Lo que mueve el tabaco
Exportaciones de tabaco alcanzaron los US$1,359 millones en 2025 impulsando divisas

Hay trabajadores cuyo vínculo con el tabaco no consiste en cultivar una hoja ni elaborar un cigarro. Fabrican cajas, imprimen anillas, transportan mercancías, reparan equipos o prestan servicios a las empresas del sector. También hay comercios que reciben parte de los ingresos de esas familias. Esa economía circundante merece atención: permite comprender cómo una actividad productiva conecta oficios, empresas y comunidades, y por qué su importancia debe examinarse más allá del producto que llega al mercado.
Según datos divulgados por el Instituto del Tabaco de la República Dominicana, las exportaciones de tabaco y sus derivados alcanzaron US$1,359 millones en 2025, frente a US$1,340 millones en 2024. La cifra corresponde al conjunto del sector y expresa su capacidad de generar divisas. Para comprender su contribución al desarrollo, debemos seguir el recorrido de ese valor: cuánto se convierte en salarios, compras a proveedores nacionales, formación, inversión y oportunidades en los territorios donde se produce.
En esa conversación, la Asociación de Productores de Cigarros de la República Dominicana, PROCIGAR, merece una mirada detenida. Fundada en 1992, reúne actualmente once miembros activos: Tabacalera Arturo Fuente, La Flor Dominicana, La Aurora, General Cigar Dominicana, Tabacalera Palma, Tabacalera de García, Casa Carrillo, Quesada Cigars, De Los Reyes Cigars, PDR Cigars y Arnold André. Su trayectoria ofrece una oportunidad para estudiar cómo empresas con identidad propia pueden construir una plataforma común alrededor de una actividad y de su origen dominicano.
La asociatividad tiene valor cuando permite resolver necesidades que trascienden a cada empresa. Formar trabajadores, preservar conocimientos, sostener la interlocución institucional y proyectar una reputación sectorial requieren continuidad. La experiencia de PROCIGAR invita a examinar esa capacidad de competir en los mercados y cooperar en asuntos compartidos. La productividad también se organiza: depende de las relaciones que permiten aprender, cumplir y mejorar.
El primer eslabón está en el campo. El manejo del cultivo, el cuidado de las hojas y su curado requieren conocimientos específicos. La transformación incorpora fermentación, selección, mezcla, elaboración y control de calidad. Cada etapa depende del trabajo anterior y condiciona el siguiente. Por eso, una dificultad agrícola puede trasladarse a la manufactura, mientras una mejora técnica puede beneficiar a distintas partes de la cadena. Comprender estas conexiones es indispensable para orientar la formación y la inversión.
En los oficios se encuentra una parte esencial de ese conocimiento. La destreza de una persona experimentada es una capacidad productiva que toma tiempo desarrollar. Su transmisión exige aprendizaje, práctica y condiciones para permanecer y progresar en el trabajo. Una agenda de competitividad debe ocuparse de esa continuidad: quién enseña, cómo se certifican las competencias y qué oportunidades encuentran mujeres y jóvenes para desarrollar una trayectoria profesional.
Después aparece la red de proveedores. Cajas, anillas, empaques, insumos, repuestos, transporte, almacenamiento, mantenimiento y servicios profesionales permiten que la producción llegue a su destino. La participación de empresas dominicanas en esas actividades determina cuánto de la demanda del sector se atiende dentro del país. Allí existe una pregunta estratégica: ¿qué bienes y servicios podrían suministrar más empresas locales si contaran con formación, financiamiento y acompañamiento para cumplir las exigencias de sus compradores?
Desarrollar proveedores requiere conocer esas exigencias. Una pequeña empresa necesita saber qué calidad debe alcanzar, qué volumen puede comprometer y en qué plazo debe entregar. También necesita relaciones comerciales previsibles. PROCIGAR podría facilitar encuentros entre fabricantes y potenciales suplidores, identificar necesidades comunes y promover programas de mejora. Para el Gobierno, acompañar ese proceso permitiría vincular el apoyo empresarial con oportunidades concretas de mercado.
El impacto continúa cuando los ingresos llegan a los hogares y se utilizan en alimentación, vivienda, transporte y otros servicios. Para medirlo con seriedad deben distinguirse el empleo directo de la actividad, el indirecto de los proveedores y el inducido por el gasto de los trabajadores. Esa separación evita duplicaciones. También recuerda que el valor de un empleo debe examinarse junto con su estabilidad, remuneración, protección social y posibilidades de desarrollo.
El Procigar Festival abre otra dimensión: la relación entre manufactura, visitantes y servicios. Los encuentros del sector permiten estudiar la demanda de hoteles, restaurantes, transporte y organización de eventos. Medir las compras locales, el gasto de los asistentes y las relaciones comerciales que continúan después del festival ayudaría a precisar su contribución. El desafío consiste en convertir una convocatoria periódica en oportunidades que puedan extenderse durante el año.
Todo ello se relaciona con la marca país. La confianza en un origen se forma mediante experiencias consistentes de calidad y cumplimiento. Cada empresa contribuye a esa percepción con lo que produce y con la manera en que trabaja. La reputación dominicana adquiere mayor solidez cuando está respaldada por capacidades comprobables, relaciones comerciales serias y prácticas responsables. Es un patrimonio compartido cuyo cuidado exige compromisos individuales.
Para que esta conversación sirva a las decisiones públicas y empresariales, propongo construir una agenda de información entre PROCIGAR, las instituciones competentes y la academia. Debería reunir indicadores comparables de exportaciones, empleo formal, remuneraciones, formación, compras nacionales y distribución territorial. La información agregada permitiría preservar la confidencialidad empresarial y, al mismo tiempo, identificar oportunidades y evaluar avances.
Ese esfuerzo debe distinguir las cifras de los miembros de PROCIGAR de las correspondientes a toda la industria. También debe diferenciar exportaciones y valor agregado nacional: las ventas al exterior incluyen componentes cuyo origen puede ser importado. Conocer cuánto corresponde a trabajo, servicios e insumos dominicanos ayudaría a determinar dónde es posible ampliar el aporte local. Esa precisión convertiría el reconocimiento del sector en una herramienta de planificación.
Al Gobierno le corresponde contribuir con infraestructura confiable, formación pertinente, servicios eficientes y procedimientos previsibles. Una agenda compartida podría fijar metas de capacitación, incorporación de proveedores y calidad del empleo, con responsables y seguimiento. La evaluación debe incluir el cumplimiento de las responsabilidades laborales, sanitarias y ambientales de la actividad. La competitividad sostenible necesita instituciones capaces de facilitar y supervisar con rigor.
Lo que mueve el tabaco ofrece una lección que interesa a otros sectores dominicanos: el desarrollo productivo depende de la capacidad de conectar empresas, conocimiento y territorio. PROCIGAR puede contribuir a documentar esa experiencia y a convertirla en aprendizaje nacional. La medida más exigente del éxito será cuánto valor permanece en el país y cómo mejora la vida de quienes participan en su creación. Allí la productividad se convierte en bienestar, y la marca país encuentra su fundamento más duradero: las capacidades de su gente.










Pablo Ulloa