Cuando callar es decirlo todo
La prudencia frente al ruido y la inmediatez

En tiempos donde las palabras sobran y el ruido aturde, hay una voz que se escucha más fuerte sin hablar: el silencio.
Nos fascina porque nos invita a crecer.
No es ausencia.
Es espacio.
Es la pausa necesaria entre un pensamiento y el siguiente, entre una herida y su sanación.
Su validez se vuelve mayor justo cuando la realidad nos obliga a callar y entendemos que no todo merece respuesta inmediata.
Honrar el silencio es un hermoso proceder.
Es darle paso a la libre expresión del pensamiento, pero desde adentro.
Es dejar que las ideas maduren antes de salir a la boca.
Porque abundan las ocasiones en que las palabras, en vez de liberarnos, nos esclavizan.
Nos enredan, nos comprometen, nos vacían.
Han transcurrido los tiempos de los discursos ligeros, saturados de sandeces, promesas huecas y ruido por ruido.
Hoy se impone reivindicar esa sabia máxima que casi hemos olvidado: hay escenarios donde el silencio es más elocuente que mil palabras.
Para decir nada, es preferible callar.
Así de simple.
Y quizás el mundo sería diferente con menos bullas. Con pocos gritos en redes, menos opiniones apresuradas, menos debates que aturden y convencen poco.
Intentémoslo.
Hablemos, sí, pero preferiblemente con el lenguaje de los mudos: con gestos, con escucha, con presencia, con respeto.
Probablemente de esa manera el entendimiento y la vida serían distintos.
Experimentemos pues.
Atrevámonos a la pausa.
A la reflexión antes del eco.
Porque en el silencio no se pierde la voz.
En el silencio se encuentra.
Silenciar no es sinónimo de ausencia.
Es siembra.
Es el terreno fértil donde nacen las ideas grandes.
Experimentemos pues.
Démosle al mundo pausas.
Permitamos escuchar la expresión de la prudencia.
Porque al final, lo que no se dice con la boca, el alma lo grita.
Y eso, eso sí se escucha...

Juan Cruz Triffolio