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La Vega, el desafío de subir la cadena de valor

El modelo de diversificación económica de la provincia cultural y olímpica

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La Vega, el desafío de subir la cadena de valor
La provincia La Vega integra agricultura en Constanza y Jima Abajo, turismo en Jarabacoa e industria manufacturera en su municipio cabecera. (CEDIDA POR PABLO ULLOA)

La productividad de un territorio no depende únicamente de cuánto produce, sino de cuánto conocimiento, transformación y valor logra incorporar antes de que sus productos lleguen al consumidor.

La Vega reúne agricultura intensiva, agroindustria, manufactura, exportaciones, turismo y un liderazgo territorial con capacidad de articulación. Su próximo salto consiste en conseguir que esas fortalezas funcionen cada vez más como un mismo sistema productivo.

Recorrer La Vega permite entender la productividad de una manera particularmente clara. En una misma provincia conviven el valle agrícola de Constanza, la tradición arrocera de Jima Abajo, la economía de montaña de Jarabacoa y una ciudad cabecera donde se concentran comercio, industria, servicios y una importante actividad exportadora.

Son economías distintas, pero no necesariamente separadas. La gran oportunidad vegana consiste precisamente en conectarlas y conseguir que una proporción creciente del valor que comienza en la tierra pueda transformarse, industrializarse, comercializarse y permanecer en el territorio.

La Vega tenía 442,719 habitantes según el Censo de 2022, pero su importancia económica supera el tamaño de su población. Su principal fortaleza es la diversidad productiva. Constanza produce vegetales, frutas, flores y hortalizas de clima frío y templado; Jima Abajo posee una reconocida vocación arrocera; Jarabacoa combina agricultura, café, servicios y turismo de montaña; mientras el municipio cabecera incorpora industria, comercio, manufactura y servicios. La primera lección es importante: un territorio puede diversificarse sin perder especialización cuando cada espacio aprovecha aquello que sabe hacer mejor.

Constanza es probablemente la expresión más evidente. En 2025, el Ministerio de Agricultura reportó más de 100,000 tareas dedicadas a hortalizas, vegetales y frutas, con unos 40 tipos de productos, entre ellos papa, ajo, cebolla, zanahoria, tomate, fresa, pimientos, pepino, lechugas, brócoli y hierbas aromáticas.

La institución estima, además, que allí se produce alrededor del 85 % de varios de esos rubros. Pero lo verdaderamente relevante para una discusión sobre productividad no es enumerar todo lo que sale de esas tierras. Es comprender cuánto valor puede obtenerse de una superficie agrícola que siempre será limitada.

Una tarea seguirá teniendo la misma extensión. Lo que puede cambiar extraordinariamente es el ingreso que genera. Semillas de mayor rendimiento, riego eficiente, invernaderos, manejo del suelo, mecanización, conocimiento agronómico, clasificación, empaque, refrigeración y mejores canales comerciales permiten producir más valor utilizando los mismos factores.

Ahí aparece la productividad en su definición más concreta: más conocimiento por tarea, más valor por cada gota de agua y mejores resultados por cada peso invertido. En territorios agrícolas maduros, crecer no puede significar solamente incorporar más tierra; debe significar utilizar mejor la disponible.

Jima Abajo aporta otra dimensión. Su tradición arrocera permite observar una agricultura donde mecanización, variedades, manejo del agua y escala productiva condicionan directamente los costos.

La pregunta económica deja entonces de ser solamente cuántas tareas sembramos y comienza a ser cuánto obtenemos por tarea, cuánto cuesta producir cada quintal y cuánto podemos mejorar mediante tecnología. Una economía productiva madura cuando deja de medir únicamente volumen y comienza a medir rendimiento.

Pero La Vega contiene una segunda transición todavía más poderosa: el paso desde la producción primaria hacia la transformación industrial. La historia empresarial de Pedro A. Rivera ayuda a comprenderla. Proveniente de la agricultura, en 1962 adquirió una factoría de café y cacao que posteriormente convirtió en una importante factoría de arroz.

