Un evangelio para el día final
Las buenas obras como manifestación práctica del mensaje evangélico en el mundo

El enunciado LUTERANO salvos por fe y no por obras, aloja un vacío existencial, por un lado, generando un entendimiento tradicional de suprimir todo tipo de obras, y desconociendo lo que JESÚS llama: las buenas obras o frutos:
Mateo 24:35 Reina-Valera 1960 "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán"
Esto recuerda la permanencia de aquello que es trascendental, en contraste con la transitoriedad del Hombre. En esta afirmación JESÚS, certifica la inmutabilidad y permanencia de la obra delegada, aquello eterno frente a lo efímero, aquello que permanece y perdurará a lo largo del tiempo, más allá de todo lo que es tangible y perecedero. Sin embargo, ninguna palabra, por sublime que sea en su origen, alcanza su valor si solo el aire la sostiene. La verdadera esencia de La palabra se encuentra en su capacidad de materializarse a través de la acción, de ser vivida a través de una fe operante y orgánica. Es aquí donde ella, La palabra se convierte en una fuerza vivificante, en un catalizador para el cambio. Así, no se trata de un simple enunciado, sino de lo que se hace con lo dicho, de cómo esa palabra pronunciada y fe genuina logra manifestar la gracia por los frutos, y un vehículo que conecta la intención divina con la realidad humana.
El diamante, existe en la tierra en estado crudo y sin brillo, pero no es hasta que se extrae, se pule y se transforma revelando su verdadero valor. De igual manera, La palabra que surge de la perfección y la grandeza del Hijo, cuando se maneja con discernimiento y virtud, irradia belleza, claridad y poder. La palabra de Cristo no es una promesa vacía, sino una manifestación tangible de la perfección misma, de la belleza inmaculada que se revela en cada uno de sus actos. Así como Cristo, sus frutos o buenas obras permanecen más allá del cielo y la tierra. En este contexto, los frutos del creyente no son solo reflejo de su fe, sino un testimonio vivo de la grandeza de Dios en su vida. Andar en el camino de buenas obras no solo representa la dignidad de quien camina, sino que convierte al creyente en hijo de Dios, heredero legítimo de Su gracia y misericordia. La dignidad que otorgan estas acciones lo elevan a un nivel nuevo de existencia, donde su identidad es definida por su carácter, y la capacidad de reflejar La palabra en cada acción. Esta transformación no es solo una aspiración abstracta, sino una realidad palpable que se vive día a día en las decisiones y actitudes del creyente.
En este entorno, surge una reflexión sobre el camino del buen samaritano, un camino que, si bien se puede entender desde diversas ópticas, revela un aspecto crucial: El verdadero camino de la gracia y misericordia no se encuentra en las actitudes de aquellos que, desde su posición de poder o conocimientos, se alejan del prójimo. El levita y el sacerdote, en su aparente santidad, representan el lado equivocado del camino, con indiferencia y desdén hacia el sufrimiento ajeno. El camino del buen samaritano, en cambio, se caracteriza por la acción desinteresada, por la compasión que no espera recompensa y por el amor que trasciende cualquier barrera social, cultural o religiosa.
¿Cuál lado del camino agrada a Dios?,. Invita a reflexionar sobre nuestra propia posición. ¿Del lado de aquellos que se detienen a ayudar, a sanar, a ofrecer consuelo? ¿O del lado de aquellos que, al igual que el levita y el sacerdote, prefieren ignorar la necesidad ajena y seguir adelante sin mirar atrás? La verdadera nobleza, el verdadero valor, no reside en las apariencias, sino en la capacidad de actuar en Su nombre con generosidad y misericordia.
El camino es único, y acerca poco a poco a la grandeza del Hijo, quien, al manifestar la gracia, enseña, con su ejemplo, el verdadero significado de la fe. No es casualidad ni producto de la circunstancia que Jesús presente al Buen Samaritano en el contexto de una buena obra, particularmente cuando se toma en cuenta la histórica enemistad entre samaritanos y judíos. Esta enemistad, profundamente enraizada por prejuicios y diferencias culturales, da a la acción del buen samaritano una dimensión mayor. "No se vaticinaría que el samaritano fuera el protagonista de esta escena, mientras que otros llamados seriamente a asumir ese compromiso, como el levita y el sacerdote, lo eluden. Es más que una enseñanza sobre el verdadero significado de la misericordia.". En este escenario, se pone en juego la capacidad de ver más allá de las barreras sociales y religiosas para responder a la llamada del prójimo. La misericordia, entonces, se muestra como un acto universal, disponible para todos, sin importar origen o su condición, porque lo que se requiere para manifestar la gracia es un corazón dispuesto al sacrificio, no una etiqueta que clasifique a las personas de acuerdo a su identidad externa u oficio.
Este contexto histórico y narrativo no es un detalle menor. El hecho de que Jesús, en su sabiduría, haya elegido presentar al samaritano como la figura central del verdadero cristiano implica una inversión radical en las concepciones tradicionales de pureza y santidad de la época. Se muestra que el buen samaritano no es quien tiene el mayor conocimiento teológico, ni quien ostenta una alta jerarquía dentro de la estructura religiosa; es, más bien, quien actúa con humildad, sin esperar recompensa, y elige el camino del servicio por encima de las distinciones. El samaritano no necesita probar su fe a través de discursos o demostraciones de sabiduría; su fe se manifiesta en su acción. Así, la verdadera herencia del cristiano no necesariamente radica en la acumulación de saberes, sino en la vivencia diaria del amor, que se expresa concretamente en el cuidado del otro.
El levita y
Francisco Roman Jorge
Francisco Roman Jorge