, cuánta gente trabaja dentro de ellos.
Atraemos inversiones de empresas globales como Google mientras seguimos completando instrumentos elementales para conocernos a nosotros mismos.
Queremos construir un Estado inteligente antes de terminar de construir un Estado que se conozca a sí mismo.
Y ninguna tecnología resolverá eso por nosotros.
Digitalizar el desorden solo produce desorden más rápido.
Modernizarnos por partes
Ese es quizás nuestro mayor riesgo.
Fibra óptica sin alcantarillado.
Data centers mientras el 83 % de los hogares recibe agua de manera irregular, según ENHOGAR 2024.
Puertos globalmente competitivos conectados con ciudades congestionadas.
Inteligencia artificial conviviendo con educación básica deficiente.
Una economía del siglo XXI sobre una sociedad que todavía arrastra carencias del XX.
Y ambas agendas están conectadas. Mala alimentación reduce capital humano. Una escuela deficiente limita la reconversión laboral. Una ciudad hacinada pierde productividad. Un Estado fragmentado difícilmente podrá gobernar tecnologías exponenciales.
Cerrar las brechas del siglo XX ya no es solamente justicia social. Es una condición para competir en el XXI.
Gobernar dos tiempos
No podemos escoger entre pagar las deudas del pasado y conquistar las oportunidades del futuro.
Tenemos que hacer ambas cosas simultáneamente: llevar agua regular mientras construimos infraestructura digital; ordenar el Estado mientras lo automatizamos; formar hoy a los trabajadores que la tecnología obligará a reconvertirse mañana.
Eso exige más que crecimiento.
Exige capacidad de Estado, planificación, prioridades y una idea clara del país que queremos construir.
Porque el futuro llegará de todas maneras.
La verdadera pregunta es qué República Dominicana encontrará cuando llegue.

Rafael Paz