En 1968 desarrolló Industrias Veganas, origen de Induveca, a partir de una pequeña operación de productos cárnicos. En pocas décadas, una trayectoria vinculada inicialmente a la tierra avanzó hacia procesamiento, industria, tecnología, distribución y marca. No es solo una historia empresarial; es una demostración territorial de cómo se asciende dentro de una cadena de valor.

La diferencia económica es sustancial. Vender una cosecha genera ingreso; clasificarla, empacarla, conservarla o transformarla agrega valor. Vender ganado produce una renta; convertir esa materia prima en alimentos procesados incorpora empleo industrial, refrigeración, controles sanitarios, tecnología, logística, distribución y marca. La productividad no termina cuando producimos más: aumenta cuando somos capaces de hacer más cosas con aquello que ya producimos.

La estructura exportadora provincial confirma que La Vega hace tiempo dejó de ser solamente una economía agrícola. ProDominicana registró 123.5 millones de dólares de exportaciones en 2023, frente a 93.6 millones de dólares en 2019.

Su composición es particularmente reveladora: el 25.7 % correspondió a calzado deportivo, mientras dos categorías de suéteres representaron conjuntamente cerca de otro 26 %. A ellas se sumaron ajíes y pimientos, bebidas, aguacates, hortalizas y otros productos, y el 76 % de las exportaciones tuvo como destino Estados Unidos. Agricultura y manufactura están compartiendo ya la inserción internacional de la provincia.

Las zonas francas añaden otra capa. En 2025 generaron 4,981 empleos directos en La Vega, de acuerdo con el Consejo Nacional de Zonas Francas de Exportación. Un año antes, solo el parque industrial de la ciudad había exportado alrededor de US$94.6 millones en mercancías.

Más importante aún es su historia de adaptación: luego del declive de una parte de la manufactura textil tradicional, el parque ha vivido un proceso de recuperación y diversificación. Eso también es productividad. Los territorios competitivos no son aquellos cuya estructura económica nunca cambia, sino los que desarrollan capacidad para reconvertirse cuando cambian la tecnología, los mercados o la competencia internacional.

Durante mi recorrido encontré, además, una dimensión que merece incorporarse a esta ecuación: La Vega posee un liderazgo femenino particularmente visible y con fuerte arraigo territorial. La gobernadora Luisa Jiménez Cabreja y la alcaldesa Amparo Custodio encabezan dos espacios diferentes pero complementarios de la gobernanza local.

Jiménez Cabreja, gobernadora desde 2020, representa la articulación del Gobierno central en la provincia; Custodio llega a la alcaldía después de una trayectoria de más de cuatro décadas vinculada a la educación, el liderazgo comunitario y la gestión municipal. En ambas se percibe algo que no se obtiene automáticamente mediante un nombramiento o una elección: conocimiento de la sociedad que representan y capacidad para convocarla.

Ese liderazgo importa para la productividad porque la economía territorial no se organiza únicamente mediante máquinas y capital. También necesita confianza, coordinación y capacidad para convertir demandas dispersas en prioridades compartidas.

Una gobernación que articula al Gobierno central, una alcaldía con legitimidad social y actores empresariales capaces de dialogar pueden reducir fricciones que terminan teniendo costos económicos. La capacidad de ponerse de acuerdo también es productividad, porque evita duplicidades, reduce incertidumbre y permite utilizar mejor recursos que siempre son limitados.

Lo comprobé también durante el encuentro con la Cámara de Comercio y Producción de La Vega, presidida por Odil Morilla. La Cámara acaba de celebrar treinta ediciones de Expo Vega Real y su versión de 2026 proyectó reunir a más de 150 empresas e instituciones.

Más allá de una feria comercial, esa permanencia expresa algo valioso: un empresariado que ha construido espacios de encuentro y continuidad. Ninguna empresa puede crear por sí sola una economía territorial; para hacerlo necesita proveedores, financiamiento, universidades, infraestructura, trabajadores formados y gobiernos capaces de responder.

Ahí se encuentra, a mi juicio, el próximo salto de La Vega. La provincia ya posee agricultura, industria, empresas, talento y mercados. Ahora necesita intensificar las conexiones entre ellos: que una mayor parte de los vegetales de Constanza sea clasificada, empacada o transformada antes de salir; que pequeños productores puedan incorporarse a cadenas de suministro más sofisticadas; que las industrias encuentren más proveedores locales; que las universidades y centros de formación anticipen las habilidades que requerirán las empresas; y que el sistema vial, los mercados y la logística reduzcan el costo existente entre la finca, la fábrica y el consumidor.

Hay un dato que permite visualizar el desafío. En 2023, el 97.72 % de las exportaciones registradas fiscalmente en la provincia se concentró en el municipio de La Vega, mientras Constanza, Jarabacoa y Jima Abajo presentaban participaciones mucho menores. Eso no quiere decir que casi todo el valor productivo nazca en la ciudad cabecera. Buena parte comienza precisamente fuera de ella. Lo que refleja es la concentración de estructuras empresariales, industriales y comerciales desde las cuales finalmente se exporta. La tarea consiste en acercar esas capacidades de agregación de valor a quienes originan la producción.

También por eso la gestión municipal es económica. Una ciudad industrial y comercial exige movilidad, mercados organizados, manejo adecuado de residuos, ordenamiento territorial y servicios eficientes. Una empresa puede mejorar extraordinariamente su productividad dentro de la planta y perder una parte de esa ganancia cuando transportar mercancías se vuelve lento o costoso. En ese punto, el liderazgo de Amparo Custodio tiene una responsabilidad que trasciende la administración cotidiana: acompañar una ciudad que debe crecer sin convertirse en obstáculo para aquello que produce. La productividad comienza en la finca y en la fábrica, pero necesita una ciudad que funcione.

La gobernación tiene un desafío complementario. Una provincia tan diversa exige conectar decisiones nacionales que afectan agricultura, carreteras, agua, turismo, industria, educación y medioambiente.

La presencia territorial de Luisa Jiménez Cabreja adquiere valor precisamente cuando ayuda a convertir esa multiplicidad de políticas en una agenda provincial coherente. Gobernar un territorio productivo no consiste solo en ejecutar programas; también significa lograr que inversiones provenientes de instituciones distintas terminen multiplicándose entre sí.

La Vega posee además un capital que debe proteger mientras aumenta su producción. Las montañas, el agua, los valles y el paisaje de Jarabacoa y Constanza son simultáneamente recursos ambientales y económicos.

El agua sostiene la agricultura; el paisaje sostiene parte del turismo; el suelo soporta ciudades y actividades industriales. La productividad de corto plazo puede destruir productividad futura si consume los activos naturales de los que depende. Por eso producir mejor incluye conservar aquello que hace posible seguir produciendo.

Al concluir el recorrido entendí que la gran fortaleza de La Vega no es tener un único producto capaz de definirla. Es precisamente haber aprendido a producir valor de distintas maneras y a diferentes alturas, desde una parcela de hortalizas hasta una nave industrial, desde el arroz hasta el calzado, desde el turismo de montaña hasta una marca agroindustrial de alcance nacional.

El próximo paso consiste en conectar esas capacidades. No basta con producir papas en Constanza, arroz en Jima, desarrollar turismo en Jarabacoa o fabricar bienes en la ciudad cabecera. El verdadero salto ocurre cuando una actividad comienza a demandar conocimientos, servicios e insumos de las demás y cuando una proporción mayor del valor agregado permanece en el territorio.

Esa es también una lección para la República Dominicana. Durante mucho tiempo preguntamos qué más podemos producir. El nuevo ciclo de desarrollo exige una pregunta más compleja: ¿cuánto más valor podemos agregar a aquello que ya sabemos producir?

La tierra puede producir una cosecha. Pero son el conocimiento, la industria, el liderazgo, las instituciones y los mercados los que convierten esa cosecha en desarrollo. Subir la cadena de valor es, finalmente, otra manera de elevar la productividad.

TEMAS -

Defensor del Pueblo de la República Dominicana.